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6,5

La Tierra nunca estuvo tan vacía

06 jul 2013

Oblivion, la última gran oda cifi que nos ha regalado Hollywood, es una superproducción 1.0 donde los tropocientos millones de dólares que hay detrás están bien gastados en torno a uno de los habituales cabezas de cartel del Hollywood mas derrochador, un Tom Cruise en su salsa; aunque para el aficionado al género su atractivo se sustentaba realmente en torno a un misterio, insinuado o directo, escondido en las entrañas de esta historia futurista con nombre -nada que ver con la obra de Bethesda- y apariencia de videojuego. El problema es que, mientras el título funciona a las mil maravillas en su misión de entretener y deslumbrar al espectador gracias a una atmósfera apocalíptica apabullante y hasta cierto punto innovadora, fracasa al mismo nivel en la desgranación de los interrogantes que plantea desde la propia estructura de sus tráilers, más explícitos de lo que deberían, y se acerca más a uno de ésos vehículos palomiteros sin alma que protagoniza gente como Will Smith o Hugh Jackman un verano sí y otro también que al gran relato que se autoproclama en cada plano.

Con unas intenciones muy claras por tocar todos los paradigmas posibles del género, Oblivion nos habla de temas tan recurrentes en la ciencia ficción como la amenaza extraterrestre, la manipulación de la memoria, la vida después de la destrucción de La Tierra, la tecnofobia o la pérdida de identidad de la persona en beneficio del ente, pero decide no profundizar en ninguno de ellos para adaptarse a un esquema más propio de un juego de disparos de última generación: ése en el que el protagonista va enfrentándose cada vez a enemigos más letales hasta encarar a un villanísimo final que parece la versión anabolizada de todos ellos. En ningún momento se atisba la ambición que debe caracterizar al género y, de la misma forma que se aprecia en otros ejercicios recientes como Looper, John Carter, Cowboys & Aliens o incluso Avatar (Prometheus es otra historia), el esfuerzo narrativo se condensa en elaborar un solvente pastiche de ideas ya vistas -y por tanto muy predecibles- e incapaz de adoptar vida propia o aportar un elemento diferenciador a la altura de su poderío técnico, la banda sonora del grupo francés M83 o incluso de la solvencia de su realizador, un Joseph Kosinki (Tron Legacy) muy por encima de la media adaptando su propia novela gráfica con la ayuda del tambaleante guionista William Monahan (Infiltrados, El Reino de los Cielos, London Boulevard).



Y es que donde mejor funciona la película es en sus primeros 40 minutos mientras el realizador se recrea sin ningún tipo de pudor en un baño de efectos digitales sobre parajes naturales, siempre ayudado por la mirada del último director de fotografía ganador del Oscar por La Vida de Pí, Claudio Miranda, al servicio de la descripción de una de las Tierras apocalípticas más bellas que ha parido el cine. El movimiento de las mareas debido a la destrucción de la Luna por parte de la raza alienígena invasora ha obligado a los supervivientes a mudarse a uno de los satélites de Júpiter. La consecuencia sobre la faz del planeta azul es una lírica combinación tan desoladora como envolvente en el que los restos de un legado al borde de la extinción desde hace 60 años han sido absorbidos por una naturaleza que ha recuperado su hegemonía. El mimo en la descripción se traslada de forma efectiva a las obligadas escenas de acción, todo ello reforzado al ser la primera película en la que el formato 4K se explota adecuadamente hacia una exhibición en pantallas IMAX. Por desgracia, cuando ha quedado claro que no tiene ningún reparo como blockbuster, su aura épica autoimpuesta demanda inevitablemente una respuesta narrativa gratificante que nunca llega.

Por lo menos, nuestra incertidumbre es compartida por un rol principal bastante sólido: un marine (Cruise) que, cual Horacio que protege Roma, patrulla por el yermo envuelto en soledad y nostalgia vigilando que los alienígenas no intenten reconquistar el planeta mientras, en sus ratos libres, apila en una cabaña obras de arte de entre los escombros como el cuadro del pintor realista Andrew Wyeth Christina´s World, el libro de poemas Cantos Populares de la Antigua Roma y seguramente una copia en Blu-Ray de Wall-E. A su alrededor los giros de guión se suceden durante el segundo acto apuntalándose en vagas excusas que van desde la recreación más chapucera y perezosa de la resistencia humana, desaprovechando por completo la presencia de otros rostros conocidos como los de Morgan Freeman, Olga Kurylenko y Nicolaj Coster-Waldau (Juego de Tronos, Headhunters); hasta una utilización más que gratuita de la técnica de criogenización, así como de otros ases sacados de la manga de la bata de un científico para justificar la presencia de determinados personajes en momentos concretos del desarrollo.


A la luz de la precariedad argumental -no confundir con la coherencia narrativa- de la que hace gala el resultado final, tan profundo como sería un hipotético especial de Cuarto Milenio presentado por Ana Rosa Quintana, cabe preguntarse hasta qué punto se hubiese beneficiado Oblivion de una campaña promocional más escueta en detalles con intención de preservar el escaso factor sorpresa de los giros del guión, auténticos pilares sobre los que se sustenta erróneamente un proyecto que no deja de ser otro ejercicio mesiánico por parte de Tom Cruise, uno de los intérpretes que más veces ha salvado al mundo en la gran pantalla, exento del riesgo que demanda no sólo el estandar impuesto por gente como Christoper Nolan y Neill Blomkamp, sino toda la corriente cifi de la que emerge demasiado pomposamente como última heredera.

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Crítica Ecartelera
6,9