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3,5

Slydown Versus Raw

18 jul 2013

Cuando supimos que Sly preparaba una reunión de los mayores machacas de Hollywood para realizar un homenaje al cine de acción de los 80 todos nos frotamos los callos. Lo que no tuvimos en cuenta es que a excepción de un puñado de clásicos, esa fue seguramente la peor década cinematográfica de la historia. Y desde luego, estos Mercenarios no habrían entrado ni por asomo en ese exclusivo grupo que se salva de la quema.

Que la historia iba a ser tan importante como una aceituna en el menú de Falete estaba claro, lo que realmente esperábamos de esta película eran unas escenas de acción por lo menos tan bien planeadas como las de Rambo IV, una de las mejores cintas de acción de la última década y principal punto a favor de Sly a la hora de revelarse como el director indicado para esta reunión de anabolizantes. Nada de nada. A excepción de la secuencia que abre la cinta, las peleas parecen sacadas del Wrestling más absurdo y la tensión brilla por su ausencia.


El descuido por el guión llega a tal punto que por momentos no sabes dónde están varios personajes que obviamente reaparecen en el momento clave con un arma lo suficientemente grande como para mutilar a 50 personas a la vez a lo Terminator. Y es precisamente la aparición del Chuache el único momento en el que la cinta alcanza la épica prometida. Stallone se permite darles un repaso a casi todas las estrellas de acción de la cinta metiéndose con el peso de Arnold, la alopecia de Statham, el reducido tamaño de Li o su propia afición por correr por la selva como loco. Buenas coñas que sin embargo contribuyen a crear esa sensación general de que estamos viendo una reunión de colegas más que una película.

No es sólo que Stallone fracase estrepitosamente como director, sino que en su afán de parecer el Action Man definitivo se le nota demasiado la edad bajo la máscara de cera (porque con 63 años no te puedes dar un plano de 10 segundos corriendo a toda máquina). Esa mole de músculos que parece el actor en reposo, una vez en movimiento se convierte en un flan de gelatina que lleva 5 horas al sol. El que se mantiene en una forma envidiable es ese gigante llamado Dolph Lundgren, al que por desgracia le ha quedado el rol más estúpido de toda la película.


El que sale mejor parado sin duda es Jason Statham. Dado el nivel general, al inglés sólo le hace falta poner el chip Transporter para dar un repaso a todos los veteranos. También contribuye que su personaje es el coprotagonista real junto a Stallone de la función, pero tiene narices que un actor que en principio nos sobraba a todos en este homenaje ochentero acabe siendo lo mejor de la película. No sucede lo mismo con Jet Li al que el guión pinta literalmente como un enano retrasado.

Pero donde la cinta alcanza el ridículo más absoluto es cuando Stallone intenta ponerse trascendental. En dichas escenas utiliza al personaje de Mickey Rourke como eje para reflexionar sobre una vida llena de muerte y destrucción. Para lograrlo, al director no se le ocurre otra cosa que marcarle un primerísimo primer plano al protagonista de El luchador con un filtro azul en la cámara. Personalmente me he quedado acojonado intentando ver cuantos poros abiertos le ha dejado el botox a Rourke y no recuerdo absolutamente ni una palabra de su discurso en una secuencia que parece sacada del corto más pedante de una clase de cine experimental francés. Simplemente horripilante.


Es una lástima la oportunidad que Stallone ha dejado escapar. No tiene sentido reunir al reparto de acción más grande de la historia para después marcarte un truño donde nada tiene sentido y es todo más falso que las propias cejas -pintadas- de su protagonista. Lo único bueno que se puede sacar de Los Mercenarios es la posibilidad de una segunda parte donde intervengan Seagal y Van Damme, auténticos ausentes junto al sentido común en este despropósito totalmente prescindible.

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