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SPR4

9,4

Radiografía del deseo

26 ago 2014

El deseo es como un tranvía: viaja en dos direcciones; hacia adelante o hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo. El deseo puede acercarnos a lo divino de sentirse humano, de sentirse de este mundo, o todo lo contrario, puede hundirnos en las fosas abisales de nuestro interior, en ese lugar donde no llega la luz y miramos al rededor, aterrados, esperando ver por el rabillo del ojo las criaturas que allí habitan, esas que nos acechan en cada pensamiento.

Stella (Kim Hunter) lo sabe, ella depende tanto de su marido, de lo que le hace sentir cuando está cerca, que poco le importa el maltrato «¡Stella!, ¡Stella!», necesita ese chute de adrenalina que le proporciona un hombre como Stanley (Marlon Brando), un bruto, porque en la brutalidad también vive el deseo. Stanley también lo sabe, por eso es como es y actúa como si la vida le debiera algo, impetuoso y sexual, y es que es en la sexualidad dónde arde el deseo como si fuera turba seca. Y entonces llega Blanche (Vivien Leigh), uno de esos personajes inolvidables que nos ha dado el cine, una mujer remilgada, altiva y neurótica que vive su propio cuento de hadas y que solo ella ve, Blanche es como la aristocracia: llamativa y aparentemente inalcanzable, pero a la vez rancia, echada a perder, como un esqueleto de lo que fue un pasado opulento, lleno de secretos que hablan de deseos cumplidos y por cumplir, de heridas y errores, por eso le perdonamos a Leigh sus deslices sobreactuados, por ese maravilloso personaje que nos dio, y por la época en la que le tocó vivir y trabajar; las mujeres antes actuaban así, por encima de todo debían de ser guapas, ya se sabe, el machismo y todo eso, machismo que borda Brando, con ese característico y raro estilo suyo de ser natural, de ser él mismo, de pasar de los cánones, de mirar agujereando rostros con las pupilas como si pudiera llegar al alma de las personas con solo desearlo, deseo, de eso trata esta película, ya lo dice el título.

Pero el deseo también nos anula, ya se dijo, por eso en la recta final de la película las tornas se cambian, el tranvía cambia de sentido, el deseo actúa como un agujero negro y se vuelve contra los personajes, absorbiéndolos, hundiéndolos en sus abismos.

Y no me olvido de Malden, secundario de lujo, actúa como bálsamo ante todo este despliegue de pasiones y deseos, aunque yo me quedo con el Karl Malden que llegaría tres años después, en La ley del silencio, también acompañando a Brando.

Si no has visto esta película te has perdido un trocito de lo que nos hace ser tal cómo somos, pero tranquilo que aún estás a tiempo, el deseo llega a nuestra parada aunque solo sea una vez en la vida.

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