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Nunca el crímen británico estuvo más desorganizado

29 jun 2013

London Boulevard es lo que sucede cuando en Hollywood endiosan a una persona cuyo estatus real no pasa del de " hombre del momento". Hablamos del director de la cinta que nos ocupa, William Monahan, ganador del oscar al mejor guion adaptado por Infiltrados (por eso de darle mas contundencia al triunfo de Scorsese) cuando solo tenía en su haber dos de las cintas más flojas de Ridley Scott , Red de Mentiras y El Reino de los Cielos. Al calvo dorado le siguio un desorbitado salario por el libreto de la correcta cinta de accion con Mel Gibson Al Límite. Suficiente como para que Monahan se haya confiado como para pegar el salto a la dirección arropado por un reparto potente y con la nada sencilla intención de continuar en la estela gangseril con flema inglesa que inauguraron Guy Ritchie y Danny Boyle en los 90.

Mitchell (Colin Farrell) acaba de salir de prisión tras cumplir 8 años por asesinato dispuesto a reconducir su vida. No tarda en encontrar un trabajo como el chico para todo de una famosa actriz (Keira Knigthley), pero su antiguo cómplice Billy (Ben Chaplin) llama a su puerta para ofrecerle un puesto en la organizacion del nuevo capo de la ciudad, Joe Gang (Ray Winstone). El mafioso se toma como algo personal la negativa de Mitch, y es entonces cuando el protagonista se verá obligado a sacar lo peor de sí mismo para proteger a los suyos.


Trama sencilla, incluso con alma de western. Como debe ser en todo thriller con sabor a cine negro. Pero el problema se vuelve evidente desde la primera escena, en la que el espectador confía en irse acostumbrando a unos diálogos confeccionados a base de frases lapidarias totalmente artificiales hasta tal punto de hacerse ininteligible en ocasiones. Lo que se llama un exceso de lucimiento para el guionista que no extraña viniendo de un escritor que no ha dudado en comportarse como el director y el productor ideal para todo chupatintas: el invisible.

La película no está dirigida. Está filmada. Tampoco producida. Solo pagada. No hay en sus casi dos horas de metraje ni una sola escena resuelta con virtuosismo o cuya técnica llame la atención por encima de la -eso sí- excelente banda sonora, compuesta por los éxitos de ayer y de hoy que no deben faltar en el reproductor de cualquier rocknrolla.


A pesar de que parece más fácil meterse con el protagonista de Última Llamada y su eterna pose de chico malote, en vez de un lastre, Colin Farrell termina resultando un antihéroe más que aceptable al que Monahan maltrata durante todo el film haciéndole navegar entre la indecisión mas irritante y una determinación bastante contundente. En ocasiones parece un oso de peluche, mientras que en otras se comporta sin razón aparente como el mismísimo Al Capone como si una misteriosa fuerza le protegiera del destino que sufren la mayoría de secundarios del film por afrentas mucho menores. En realidad, la intención es mostrar a un hombre con una bestia interior luchando por salir y comerse el mundo, pero termina pareciendo el retrato de un tipo con serios problemas mentales que no tiene ni idea de lo que quiere en la vida.

Ante el amago de profundidad fallida del personaje principal tenemos una galería de roles estereotipados hasta el hastío. Desde el raterillo nervioso al que da vida un sobreactuadísimo Ben Chaplin, pasando por la artista acosada por la prensa (¡Esos malditos vampiros nazis!) encarnada sin garra por Keira Knigthley hasta el bohemio nihilista con el rostro de David Thewlis, que termina convirtiéndose en el personaje más agradecido de la cinta, básicamente porque todo lo que acontece ante sus ojos le importa exactamente lo mismo que al espectador, es decir, un carajo. Incluso el siempre inmenso Ray Winstone resulta casi ridículo como el gangster a batir, un sosias del Jack Nicholson de Infiltrados mucho más irracional y sin ningún momento memorable a la altura del villano que se esperaba de él.


No es que estemos ante una mala copia de Lock & Stock o Snatch con el mínimo nivel de entretenimiento como lo pueden ser Ases Calientes o Layer Cake, por poner dos ejemplos. Es que lo que nos encontramos en el debut en la realización de uno de los nuevos niños bonitos de la industria es un despropósito a la altura del Revolver de Guy Ritchie pero sin la pericia visual del director de Sherlock Holmes ni su capacidad para extraer toneladas de carisma de sus actores. London Boulevard es pretenciosidad pura y dura que desangra aún más la fórmula del thriller negro sin aportar nada. Ni para ver en el avión oiga, aunque tu destino sea Londres, ya sabes: pastel de riñones, taza de té, mala comida, peor clima y esa Mary Poppins de los cojones: Londres, donde algunos bulevares son menos interesantes que otros.

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