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9,5

Nolite tes bastardes carborundorum

01 ago 2017

El rojo es su color. Elisabeth Moss lo sabe en The Handmaids Tale. Sabe cómo resistir los vaivenes de la Ceremonia con el comandante Waterford a pocos centímetros de la cámara, sabe cómo defender los primeros planos abrumadores que resiste en la serie y, además, sabe cómo encabezar la Resistencia. La propia y la de las criadas.

La República de Gilead es un futuro distópico que duele, te frustra y te engancha a partes iguales. Te engancha porque quieres ver cómo las mujeres fértiles secuestradas, usadas y maltratados por unos fanáticos emprender el camino hacia la libertad, encuentran recovecos entre los muros de la República por los que colarse y son más fuertes que todas las esposas abnegadas a la fe, que todas las Tías que se dan golpes de pecho y son unas arpías, que todos los hombres de Dios que querían purificar el pueblo en nombre de Jacob y son los más indignos para pronunciar la palabra amén.

Hay algo en The Handmaids Tale. Hay una actriz protagonista, una historia, un libro, una autora como Margaret Atwood y una serie que se merece todos los Emmys posibles, que te reconcilian contigo misma, con la mujer que eres, con tu fuero interno por acabar con el yugo machista que nuestra realidad y un futuro distópico como Gilead comparten. Ambos son lugares donde el hombre lleva la voz cantante, donde parece que el placer queda reservado sólo para su disfrute, donde a las mujeres se las sigue mandando a la cocina y cargando con el cuidado total de los hijos.

Voy a ver la serie por segunda vez, pero en esta ocasión tendré presente desde el principio el nuevo lema de la Resistencia: Nolite tes bastardes carborundorum.

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