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El fantasma del Stone primitivo

23 jun 2013

Con la mirada fija en un proyector en mitad de una sala, se encuentra uno, entre el silencio de la realidad más próxima y la voz gringa cabreada de Benicio que emerge de la fantasía construida en el interior de una pantalla gigante. Un rectángulo enorme desde el que la sangre no puede salpicarte el rostro, pero sí el corazón, el fuego no puede abrasar tu piel, pero sí tu espíritu. Es ese instante de locura en el que el séptimo arte traspasa la física para transformarse en metafísica y sientes que la adrenalina más salvaje corre por tus venas, esos segundos en los que crees que el ave fénix renace de sus cenizas para retarnos directamente a los ojos y decirnos: "He vuelto, hijos de puta". Lástima que la sensación sea un sueño pasajero que se extingue en el punto en el que se inicia una nueva secuencia. Lo demás, es como el desierto de Nevada, no importa nada de lo que allí se encuentra, ni siquiera los cadáveres.

Más de diez años llevamos sin vislumbrar al monstruo de Asesinos Natos o Nacido el 4 de Julio y a pesar de que ésta parecía ser la resurrección de un Oliver Stone que en su día elevamos a uno de los tronos de la dirección, la decepción vuelve a asolarnos tras destapar el velo de Savages, en la que un triángulo amoroso se alza como la losa más dañina en la última obra del cineasta. Una lápida de tres aristas que desangran la historia más rápido de lo que los veteranos del elenco son capaces de inyectar a través de sus glóbulos rojos. La fusión que pretende Stone es un imposible de rasgos comunes a sus anteriores producciones y sólo cuando el baile se mueve entre matones curtidos ya en este tipo de fiestas, parece funcionar a las mil maravillas; sin embargo, es el 'hakuna-matata', el paraíso sin normas y el "fuma y sé feliz" de los chavales el que pisa los pies en esta danza, un mejunje que parece tratar de contentar las peticiones de un mundo que ha pedido durante un decenio el regreso del lado más cruento del realizador.


Savages es el relato de tres jóvenes, un botánico (Aaron Taylor-Johnson), un ex-militar (Taylor Kitsch) y la novia pija -que no zorrupia- de ambos (Blake Lively) -lo vuelvo a repetir, no es una guarra, es que es una chica muy versátil, tan pronto "folla", tan pronto "hace el amor"-, que se han enriquecido gracias al tráfico de marihuana. Todo parece marchar sobre ruedas hasta que el cartel más peligroso de México comienza a interesarse por el negocio de los chicos y les ofrece un acuerdo por el que los protagonistas sólo tendrían que ceder sus conocimientos a cambio de un porcentaje del beneficio y de seguridad. Los ofertados deciden rechazar la propuesta y la jefa de la banda (Salma Hayek) envía a su esbirro (Benicio Del Toro) para secuestrar a su princesa porrera y sobornarles. Los muchachos decidirán plantar cara a sus enemigos, para lo que acudirán a su contacto de la DEA (John Travolta).

El filme no sólo encuentra su Talón de Aquiles en un desequilibrio evidente entre novatos y perros viejos en relación a una diferencia clara de talentos interpretativos, no es necesario explicar quién juega con inferioridad, sino que además, la actitud de los dos núcleos en cuanto a la manera en la que enfocan la obra es completamente contraria, produciendo una coreografía que batalla constantemente hasta que el derrotado termina siendo el espectador. Esto es así porque mientras los maestros optan sabiamente por tirar de la cuerda hacia un estilo mucho más bizarro y satírico del género, las juventudes se empeñan en tomarse el trabajo como un drama criminal en toda regla, lo cual frena toda oportunidad de que la película de Stone salga airosa.


Esta mentada dicotomía produce a su vez que sólo hallemos lo bueno en presencia del canalla personaje de Del Toro, en la despiadada reina de la droga encarnada por Hayek, y en el corrupto y trepa agente con el rostro de Travolta, que atraen la violencia, fuerza y carisma chulesco necesarios para que funcionen cada una de sus escenas. No así los componentes del triángulo amoroso, un algodón de azúcar pegajoso en mitad de una jungla virgen y mortal que está menos imanado que la prisión de Magneto, porque el feeling que Lively quiere hacernos creer que mantiene con sus dos amantes no se lo traga ni el retrete de John Goodman, y no únicamente por lo cuestionable de su actuación, sino porque además recae en ella la responsabilidad de una voz en off que pretende ser un cuentacuentos guiado por un libreto que deja entrever el esfuerzo por tatuar en la memoria del público frases para la posteridad, sin conseguirlo, claro está, ya que la mayor parte de las sentencias resultan vagas reflexiones chorras acompañadas de algún taco, lo que hace flotar al libreto durante más tiempo en el mar de la superficialidad que en el de un desarrollo más complejo. De nuevo el pez gordo, se lo llevan los más maduros en sus intervenciones.

Por otra parte, la propuesta de idear un contraste de principios entre los dos colegas, el "chico duro" en la piel de Kitsch y el "chico blando" en la de Taylor-Johnson, hubiera sido interesante si este último hubiera acabado con una AK-47 en las manos metiendo una bala por el culo a sus valores. Desgraciadamente, la evolución no es tal y sólo asistimos a un ligero atisbo de cambio que pierde cualquier interés. Tampoco es que el desenlace de estos tres, sólo posible en el mundo de los Osos Amorosos versión Jamaica, ayude a construir una atmósfera mucho más creíble.


Pero apartemos por un instante las sensaciones desagradables y centrémonos en ese pequeño vestigio del viejo Stone que en algunos momentos del filme tiene su disposición fantasmagórica en unos planos sangrientos, oscuros, violentos y sin concesiones, acompañados un par con la Sinfonía Nº 1 de Johannes Brahms, rasgos que recuperan la esencia pura de un realizador al que no vemos en su verdadera forma desde hacía mucho tiempo. Un espíritu original cuya efímera aparición significa algo más que la proporción de un entretenimiento que al menos le sirve para aprobar, un atisbo que quiere decir también que se alza como la esperanza de que nuestro Stone primitivo se encuentra todavía en algún recóndito lugar del interior del cineasta y de que sólo es cuestión de tiempo que vuelva a salir a la luz.

Savages no va a ser la película de los aficionados al amigo Oliver, tampoco será la película de los no aficionados a él, pero es quizá la génesis del camino que tenía que retomar un director que llevaba perdido desde hace mucho tiempo en universos que no eran lo suyo, empecinado siempre en recitar un ensayo contra el sistema, cuando lo que debe de recitar es un poema salvaje sobre el sistema.

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