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Vampiros modernos

06 may 2018

Mirando a cámara, Viago (Taika Waititi) se presenta como uno de los inquilinos de la casa que comparte con sus compañeros. Tiene 379 años y sigue aparentando ser el hombre del Romanticismo que es. Vladislav (Jemaine Clement) es una suerte de Conde Drácula (imaginamos que el tema de los derechos de autor no permiten que se llame tal cual) venido a menos a quien parecen pesarle los 862 años que tiene, aunque siga dándose festines de mujeres y sangre en su alcoba. Deacon (Jonny Brugh) duerme en un armario boca abajo colgado cual murciélago, tiene 183 años y es el rebelde del grupo, cuyo espíritu de forajido del siglo XVII sigue vivo en él. Petyr (Ben Fransham) duerme dentro de una gran lápida en el sótano, se alimenta con todo lo que vea a su alance, tiene 8.000 años y es más parecido al Conde Orlock de 'Nosferatu' que otra cosa. La aparición de Nick (Cori Gonzalez-Macuer) supondrá un antes y un después en las relaciones del grupo, tanto entre ellos como para con los humanos y la banda de hombres-lobo de la zona, rivales por naturaleza de los vampiros.

Como los protagonistas de una sitcom cualquiera, estos cuatro roommates por fin llegan a nuestras pantallas, en la que me atrevo a calificar en esta crítica de Lo que hacemos en las sombras como la mejor comedia de terror del año. Un mockumentary que nos pone en situación para contarnos cómo vive un grupo de vampiros en un piso compartido en Nueva Zelanda.

'Lo que hacemos en las sombras' es el tercer largometraje de Taika Waititi y el debut en la dirección de Jemaine Clement, una película dirigida a cuatro manos por los dos neozelandeses, que además se reservan sendos papeles protagonistas: Viago (Waititi) y Vladislav (Clement). Película cuyo ritmo no decae a lo largo de su duración, y que destaca frente a otros intentos de comedia de terror por la hilaridad con la que son presentados sus personajes, el alma máter de la cinta y gracias a los cuales se desprende ese aroma a sitcom, el mismo que consigue que empaticemos con el cuarteto vampírico y consiga arrancarnos varias carcajadas gracias a momentos desternillantes, véase por ejemplo el momento en que Viago prepara la escena del crimen con el fin de manchar de sangre lo menos posible.

Sin recurrir a la casquería más burra en la línea de grandes ejemplos de comedias de terror de los últimos años como 'Zombis Nazis' o 'Tucker & Dale vs. Evil', 'Lo que hacemos en las sombras' juega a humanizar la mítica figura del vampiro. No es que la película de Clement y Waititi no tenga casquería ni escatime en sangre, pues la tiene (y a chorros), pero no es en lo chusco donde encontramos su humor, un humor más cercano a la autoparodia y que es al cine de vampiros lo mismo que fue 'Zombies Party' al de zombies.

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'Lo que hacemos en las sombras': Desmadre vampírico
Crítica Ecartelera
7,0