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John Connor, desenchúfame esto

07 jul 2014

Desde la despiadada inteligencia artificial empeñada en mandar a Schwarzenegger al pasado, hasta la seductora consciencia programada a la que pone voz Scarlett Johansson en Her, pasando por los erógenos y poéticos replicantes de Blade Runner, la idea de una mente antinatural capaz de sentirse superior a la propia humanidad ha sido una constante en la ciencia ficción, cinematográfica, literaria y de cualquier tipo. La búsqueda de un intelecto superior por parte del ser humano, ya sea mediante la religión o la ciencia, es el eje en torno al que se ordena Transcendence, el debut en la dirección del director de fotografía de Christopher Nolan desde la magistral Memento, Wally Pfister; una película que plantea las preguntas adecuadas, pero que se muestra incapaz de resolverlas satisfactoriamente y que decepciona en su intención de seguir la estela ci-fi planteada por el padre de Origen e Interstellar, que ejerce aquí de productor despegado como ya hiciera en El Hombre de Acero.

La transcendencia a la que alude el título consiste en lo que la cinta entiende como el siguiente estado de la mente, desligada definitivamente del cuerpo y computerizada no sólo como conocimientos, ideas o información, sino también con sus sentimientos y emociones, todo sumado al ilimitado poder que ofrecería a semejante creación la interconexión mundial de la que disfrutamos actualmente gracias a Internet. El científico al que encarna Johnny Depp en la cinta, Will Caster, es el primero en someterse al procedimiento (tan complejo y sesudo como enchufar y desenchufar un pendrive) después de que un grupo terrorista le deje al borde de la muerte al comienzo de filme, iniciando una nueva y cataclísmica era, avanzada en un innecesario y efectista prólogo que desvela más sobre el desenlace de la cinta de lo que nos gustaría.



Una vez el protagonista de Piratas del Caribe ha desaparecido virtualmente de la escena y lo único que nos queda de él es su rostro proyectado en una pantalla, la película intenta insertar la duda en la mente del espectador: ¿El ente del que sigue enamorada la doctora Frankenstein Evelyn Caster sigue siendo Will o se trata de una criatura sin sentimientos reales y demasiadas ínfulas de poder? Lo cierto es que es bastante complicado determinarlo, sobre todo por la robótica interpretación del actor en las escasísimas escenas en las que lo tenemos de cuerpo presente, pero no porque el guión de Jack Paglen (Promehteus 2) juegue adecuadamente con el misterio o las bazas de la historia. En cambio, en lo que se centra el debut de Pfister es en sacar todo el partido posible a esa estupenda actriz que es Rebbeca Hall mientras se luce en el apartado de fotografía con su particular recreación de la nanotecnología y demás avances futuristas, adelantados a su tiempo gracias a la supermente de Will. Y muchos paneles solares, que hacen bonito.

El plan del Will virtual pasa por elaborar una gran analogía con la religión judeo-cristiana, construyendo su particular peregrinaje y posterior paraíso en el desierto del estado de Virginia, a la vez que va formando un ejército de esbirros humanos, "infectados" con nanomáquinas capaces de conectarles a una red superior -el propio Will- que, lejos de mostrar una identidad cinematográfica propia, se limitan a replican el esquema visto, por ejemplo, en La Invasión de los Ladrones de Cuerpos o El Pueblo de los Malditos. Se trata sólo de uno de los reflejos más evidentes del naufragio de una historia que prometía abordar derroteros originales, pero que se ve incapaz de sortear el abismo de la repetición temática, con el consiguiente aburrimiento del espectador, y donde lo único comparable al desaprovechamiento de su idea principal se encuentra en el poco uso que le otorga Pfister al lujoso reparto secundario de la película, regalándole más minutos a la competente Kate Mara que a todoterrenos de talento indiscutible como Morgan Freeman, Paul Bettany o Cillian Murphy.


Por desgracia, no encontramos ninguna novedad en la lucha humanidad-tecnología que plantea Transcendence, por mucho que su acercamiento a la figura de dios como primera y última creación de la humanidad, cómo no, con el rostro de uno de los intérpretes más populares del momento, suponga una idea lo suficientemente atractiva como para que, sumada a los innegables valores de producción de los que hace gala el título, arrastre al cine a un determinado tipo de espectador intelectualmente inquieto. Porque Transcendence, al contrario que la mayoría de películas que nos llegan bajo el abrigo del género, sí es realmente una película de ciencia ficción donde las ideas predominan sobre las criaturas generadas por ordenador, las batallas interplanetarias o los combates a cámara lenta, y por eso escuece especialmente que, una vez descargado el archivo completo, el virus del acomodamiento y las incoherencias acabe por corromper al programa en su totalidad.

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'Transcendence': Copia fragmentada
Crítica Ecartelera
4,0