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El monstruo con alma

16 mar 2014

A estas alturas, después de fotocopias en mala calidad de Psicosis, una Carrie bastante más lerda de lo que la recordábamos y desafíos totales imposibles de olvidar ni con un borrado de memoria futurista, no es que los temores ante el remake de Robocop estuvieran justificados, sino que eran la única posición coherente para el amante del séptimo arte. La filtración de problemas durante su preproducción, con el realizador José Padilha (Brigada de Élite 1&2) sucumbiendo a la opresión del estudio, por no hablar de la espantada a días de iniciar el rodaje que llevó a cabo Hugh Laurie (originalmente en el papel de Michael Keaton), tampoco ayudaban a que confiáramos en una propuesta que se atrevía con uno de los clásicos con más personalidad de los 80. Precisamente por tratarse de un título creado en una época tan concreta, donde la caspa, la sangre y la mala leche se daban la mano para crear cócteles de entretenimiento redondo, es por lo que una revisión de Robocop podría funcionar en plena era de fiebre tecnológica y caballeros oscuros atormentados.

Si la nueva versión de Robocop puede incluirse en el polvoriento cajón de los remakes recomendables, a pesar del previsible traspiés en taquilla, es porque en ningún momento intenta parecerse a la original ni lograr lo que aquella hizo. Se trata de una revisión ejemplar en su sujeción al término, donde Padilha combina una actualización del espectáculo de forma secundaria en favor del contexto y de las exigencias argumentales del género, elaborando lo que por momentos se muestra como una predicción tan agorera como fundamentada de una sociedad controlada mediante un abuso extremo de la tecnología. En Robocop 2014 no encontraréis el humor negrísimo y la casquería presente en el clásico pulp de Paul Verhoeven porque su guión explota una faceta más seria del mismo relato, para lo que es necesario un retrato más profundo de este robot policía. Porque tanto el realizador brasileño como su guionista Joshua Zetumer son conscientes de que la audiencia contemporánea demanda un drama con sustancia en la configuración de la psicología y motivaciones de sus héroes; incluso cuando eso conlleva reescribir un poco la historia.



Aunque una profundización existencialista en la personalidad de los protagonistas de blockbusters no es nada nuevo e incluso ha derivado en una tendencia machacona por oscurecer a los héroes y cargarles de traumas (vease Skyfall), sí es una herramienta que está más justificada que nunca cuando es un androide, mitad humano, mitad máquina, la estrella de la función. A diferencia de lo que sucedía en la cinta original, Robocop no va recuperando la personalidad de Alex Murphy de forma progresiva, sino que desde el comienzo es consciente de su situación, acarreando con el correspondiente conflicto en su interior. "Quiero que me desenchufes", le espeta Murphy al doctor Norton (Gary Oldman) después de la escena más terrorífica de la película, en la que Padilha nos revela cuánto ha quedado realmente de Murphy sin el armazón puesto (cabeza, órganos vitales y la mano de las pajas, básicamente).

La aceptación de su mujer (Abbie Cornish) e hijo, el propio autorrechazo e interrogantes sobre su auténtica función en el cuerpo de policía, como súper agente o mera estrategia publicitaria, son algunos de los dramas que asolan al protagonista, o por lo menos así es hasta que regresa el control remoto de la cinta original, capaz de anular la personalidad dentro de la máquina e incluso de desconectar sus funciones a distancia. Es en ese momento cuando la montaña rusa se estanca en la pérdida de humanidad más elemental y palpable del protagonista y en el que la cinta pierde fuelle, desviando su interés hacia las escenas de acción menos funcionales de la película (a diferencia de la excelente secuencia de entrenamiento). También es ahí donde se nota que Padilha tenía un drama más tétrico en mente, en la figura paternofilial a la que encarna el siempre digno Gary Oldman, mucho más cerca del doctor Frankenstein que del afable Geppetto en el que termina convertido.



Por lo menos, es de agradecer que el mal no sólo tenga rostro metálico y que la cinta cuente con dos intérpretes tan competentes como Michael Keaton y Jackie Earle Haley haciendo piña en lado oscuro junto al mógul de los medios que encarna Samuel L. Jackson. Aunque el ex Batman se lleva el premio a la sobredosis de Red Bull, los 3 están bastante sobreactuados, cada uno en un espectro diferente, y quizás eso ayuda a que los roles contrasten con la estoicidad y comportamiento de boy scout de los que hace gala un bien escogido Joel Kinnaman (The Killing, saga Dinero Fácil), que tarda lo mismo que Peter Weller en desaparecer bajo el casco de la máquina. Por su parte, Michael K. Williams, como el compañero detective del protagonista, está tan desaprovechado como esperábamos, pero cuenta con suficientes escenas como para satisfacer a los seguidores de The Wire, expectantes a que este monstruo despunte como merece.

Aunque una secuela parece descartada a menos que la taquilla internacional salve el pastel (y casi mejor), Robocop 2014 pasará a la historia como una sorpresa anecdótica dentro del infame submundo de los remakes, en el que la reiterativa intención por simplificar y aumentar el grado de estupidez de los clásicos a violar encuentra aquí la excepción que confirma la regla. Quizás, otro gallo cantaría si MGM hubiese conseguido estrenar el proyecto en 2011, como inicialmente pretendía, en un momento en el que el realizador Darren Aronofsky estaba confirmado como principal alma de una revisión que, más que ninguna otra, necesitaba de un cineasta con visión y personalidad; de un gran nombre que consiguiera equilibrar la auténtica dualidad que evita el triunfo total de la cinta, representada en la lucha de una sola persona contra la maquinaria hollywodiense.

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'RoboCop': Un sombrío reboot con luz propia
Crítica Ecartelera
7,0