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Amar al cine no es suficiente

16 ago 2019

Tarantino es uno de esos directores que levantan tantas expectativas, que se le perdonan pocas cosas. Ha redefinido la narrativa del cine contemporáneo con genialidades como "Reservoir Dogs" -para mi, su mejor película con diferencia- o "Pulp Fiction" -aunque ese tremendo éxito se debe también en parte a su coguionista en esta película, Roger Avary- y ha escrito varios de los mejores diálogos de los últimos 20 años de la historia del cine, además de rescatar del ostracismo a estrellas apagadas de Hollywood -como John Travolta-. Pero dentro de ese desquiciado universo donde todo mola un montón, hay una constante universal: el amor incondicional, desmedido y permanente al cine y a la televisión. A todas esas estrellas, anónimas o no, que han hecho soñar a generaciones de espectadores.



Y dentro de ese amor, está el cine de género de los sesenta y setenta, seguramente auspiciado por sus años de trabajar en un videoclub y tragarse todo tipo de películas de serie Z, spaghetti western y demás productos considerados de segunda división, y que él ha elevado al rango de exquisiteces: el Olimpo del frikismo cinematográfico, glorificado por una producción impresionante, los mejores actores de moda y para rematarlos, con unos diálogos espectaculares. Todo servido para el disfrute cómplice de aquellos que conocen las referencias, y también para los neófitos que quedan fascinados ante tantas cosas chulas y molonas (repito lo de molar, porque creo que es el adjetivo que mejor puede definir el término "cool" -chulo, en español-, que es a la postre la quinta esencia de Tarantino, lo "cool". Samurais, vaqueros, Kung-fu, chicas sexys, gángsters...todo bien mezcladito, y cuanto más bizarro, mejor. Basta asomarse a cualquiera de sus películas para entrar en ese particular universo del tirón.



Tras el empacho indigesto de su anterior cinta "Los odiosos ocho", un western convertido en un fiasco insoportable en toda regla, por mucho que haya una galería de personajes "molones" -seguimos para bingo- y grandes momentos y diálogos, su siguiente película es una verdadera elegía no sólo al cine y al Hollywood más clásico, sino también a un cambio de ciclo, a un cambio de época que convulsionó al mundo entero. Estamos en 1969, en Los Ángeles, y Rick Dalton, antaño estrella de series de televisión de vaqueros, intenta sobrevivir y mantener su estatus, acompañado siempre de su inseparable amigo y doble de sus películas, Cliff Booth. En los años de Vietnam, del amor libre, las drogas alucinógenas y los Hippis, también veremos los entresijos del mundo del cine a través de los protagonistas, y de sus vecinos, nada más y nada menos que Sharon Tate y Roman Polanski...



De acuerdo, la película tiene momentos esplendorosos, realmente divertidos, marca de la casa Tarantino. Pero da la impresión de que ha querido contar tantas cosas -la siniestra transformación de los acólitos de Charles Manson, el ocaso de una estrella de Hollywood y el ascenso de otras nuevas, la mala vida de los técnicos de la industria del cine para los que pasa su momento, etc.- que al final todo ha quedado en un confuso collage donde las piezas no terminan de encajar, y se usan -demasiado- recursos anticinematográficos -como la voz en "off", a veces completamente innecesaria y otras demasiado presente- para intentar dar coherencia -y cohesión- a todo el discurso. Claro que Pitt y DiCaprio están geniales. Claro que hay secuencias de narrativa modélica -la llegada de Cliff Booth al rancho donde está la familia Manson es verdaderamente sobrecogedora, cercana al cine de terror más estilizado...- y por supuesto, la traída violencia llega cuando menos lo esperas y explota con tintes de comedia -también marca de la casa Tarantino- pero como película, "Erase una vez en Hollywood" resulta demasiado tosca, quizás la menos elaborada de este realizador. Los retazos que componen las diferentes secuencias están demasiado mal hilvanados, se notan demasiado las costuras, y el salto entre las diversas líneas argumentales no favorece en absoluto el resultado final. También se transmite el amor que Tarantino tiene a la ciudad de Los Ángeles, pero bien podía haber aprendido -y apropiado- la agilidad y maestría narrativa que tuvo Altman en "Shortcuts" ("Vidas cruzadas"), que también utilizó este escenario con una gran confluencia de historias relacionadas, pero que encajaban a la perfección.



Es innegable que ir a ver la película es como entrar en una enorme fiesta de celebración del cine, pero no resulta suficiente para las casi tres horas de proyección. Todo esto refuerza mi opinión sobre este director y guionista: es un excelente dialoguista -aunque aquí tampoco es que haya ninguno especialmente brillante que pueda recordarse a posteriori- pero un guionista mediocre. Un guión mejor encajado habría resuelto todos esas líneas argumentales que quedan bastante deslabazadas a lo largo de todo el metraje, y que únicamente al final es donde confluyen de una manera algo artificial, pero eso sí, en un final memorable.



Como dije en el principio, este es el gran problema de Tarantino: que ha generado tantas expectativas con cada nuevo trabajo, que al final nos quedamos con mal sabor de boca -aunque en esta ocasión, no es algo cuestionable, sino manifiestamente objetivo: aunque su genialidad está presente a ratos, no es en absoluto la película redonda y definitiva que muchos pregonan. Y que yo sinceramente esperaba. No sólo porque conecto bastante con el universo de Tarantino y capto al vuelo toda esa complicidad -los spaghetti westerns, las pelis de kung-fu, los personajes fuera de la ley, etc.- sino porque como él, también amo el cine. Pero no es suficiente con amar al cine, porque al final, lo importante es que se cuente una historia. Y que se cuente bien. En este caso, y aunque me gusten -y mucho- varias secuencias de la película, no ha sido así.

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'Érase una vez en... Hollywood': Tarantino nos recuerda que el cine nos salvará
Crítica Ecartelera
8,0