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5,5

Solo, incomprendido y sin calzoncillos

01 jul 2013

Superman, el equivalente a un dios griego en la mitología de mallas y antifaz, ha vuelto a salir un ratito de la muy adecuadamente nombrada Fortaleza de Soledad para ver cómo está un mundo que antaño le adoraba, antes de la llegada de los videojuegos, Internet o los enmascarados con crisis de identidad, y que hace tiempo le dio la espalda: a él, a su talante de boy scout extraterreste y, en definitiva, a la inocencia y transparencia de un rol que podía funcionar hace cuatro décadas y que parece haber quedado relegado a los libros de historia antes de tiempo. Precisamente, casi un homenaje, como una colección de postales icónicas cargadas de Photoshop, es lo que nos ofrecía la última vez que asomó por las pantallas, allá por 2006, pero dada la respuesta general a la cinta de Bryan Singer quedó claro que con un tour por un museo nostálgico no bastaba. El que se reivindica como el héroe de los héroes tenía y tiene la obligación de ir más allá, de abanderar al género como una vez lograra Christopher Reeve tan sólo para hacer justicia al mito. El problema es que a día de hoy su legado no es el único enemigo a batir. Durante los últimos años el género ha explosionado de tal forma que a la tarea de perpetuar un legado casi centenario viene pareja la de trascender el propio potencial del que ha hecho gala siempre el héroe, por lo menos en sus incursiones en movimiento hacia nuevos derroteros. El del énfasis en el origen extraterrestre del protagonista y el giro hacia los relatos de invasiones alienígenas podría haber sido esa solución milagrosa, siempre y cuando el realizador responsable no fuese un hombre cuya idea de aplicar un tratamiento más orientado a la ciencia ficción a un personaje como Superman pasara por eliminar unos gallumbos.

Las primeras señales de que el tono de Man Of Steel está más desdibujado de lo que debería no se hacen esperar y nada más comenzar la cinta asistimos a un prólogo en Krypton, el planeta natal del héroe, que parece ambientado en una de las fases descartadas de Sucker Punch (porque esa cinta no tiene escenas, tiene fases). ¿Lo siguiente? Russell Crowe (Jor-El) surcando los cielos a lomos de un dragón, disparando rifles de plasma contra un ejército de Helghast y buceando entre colmenas de humanos en el rol heredado de Marlon Brando. De ese tipo de película estamos hablando. Y la función, armonizada por los alaridos de lunático en los que concentra el normalmente impecable Michael Shannon (Zod) toda su interpretación, no va a mejor. Si dejamos a un lado la forma en la que se conocen Clark y Lois, en la que entraremos más tarde, durante la primera mitad del metraje, con flashbacks amenazantes -"¿Otro?"- incrustados con calzador mediante, nos cuelan la historia de orígenes que todos conocemos, la del chaval inadaptado que crece en una granja rodeado de calor familiar, sólo que con pequeños cambios. Para peor, claro.

El mejor ejemplo lo encontramos en la muerte del Sr. Kent (Kevin Costner), una escena que en la cinta de 1978 estaba resuelta de forma brillante, con el todopoderoso Clark y sus habilidades recién descubiertas, asistiendo impotente desde la lejanía al infarto fulminante que termina con la vida de su padre adoptivo, a través de un plano general que lo dice todo sin palabras. En Man of Steel no es que Zack Snyder no sea capaz de ofrecer semejante sutileza y buen gusto, es que el tipo necesita un tornado, contradecir varias leyes de la física y, en general, insultar a varios niveles a la inteligencia del espectador para contar la misma escena, y encima apoya en ella aún más peso argumental para la trama del que debería, a modo de punto de inflexión catarsis para el conflicto central del héroe. Por supuesto, también hay alguna buena idea como el primer contacto del joven Clark con su visión de Rayos X, pero una vez más, sólo hace falta imaginar lo que un realizador más centrado en las ideas y no en mostrarlas de forma impactante hubiese logrado jugando con los esqueletos y calaveras en los que se convierten todas las personas en las que el protagonista posa su mirada.

