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stanley

8,5

La soledad del ser

24 dic 2009

Sería injusto tachar a Moon de plagios varios o reminiscencias de aquí o allí, porque, francamente, como dicen por ahí: todo está inventado. ¿En serio? No lo sé, es más, creo que se puede innovar desde lo reconocible y, Moon, es buena muestra de ello.

Duncan Jones, no esconde su clara influencia de 2001: Una odisea del espacio, se nota que la adora. Por eso su film es un claro homenaje, sobretodo en unos pasajes cargados de silencios, soledades y tintes filosóficos. Todo ello aderezado con esos espacios diáfanos a la par que asépticos.
El personaje de Rockwell, Sam Bell, es una suerte de David Bowman, y comparte su soledad espacial con otro ente computerizado parlante, en esa necesidad de comunicación vital que los seres humanos poseemos en nuestro código genético (recordad a Tom Hanks hablándole a una pelota en Náufrago).

Sin desvelar sorpresas de la trama (que las hay en su tempo aletargado); uno intuye trazos de Blade Runner o Aliens: El Regreso, en ese trabajador minero en la cara oculta de la luna, como esos colonos perdidos en la epopeya de Cameron; o en los replicantes esclavos trabajando en colonias siderales de la obra maestra de Scott. Pasando a cuentas atrás inquietantes, reflejadas en un crono de pared, como en la notable Atmósfera Cero de Peter Hyams.

El espectador comparte todo ese pequeño hábitat de la vida "rutinaria" de alguien que vive lejos de su planeta y su devenir angustioso de la causa y efecto, no solo de sus actos, sino de la misma existencia del ser. Una existencia siempre más llevadera ante el placebo que supone la idea de volver junto a los seres queridos.

La puesta en escena es austera, sobria y resultante; como todos los artefactos entorno al personaje principal. Rockwell, materializa una interpretación con una amalgama de registros dentro de tan espartana película, para llevarnos de la mano a las cuestiones de siempre: ¿de dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Y el por qué de la vida ? Tocando las teclas del complejo del hombre a controlarlo todo y querer ser su propio Dios. A quien escribe esto, tuvo momentos de desasosiego, por sentirse uno más de un rebaño, en donde nadie sabe a ciencia cierta el por qué está en él, ni quién es el pastor.

Hubo un replicante arriba de una azotea lluviosa, que anhelaba todo eso y, veinticinco años después, aún seguimos soñando con ver brillar rayos C cerca de una puerta llamada Tanhaüser.

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'Moon', culto instantáneo
Crítica Ecartelera
7,9