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gsus11

5,4

The Danish Girl o el convencionalismo por bandera

01 feb 2016

Con los créditos iniciales de The Danish Girl, compuestos a partir de una música deliberadamente armoniosa, unas imágenes estéticamente -y no tanto conceptualmente- muy cuidadas y un ritmo delicado y sutil, ya vemos la dirección que va a tomar Tom Hooper en su discurso. Un discurso muy convencional que me recuerda a ese supuesto e imaginario manual de 'cómo hacer una película', solo que esta vez con las ventajas (técnicas y comerciales) de una producción a gran escala.

Al igual que en la puesta en escena, con la misma predisposición hacia 'lo seguro' (al fin y al cabo todos tenemos miedo al fracaso, en mayor o menor medida), Tom Hooper sigue apostando por aquello que le ha posicionado en el escaparate internacional y que le ha dado -de forma considerable- tanto éxito. Tras El discurso del Rey (ganadora de 4 de los Oscars más importantes -película, director, actor y guión-) y Los miserables (con más luces y sombras pero repitiendo un gran reconocimiento académico -con Oscars para Anne Hathaway, el equipo de maquillaje y el de sonido-) vuelve a repetir con una película de época. En este caso, nos situamos en la Dinamarca de 1920 y se nos cuenta la historia de Einar Wegener (Eddie Redmayne), la primera persona transgénero que se somete a una operación de cambio de sexo. El protagonista comparte oficio -la pintura- con su mujer Gerda (Alicia Vikander) aunque con una temática y una notoriedad dispares. Mientras Einar tiene éxito con sus cuadros paisajistas, Gerda tiene serias dificultades para exponer sus retratos realistas. El descubrimiento interno de Einar resurge en el momento en el que este posa vestido de mujer para una de las obras de su pareja. Se hace muestra de ello en la primera toma de contacto con esta nueva identidad (así empieza todo), como si de un chispazo que automatizara una nueva visión se tratase, tan poco sutil como sí lo es, irónicamente, su puesta en escena. Es en esa falta de evolución dentro del personaje (externamente sí que hay una desarrollo más sosegado), en esa conformidad deliberada de una transformación definitiva, en ese drástico cambio del comportamiento consigo mismo, donde percibo una laguna importante en lo que se refiere al guión.

Para suerte del espectador, las interpretaciones están por encima de todo lo mencionado e incluso por momentos, lo consiguen eclipsar. A pesar de no sumergirnos en el personaje principal debido a un guión poco inspirado, vemos a un Eddie Redmayne entregado en la labor que, aun con un resultado menos logrado que en su interpretación de Stephen Hawking (me reitero en que el principal responsable es el guión), nos ofrece una actuación que satisface. Además de que la escritura de este personaje tenga pocas capas de profundidad, resulta ensombrecido por el personaje de Gerda Wegenar, el cual sí me llega a transmitir (gracias también a una soberbia Vikander) todo lo que siente y padece, desde el despertar de esa impotencia debido a una situación incomprensible en un principio hasta el amor incondicional por esa persona a la que ayuda en todo momento. Pero si bien es cierto que la construcción del personaje de Gerda es de elogiar, el propio contraste entre ambos y la importancia del primero en la trama hace que quede por encima del que se nos plantea como el protagonista. Así pues, Alicia Vikander resulta ser la gran triunfadora de esta película y cumple un año memorable (a esta interpretación hay que sumarle la de Operación U.N.C.L.E. y la enigmática Eva de Ex Machina), pasando de ser una casi desconocida a consolidarse en el panorama actual.

Si bien lo interpretativo libra a la cinta de la total decepción no es suficiente para evitar una impresión de obra fallida. Se intuye una relación de la puesta en escena con lo pictórico, es decir, con la profesión de Gerda y Einar (el que más adelante pasa a llamarse Lili) pero no hay indicios de ir más allá. Lo formal se desarrolla de manera paralela a lo que realmente se cuenta, no ayuda a que conectes con la historia, independientemente del estilo o no estilo convencional del director. En cuanto a esto último, quizá Tom Hooper se ha servido del elemento pictórico mencionado para justificar una puesta en escena prudente y esteticista. Sea de este modo o no, lo que realmente piensas es que el tema ha sido llevado con tal modestia y decoro, sin atreverse a ir más allá, para complacer al máximo público posible. Entendiendo a este como al principal objetivo se comprende esa manera de narrar, comprometida de lleno en gustar. Y precisamente esto ha sido su talón de Aquiles. Quizá si se hubiese marcado una meta más alta, no solo con la intención de agradar sino de crear algo trascendental, estaríamos ante una obra de más calidad. Sin embargo, nos encontramos con un film cuyo recuerdo volará tan rápido como lo hace el pañuelo de Lili en la despedida de esta historia, otro recurso más tan utilizado en los dramas sin sello.

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Crítica Ecartelera
7,0