Pero como decimos, si se si critica tan duramente a El Hombre de Acero es porque si se trata de un proyecto que ya venía de casa con una mochila a la espalda de dimensiones titánicas, la gran respuesta ha pasado por acercarse a un género tan exigente a nivel argumental como es la ciencia ficción en el momento en el que vive una crisis tan potente como para que el regreso de Ridley Scott a la saga Alien sea incuestionablemente discutible. No vamos a negar que el ritmo se reaviva justo a mitad de película, cuando Zod lanza su amenaza contra nuestro planeta exigiendo la entrega del kryptoniano fugado, y por momentos llegamos a creer que lo visto hasta ahora respondía a esa necesidad insalvable de respetar los cimientos del héroe y que la trama sobre diplomacia alienígena, moralidad gubernamental, estado de sitio y, en definitiva, la puerta a los dilemas más profundos, podía llegar a cuajar. Entonces es cuando MOS se convierte en la adaptación de Dragon Ball que llevamos años pidiendo, sólo que sin avisar y sin bolas de Dragón con las que resucitar a las bajas colaterales ni recomponer una Metrópolis que, después de la pelea, podría compartir vallas publicitarias con Kosovo.


Para los amantes de las orgías digitales y la acción gratuita esta segunda parte de la cinta podría considerarse como la promesa cumplida, aunque siempre bajo niveles de exigencia mínimos. Snyder no es capaz de componer una coreografía para el recuerdo y se limita a hacer que los combates entre Kal y la banda de Zod luzcan un buen acabado y aspecto general, llegando incluso a despojar de toda coherencia con lo que hemos visto que puede o no puede hacer Superman entre una escena y otra, incluso si la deformación tiene que producirse en medio del clímax y responder necesariamente a una decisión de guión menos trascendental de lo que debería ser. Además, en una película con tantas ínfulas de realismo, lagunas como por qué la consciencia de Jor-El, el extraterrestre de una civilización tan avanzada como para haber conocido su autodestrucción, domina nombres y terminologías de nuestro mundo y sólo le falta pedirse una Heineken, y más cuando a la llegada de Zod el idioma sí es un problema viéndose obligados a traducir su inquietante mensaje "de bienvenida"; por no preguntarse por qué Superman vive como un mendigo pero puede pagarse la cuota de un gimnasio (porque Jor El ya nos ha enseñado que esa mazada no va de serie en Krypton), o por qué Zod y sus secuaces, tan evolucionados e inteligentes como se proclaman, no se toman un par de días para adaptarse a la atmósfera de La Tierra y no depender de sus aparatosos trajes.

Pero si es el despropósito la nota predominante de la historia central que intenta contar la película, Zack Snyder ni siquiera aprovecha al estupendo reparto que se ha agenciado para por lo menos salvaguardar la dignidad de lo que acontece en pantalla. De buenas a primeras anula todo el potencial de una figura clave como Lois Lane al arrebatarle la curiosidad, esa mirada a caballo entre el escrutinio y la pura ilusión que siempre ha caracterizado al personaje, y por eso luego resulta tan insípido durante el resto del metraje y sentimos que esa gran actriz llamada Amy Adams podría haber empleado el tiempo que le ha llevado rodar la película en proyectos mas interesantes. Por su parte, Cotsner, Lane y Fishburne resultan tan sólidos, planos y poco sorpresivos en sus roles como cabría esperar, y sólo los personajes de Jor-El y Zod, los más renovados y perfilados del conjunto, permiten salir a la luz momentáneamente a los dos titanes que les ponen rostro, Crowe y Shannon, que sólo necesitan levantar una ceja para comerse a una encarnación del mito por parte de Henry Cavill respetuosa hasta el hastío.

Pese a todos sus fallos, lo que no se le puede negar a El Hombre de Acero son ganas de renovar si no al héroe, sí al tipo de película que puede protagonizar Superman, y eso ya es un logro bastante importante. Si es suficiente o no para servir de mecha no solo a una franquicia sino también de puente para todo el universo DC, sólo está en manos del público, pero lo que está claro es que ni cumple de facto esa misión que sí conquistó Iron Man, a la que no intenta parecerse en ningún momento, ni le llega a la altura de los flecos de la capa a Batman Begins, de la que tampoco bebe tanto como debería. Man of Steel es, con más claridad que nunca, uno de esos experimentos fallidos, pero encaminados en la buena dirección y necesarios en todo progreso. Ahora, el verdadero interrogante, más allá de en qué maldita playa ha estado Nolan durante el rodaje de esta película, es si el último superviviente de Krypton podrá aguantar más tiempo como conejillo de indias sin conquistar la grandeza que se le presupone antes de que la grandeza de su raza se extinga definitivamente en nuestro recuerdo.

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'El Hombre de Acero': El Mesías que vino de Krypton
Crítica Ecartelera
7,0