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El clasicismo bien entendido siempre es un caballo ganador

29 jun 2013

Hay dos formas de enfrentarse a esta Caballo de Batalla; la más obvia es aprovechar todos los chistes posibles sobre zoofilia para justificar que te estás tragando una película de dos horas y cuarto protagonizada por el caballo más deseado desde Sarah Jessica Parker en Sexo en NY. Pero eso ya lo hizo de forma inmejorable Woody Allen en el segundo segmento de Todo lo Que Siempre Quiso Saber Sobre el Sexo Pero Nunca se Atrevio a Preguntar, y poca novedad podría aportar un servidor más allá del cambio de la oveja del film de Allen por el equino de la de Spielberg. Con lo que yo creo que la mejor forma de afrontar este filme es entrando en su juego sin miramientos. Acudiendo a la sala a sabiendas de que vas a recibir algo mas de almíbar de la dosis recomendada y dejándose manipular por un Spielberg al que muchos creíamos ya manco, pero que con Caballo de Batalla demuestra que aún sabe como tocar la fibra.

Os aseguro que la advertencia no es gratuita, ya que War Horse, aún siendo uno de los mejores estrenos hollywoodienses de la temporada, contiene varios momentos capaces de reventar los índices de azúcar en sangre de cualquier espectador, empezando porque el único hilo conductor de los diferentes segmentos que forman el filme es un pura sangre con más personalidad que cualquier personaje de la filmografía de Keanu Reeves. Durante seis relatos que bien podrían tomarse como seis cortometrajes, asistimos a la evolución del caballo protagonista, Joey, y a la influencia que éste tiene en la vida de todo el que se cruza a su paso. Una vez asumido eso, que se trata de la historia de un caballo milagroso, capaz de ser más humano que las propias personas y de sembrar la bondad allá por donde pasa, War Horse se transforma en una de las películas de aventuras más completas que jamas ha hecho Spielberg.


Sí, su tono es predominantemente blando, sobre todo en una primera parte que casi parece homenajear al cine Disney con el retrato de la primera familia que compra a Joey (Peter Mullan dando vida al enanito Gruñon incluido), sus problemas para pagar la renta a vil Scrooge David Thlewis, y la unión inquebrantable que se establece entre el benjamín Albert y el caballo, quienes al igual que Jude Law y Nicole Kidman en Cold Mountain, juran que la guerra no podrá separarles. Pero a pesar de todo ello, no me atrevería a decir que Caballo de Batalla sea una película para niños. Una vez que la gran Guerra separa a los dos amigos, la propiedad de Joey va saltando entre militares y víctimas de ambos bandos con una imparcialidad impropia de Spielberg, retratando sin miramientos pero con gran gusto los horrores del conflicto, y elaborando un escenario de desesperanza en el que las hazañas del caballo resaltan aún más.

Sin ir más lejos, la guerra de trincheras no lucía tan real desde, precisamente, Salvar al Soldado Ryan. Spielberg y su director de fotografía Janusz Kaminski han vuelto a lograr la clase de historia perfecta, esa en la que, a pesar de pasártelo como un enano, no dejas de aprender sobre una guerra pocas veces mostrada en pantalla con esta espectacularidad como es la Primera Guerra Mundial. Y cuidado, que esto no es ninguna tontería, porque esa bondad natural que War Horse le presupone al hombre era mucho más evidente hace 100 años, cuando dos soldados enemigos eran capaces de hacer un alto en el conflicto en favor de una buena causa, y durante las batallas predominaba el protocolo junto al sonido de las gaitas.


Puede que en ocasiones el relato se vuelva demasiado descarado buscando la complicidad del espectador o la lágrima fácil (los segmentos de los hermanos desertores, o la niña y su abuelo); pero al final, Spielberg tiene los huevos necesarios para resultar cruel cuando debe, de tal manera que la sensación de estar asistiendo a un cuento de hadas -que ojo, está presente- no arruina los momentos más emocionantes ni anula las expectativas de cara al final (algo habitual en los filmes mal llamados familiares). La varita sólo se le va de las manos a Spielberg a la hora de unir los segmentos, pues no habéis visto a gente tan desesperada por perder a un caballo desde Trainspotting. Y es que en medio de una contienda, por muy imponente y especial que sea el animal, la exageración del dramatismo durante los diferentes cambios de manos sí que toca en ocasiones la campana de ese "azucarómetro" con el que nos armábamos al principio de la reseña (de ahí que la mejor despedida sea la de Tom Hiddleston, sobria pero tan emotiva como la que más).

Otro de los miedos que se cumple a medias es esa patología del realizador asumida por todos en la que todavía es incapaz de prescindir del conflicto paterno-filial como sustento principal del relato. El padre ausente, ya sea en persona o fallecido, es un recurso que se repite en la mayoría de los arcos argumentales de War Horse. Por suerte, no resulta tan obvio como en producciones recientes de Spielberg como Falling Skies o incluso Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, ya que está explotado desde puntos de vista lo suficientemente diferentes como para no resultar repetitivos.


En cuanto a las interpretaciones, seguro que no tarda en salir alguno demandando una nominación al Oscar para Joey como ya sucedió con el perrito de The Artist (si no lo ganó Milo de La Máscara, ningún animal lo merece). Por mi parte, me quedo con la veteranía de Emily Watson en el retrato de la sufrida pero compresiva madre de Albert, y con el trabajo de Niel Arestrup dando vida al abuelo de Emilie (posiblemente el mejor trabajo en el segmento más flojo); pero sobre todo, con dos actores emergentes como Tom Hiddleston y Benedict Cumberbach (Sherlock, El Topo), tremendamente camaleónicos y con una brillante carrera por delante. Si bien es cierto que para el rol humano de más peso, el del joven Abert, se echa en falta un Jamie Belll o Nicholas Hoult, el trabajo de Jeremy Irvine en su debut en cine ni molesta ni destaca en ningún momento, quizás, de forma deliberada para que sea Joey el único objetivo de los focos (que es la razón por la que no vemos el nombre de ninguna estrella en el cartel).

Lo que no hay que olvidar es que no es cualquiera el que pone ese foco en direccion al animal. Entiendo que tras una tanda de films menores (exceptuando Munich), a muchos ya se les haya olvidado que en manos de Spielberg, el formalismo no se traduce en aburrimiento, ni el drama en folletín, sino que las emociones proceden directamente del relato al que asistimos y la manipulacion del director resulta tremendamente efectiva a pesar del poco disimulo con el que está mostrada. Porque si hay alguien que pueda permitirse ser tan académico y formal como el que más sin recaer en la concepción más negativa que acarrean esos dos adjetivos, sino todo lo contrario, ese es Steven Spielberg, que ha conseguido que la estaba destinada a ser su película más marginal sea lo mejor que nos ha regalado en mucho tiempo (Tintín es un proyecto completamente diferente).

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'War Horse (Caballo de batalla)', un Spielberg prefabricado
Crítica Ecartelera
8,8