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7,5

un impostor se ve a lo lejos....

03 jun 2013

¿Cómo puede un niño de 13 años visto por última vez en su Texas natal reaparecer cuatro años después en España, a 8.500 kilómetros de distancia, con amnesia y sin pasaporte? Sencillamente, no puede. Bajo esa increíble premisa se extiende la historia que nos relata de forma trepidante El Impostor, un documental que se aleja deliberadamente de los convencionalismos del género hasta convertirse en una película mutante, un docu-thriller que poco o nada tiene que ver con la concepción generalizada que existe sobre el formato y que es capaz de atrapar a cualquier tipo de espectador en su estremecedora tela de araña. Lo que logra el realizador Bart Layton (Banged Up Abroad) en su último trabajo es desarrollar uno de los perfiles psicológicos más detallados que se pueden disfrutar actualmente en pantalla; con un personaje central que se reboza en el sensacionalismo y la manipulación para contarnos en primera persona, apoyado por recreaciones en forma de flashbacks, un relato fantástico que no tendría ningún viso de verdad de no ser porque, de hecho, esta pequeña joya está basada en un caso real perfectamente contrastado.

El mundo del documental es mucho más rico de lo que su precaria distribución en nuestro país nos pueda hacer creer. Atrás quedaron los años en los que costaba diferenciar al género de un reportaje televisivo en versión extendida, ideal para amenizar la siesta, y cada vez son más los títulos que apuestan por un acercamiento más cercano a los canónes que han dominado a la ficción, principalmente gracias a la solapación de un género secundario a su estructura narrativa, es decir, a base de puro ritmo. El primer largo estrenado en salas de Bart Layton se suma así a una fórmula anabolizada del formato, precedida por éxitos como Bowling For Columbine -tan comedia como documental-, Una Verdad Incómoda -thriller- o Exit Through the Gift Shop -misterio-, y se atreve a llevarlo aún un poco más allá, fabricando el que seguramente es el documental más vendible de la historia.


El Impostor es sensacionalista, juguetona y bastante puñetera sobre todo en su último tercio, pero también es un ejercicio absolutamente fascinante que te impide olvidar en ningún momento la veracidad de lo que te están contando. El propio realizador afirma que sintió una necesidad imperiosa de narrar la historia de Nicholas Barclay nada más leer un artículo al respecto en una revista española, y la impronta que le dejó al cineasta la excepcionalidad del caso se traslada irremediablemente a la audiencia desde los primeros segundos de metraje. En ellos vemos cómo la Guardia Civil de Linares, Jaén, recibe durante una noche lluviosa de 1997 la llamada de un turista preocupado. El extranjero informa sobre un adolescente perdido en la calle y con visibles signos de sufrir un trauma. Mediante una confesión frente a la cámara que no muestra con claridad a ese joven, hoy ya un hombre hecho y derecho, no tardamos en descubrir que fue él mismo quien realizó la llamada a la policía, siendo la invención de la figura del turista la primera mentira de una espiral de suplantación y engaño tan increíble como para dar pie a uno de los mejores documentales de los últimos años.

Conocer la impresionante resolución de la historia, de cómo semejante acto inmoral y cruel da pie a una narración tan entusiasta por parte del protagonista, orgulloso de sí mismo, se convierte en una obsesión para el espectador. Pero es que una vez se confirma la premisa que ya adelanta el propio título de la cinta, El Impostor tiene mucho más que ofrecer. Tanto la disfuncional familia de Nicholas, que no duda ni un segundo de la identidad del chaval, como un detective privado local que parecería sacado de una película de Tarantino de no ser porque puedes contratarle de verdad, nos ayudan directa o indirectamente a expandir nuestra visión del caso hacia derroteros casi cómicos -la amenaza terrorista-, desconcertantes o directamente terroríficos. La elección de cualquiera de esos adjetivos como sensación final, aunque la película nos obligue a atravesar todos y cada uno de los estadios, depende en gran medida de la propia opinión del caso que se haya labrado el espectador durante los últimos 90 minutos.


No en vano El Impostor nos llega de la mano de Simon Chinn, productor de otros documentales igual de sorprendentes y recomendables como Searching For Sugar Man y Man on Wire, en la que es la prueba definitiva de que al formato ya no le asusta asaltar cualquier otro género para compensar la percepción negativa, casi marginal, que se tiene de él a la hora de buscar un entretenimiento capaz de competir en un circuito comercial cada vez más limitado (por lo menos en nuestro país). Es cierto que por el camino tiene que hacer alguna concesión a la telerrealidad y que su final es algo precipitado, pero eso no quita para que El Impostor sea uno de los mejores thrillers del año y un relato que se quedará para siempre en tu memoria, incrustado en ese rincón reservado para el lado más oscuro e incómodo del ser humano.

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