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Perversidad en estado puro

16 oct 2011

El mal no tiene porqué ser tremendo, ni sangriento. Puede ser cotidiano, estar a tu lado, en la mente de tu vecino, o como aquí, en el cerebro enfermo del portero de tu casa. Esta película nos inquieta, independientemente de sus virtudes cinematográficas, que tiene muchas, porque nos avisa de que ninguno estamos a salvo de convertirnos en víctima de la irracionalidad de alguien, y que ese alguien puede ser en apariencia la persona más vulgar y anodina del mundo. ¿Porqué esta historia no te puede suceder a ti?
Jaume Balagueró es autor de una de las películas más inquietantes que yo haya visto nunca, la excelente "Los Sin Nombre". Aquella juega con más ingredientes: sectas diabólicas, investigación detectivesca, asesinatos rituales. En "Mientras Duermes" todo es más sencillo. Es un juego verdugo-víctima que se urde en la mente perturbada de alguien nacido simplemente para hacer el mal, el espeluznante César recreado por un gigantesco Luis Tosar.
El guión es sólido, sin trampas. La trama se estructura como un diario, por días de la semana. En este sentido, el paso del primer lunes al primer martes de la historia es magistral. Todas las piezas sueltas del lunes encajan como un guante en el engranaje del martes, todo queda portentosamente claro. Sin efectismos manidos y baratos ya sabemos que el afable portero es un perturbado de antología. Y que se prepare la chica de la película, todos sospechamos que va a recibir unos mazazos de cuidado. Y efectivamente los recibe, lenta pero inexorablemente. Y sin salir de su casa. El peor de los horrores lo puedes tener debajo de la cama.
La imaginería no creo que sea casual. El mostrador donde César se muestra cordial a los vecinos se encuentra en el portal de un bello edificio modernista, pero su oficina, la oscura guarida de la bestia, está en los sótanos, donde el bello enrejado modernista del ascensor ya ha desaparecido y César baja a los infiernos cercado por una reja agujereada y mezquina.
César no es un malvado simple. Es complejo, es inteligente. El plan creado para atormentar a la tontorrona señorita Clara (una Marta Etura risueña y sonriente como Heidi en la cabaña de su abuelito) es maquiavélico, perfecto. Casi deseas que su mente perturbada triunfe y destroce a la tan felicísima Clara. César te cae bien, quizás porque lo pasa canutas varias veces a lo largo de la historia (todas las escenas en que comparte pantalla con el personaje de Alberto San Juan destilan angustia de alto voltaje). César es un hijo de puta ante quien te quitas el sombrero. Y eso es muy difícil de conseguir.
Las historias secundarias no desvían la atención, como suele suceder muchas veces en estas películas. Todas subrayan y amplifican la perturbación mental del protagonista: Genial el mostrar una madre parapléjica aterrada e impotente, condenada a escuchar las confidencias del hijo, o la inclusión en la narración de la vecina solterona, víctima de un cruel discurso dirigido al corazón como un hachazo.
También aparece una constante en muchas películas de Balagueró, la infancia y su capacidad innata para la maldad (motor de "Los Sin Nombre" ), aquí representada en el personaje de la pérfida colegiala Ursula.
Y no voy a decir nada del final, pero es de esos redondos, el placer de hacer daño en estado puro.
Disfrutad del malvado más conseguido de las últimas décadas del cine español (o del cine en general).

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