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La insatisfacción como lastre de nuestro tiempo

22 jun 2013

Una vez los cuerpos han terminado de golpearse. En ese punto en el que solo existe un mismo olor y un sabor sobre la cama y los gritos espásmicos se convierten en jadeos de puro cansancio. En ese momento exacto, es cuando puede hacer acto de aparicion la vergüenza. Ante uno mismo, por supuesto. Frente a la supremacía de esa bestia insaciable que no entiende de razonamientos ni conveniencias o, en definitiva, ante el reconocimiento de las propias limitaciones que te brinda ese lapso de brillantez, alejado de todo deseo o impulso aunque solo sea por unos minutos. En ese preciso momento da comienzo Shame, con el personaje de Michael Fassbender, Brandon, recostado sobre las sábanas con la mirada perdida. Un instante que no tarda en desvanecerse para que este depredador retome una rutina que seguro volverá a llevarle al mismo lugar, ahora reflejo de su desértico y arrugado modo de vida.

Así de sutil puede llegar a ser Shame, un drama descarnado en el que el sexo en todas sus variantes actua como demonio del protagonista. Pero la segunda película de Steve McQueen tras la visceral Hunger también sabe ser cruda cuando debe, y en ese equilibrio radica el éxito de uno de los relatos más duros y profundos -hasta el tuétano- del año. Hablamos de una de las primeras películas propias del siglo XXI, imposible en cualquier otro tiempo y que aborda frontalmente y sin demasiados artificios una enfermedad tan difuminada y sintomática de nuestra sociedad como es la adicción al sexo, mostrada aquí como una dependencia tan destructiva como cualquier otra.


Esa víctima, como decimos, es Brandon, un alto ejecutivo neoyorquino que a pesar de vivir en la capital del mundo moderno, realmente se encuentra atrapado en su propio hábitat de soledad extrema. Al igual que hacía el personaje de Edward Norton en El Club de la Lucha, Brandon reside en un apartamento de diseño prefabricado, y sus relaciones sociales están reducidas a la mínima expresión. Su mejor amigo, por así decirlo, es su jefe, que no duda en aprovecharse del imán con las mujeres que tiene su empleado para engañar a su esposa. Para que os hagáis una idea de la potencia narrativa que tiene el film, parco en palabras además, este personaje encarnado por James Badge Dale (Rubicon), que es retratado como un homo sapiens de cromosomas XY de manual, más salido que el pico de una plancha y pesado hasta decir basta, termina resultando de lo más inofensivo para el espectador en comparación con las perversiones de las que hace gala Brandon.

Ante lo que nos encontramos en Shame es frente a una descripción realista de un comportamiento sexual totalmente autodestructivo. Ya sea sobrecargando el ordenador de la oficina del porno más denigrante o siendo incapaz de entender una ducha sin abrir también el grifo de abajo. Prostitutas de lujo, locales de intercambio, revistas pegajosas e incluso vídeochat erótico, todo al ritmo de una banda sonora minimalista y perturbadora, son las herramientas con las que Brandon intenta extirpar esa necesidad casi vampírica de su organismo. Y no creáis que la comparación con los chupasangres es casual. El realizador se sirve de largos y solitarios paseos nocturnos por la ciudad para evidenciar no solo el aislamiento del personaje, sino también esa inercia de cazador que le impulsa a seguir avanzando hasta calmar a la bestia.


Pero si el guión de Shame (del propio McQueen junto a Abi Morgan) es brillante en su acercamiento a un tema nada sencillo, no lo es tanto en su desarrollo, calcado al de cualquier otro relato sobre dependencias autodestructivas. Tras la descripción y presentación, llega el punto de inflexión con la llegada de la hermana del protagonista, Sissy (Carey Mulligan). Otra criatura tremendamente seductora que también esconde sus propias cicatrices, resultado de una turbia infancia en la que no llegan a profundizar todo lo deseado. A pesar del espléndido trabajo de la actriz, tanto su llegada como esa predecible decisión final se muestran como unos falsos catalizadores de la evolución del protagonista creando golpes de efecto artificiales para dar forma de relato a esta película ("evolución" y "climax", respectivamente). Un recurso poco enmascarado que, en el fondo, evidencia que Shame "sólo" es un psicoanálisis perfectamente plasmado a imágenes y no la gran historia sobre las miserias humanas que estaba destinada a ser. Aunque ya le hubiera gustado a David Cronenberg tener la pericia de McQueen para Un Método Peligroso, también con un Michael Fassbender que desmuestra película a película por qué está en boca de todos.

Porque si alguien dudaba que 2011 fue el año del actor alemán afincado en Irlanda, esta Shame viene a despejar todas las dudas. A la Copa Volpi al Mejor Actor en el pasado festival de Venecia le siguieron varias críticas por su ausencia en los Oscar, pero aunque a sus 34 años sea capaz de alternar la sobriedad y el exceso con la facilidad de un veterano, su trabajo en esta cinta se mimetiza de tal manera con el del realizador que es complicado separar méritos. De hecho, el ninguneo de la academia hollywodiense a McQueen, artífice real de esa perfecta simbiosis gracias a un uso general del cuerpo del personaje como sustituto de las palabras (ya presente en Hunger), sí que es la gran injusticia de los últimos Oscar junto a la que ha sufrido Nicolas Winding Refn, director de Drive.


Y es como suele suceder con el cine más vanguardista que logra colarse en los circuitos comerciales, Shame corre el riesgo de entrar en la categoría "gafapasta", o incluso de resultar aburrida para cierto tipo de espectador que se va a quedar con que ha asistido a hora y media de Fassby paseando la cobra. Es cierto que la frialdad con la que está rodada puede llevar a pensar que nos encontramos ante un relato más vacío o plano de lo que realmente es Shame, pero la gran virtud de este tipo de cine, rompedor, paciente y honesto en su planteamiento, es que quedará para siempre en la estantería esperando a que el tiempo le ponga en su lugar como ya sucedió, por ejemplo, con Requiem por un Sueño.

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'Shame', un descenso a los infiernos
Crítica Ecartelera
7,0