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Grandiosidad de la pobreza

21 mar 2009

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

El telón de fondo podría ser Agua Blanca o Desepaz en Cali o Chambacú en Cartagena o Ciudad Bolívar en Bogotá o cualquier barrio de periferia de nuestras grandes ciudades o de un pueblo en Putumayo, Chocó o Nariño. Es Bombay o Mumbai o Calcuta en la India de Nehru y de Gandhi. La película nos muestra en su grandiosidad el lumpem proletariado del que habló el marxismo como lacra social, como polo opuesto a lo más refinado de la burguesía o el despilfarro. A los ocho Oscares de esta película habría que sumarle la India Catalina por pintar lo que sucede en nuestro medio.

¿Será que este es el nuevo ícono que nos enseña la gran pantalla, como maestro de la escuela, de lo que serán los nuevos niños que crecen sin padres, enviados al apartheid de la pobreza por el abandono de la ley y por el Estado? ¿Por qué la gran masa se embelesa y pierde la noción de la realidad cuando prende la TV para meterse en la brutalidad de los realities y las telenovelas? ¿Busca evadir su situación, aliviar la tensión social, engañarse en el autorretrato que se refleja en los personajes?

Quién creyera que a Pablo Laserna lo copiaron tan al pie de la letra los directores de esta película. El ceño de Prem Kumar, la música de suspenso, la manera sentenciosa de hacer las preguntas, los intervalos comerciales, todo. Hasta en el sugestivo nombre de atraer las moscas a la red de miel de la danza de los millones. “¿Quién quiere ser millonario?” A los colombianos nos copian todo. Somos muy ingeniosos y nuestra malicia indígena es envidiable. El 50-50, la llamada al amigo, la consulta al público. Pero, sobre todo, la necesidad extrema del muchacho que se extrae de la barriada, de sus familiares y amigos, de la miseria y la falta de oportunidades.

Qué de memoria en su disco duro guardaba Jamal Malik sentado ante el público y el micrófono. Cuántas hambres, cuántas pérdidas, cuántos ejemplos de lo que hace la policía, el hampa, la publicidad, la mendicidad en los semáforos. El muchacho no tuvo necesidad de ir al colegio ni a Harvard a aprenderse las respuestas al cuestionario que le hace la sociedad para poder sobrevivir. Nadie le creía y la gente de la ciudad lo veía y lo respaldaba y hasta los turistas lo premiaban con la cara de sir Washington. Cuántas patadas, carreras delante de sicarios y de los envidiosos que lo miraban cómo se ganaba la vida a diario.

A Jamal lo vemos triunfante en la pantalla con Latika. Y también vemos en la calle, en las aceras y en las esquinas a tanto chicuelo colombiano con sus ojos hundidos hasta los bolsillos. ¿Querrán ser mañana unos millonarios como Salim o como su hermano?

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7,0