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3,5

Cars, bitch!

20 abr 2014

Cuando Steve McQueen hacia sufrir a la suspensión de su bólido por las cuestas de San Francisco en Bullit (Peter Yates, 1968), jamás imaginó que su hazaña serviría de inspiración para una generación de jóvenes macarras que rinden su culto a la gasolina en un autocine reconvertido en fiesta rave. Y es que donde el malogrado rubio exudaba toda una filosofía de entender el valor de la vida, consistente en acelerar hacia la libertad y la justicia mientras expulsaba el humo del tubo de escape a la cara de la muerte, este grupo de alumnos torpes no esconde sus referentes en la saga A Todo Gas a la hora de protagonizar un gran anuncio diseñado para vender Ford Mustangs o, en su defecto, copias más económicas del videojuego en el que está basado la película.


No es casualidad que la cinta venga dirigida por el especialista reconvertido a realizador Scott Waugh, cuyo único crédito como cineasta hasta el momento se encuentra en el filme bélico Act of Valor, que es lo más parecido a una adaptación cinematográfica del Call of Duty que existe. En el caso de Need fo Speed, con 14 entregas publicadas por EA desde su nacimiento hace dos décadas, daba un poco igual qué título escoger a la hora de trasladar su historia, con lo que el guionista George Gatins ha apostado por partir de cero. Su protagonista es Frank, un mecánico de un pequeño pueblo que, a pesar de no tener un duro para pagar la hipoteca del taller familiar que regenta, no duda en arriesgar millonadas en coches para ganar carreras ilegales y así dar sentido a su vida. El drama llega cuando, después de verse envuelto en un accidente provocado por un antiguo rival, Dino, es acusado de homicidio involuntario y va a parar dos años a prisión. Menos mal que sale justo 48 horas antes de que se celebre la carrera clandestina más importante del país, la de León, en la que, por supuesto, participa su némesis. La venganza está hecha.



En ese punto, de las abultadas e innecesarias dos horas de metraje, sólo los quince minutos finales están reservados para la competición propiamente dicha. Antes, la trama se centra en "la carrera antes de la carrera", donde el protagonista emprende un viaje contrarreloj hacia la línea de salida, perseguido por un grupo de secundarios salidos de Mad Max que quieren hacerse con la recompensa que el pérfido Dinodoyuna ha puesto a su cabeza. Por lo menos, Frank se encuentra respaldado por su grupo de colegas de toda la vida, también compañeros de trabajo en el deficitario taller, que no dudan en servirse de la tecnología más puntera para monitorizar el periplo del protagonista e incluso en ir a su rescate en helicópteros (así, en plural) cuando las circunstancias lo requieren. Además, por si alguien se pierde en medio de tanto conflicto shakesperiano, Michael Keaton encarna al locutor y mecenas de la competición, en una aparición secundaria que tranquilamente pudo ser rodada durante una tarde en casa de Lobato.


Partiendo de una base en la que todos los personajes deberían estar en la cárcel al de diez minutos de empezar la película, su retrato y evolución no va a mejor. Sé que duele, pero Aaron Paul nos demuestra aquí que es menos excepcional de lo que pensábamos, aceptando no sólo el protagonismo de una película completamente indigna para el hombre que le debe todo a Breaking Bad, sino también un rol que claramente no está hecho para él. Su rostro vacila constantemente entre el "qué hago yo aquí" y el "que no se note que no sé lo que estoy haciendo" durante toda la película, sólo subiendo el listón para los dos clímax dramáticos, como si alguien se fuera a fijar a estas alturas. Más a tono se encuentra el también excelente Dominic Cooper (Capitán América: El Primer Vengador, Fleming) en su encarnación del pérfido Dino, aunque sea una vestimenta negra salida del Armario del Mal junto a una serie de one liners chulapas los que hagan todo el trabajo.



En medio de tanto despropósito, por lo menos la cinta deja una cosa clara: en Need For Speed los coches son los protagonistas. Puede que esa vena setentera que intenta evocar Waugh no luzca por ningún lado en la narración y personajes del filme, pero sí lo hace en las secuencias automovilísticas propiamente dichas. Tampoco estamos hablando de ningún prodigio de la técnica, capaz de alternar unos creíbles planos secuencia con el modo de conducción en primera persona tan típico de los simuladores jugables, pero sí se agradece que tanto las carambolas a pie de asfalto, como los accidentes, exuden el realismo que sólo se consigue con efectos especiales de la vieja escuela. Por descontado, el amante del motor encontrará un nuevo amor imposible en el Mustang protagonista cuando no se esté deleitando con los deportivos ilegales de ingeniería privada que desfilan por la función. Vamos, que si fuiste a ver Combustión por los coches, Need For Speed es tu película.

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'Need for Speed': Un constante deja vu sin ritmo
Crítica Ecartelera
5,0