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'El lado bueno de las cosas', la locura como estilo de vida

Jesús Agudo Sábado 19 enero 2013

Es tremendamente fácil analizar una comedia romántica al uso. La cantidad de tópicos por segundo de metraje suele ser la base de una película con un final casi siempre cantado. El azúcar es el ingrediente básico de la receta, y es lógico que llame a un público tan amplio como lo hace, a todos nos gustan los finales felices. 'El lado bueno de las cosas' ha sido presentada en el género de la comedia romántica, y no cumple casi ninguno de los rasgos mencionados anteriormente. Eso es lo que la hace tan especial.

El lado bueno de las cosas

David O. Russell traslada a la gran pantalla la novela de Matthew Quick protagonizada por Pat Solatano, un hombre que regresa a casa de sus padres tras pasar una temporada en un psiquiátrico. Sus brotes de agresividad tras pillar a su mujer con otro hombre le llevaron allí. Días después conocerá a Tiffany, una mujer que también quedó bastante tocada por la inesperada muerte de su marido. Ella se ofrecerá a ayudarle a recuperar a su mujer si él participa con ella en una competición de baile.

Tenemos al chico, y tenemos a la chica. Pero todo el universo que les rodea es todo menos azucarado. La enfermedad que sufren ambos les convierte en bombas de relojería, dispuestas a estallar en cualquier momento, a pesar de la medicación. Y en el mundo real sobran las razones para volverse locos. No hay espacio para arrumacos ni para bombones, pero una historia de amor no tiene porque salir de una postal de San Valentín.

'El lado bueno de las cosas' presenta un escenario muy realista, ya que no es raro conocer a alguien bipolar. Sin decorar nada innecesariamente, Pat y Tiffany son dos personas muy especiales que entienden por lo que está pasando el otro, y que van convirtiéndose casi sin darse cuenta en todo un apoyo para el otro. Son dos papeles muy complejos, y han conseguido sacar todo el talento de sus actores. Jennifer Lawrence vuelve a dejar claro que no sería extraño que estuviéramos ante la nueva Meryl Streep, capaz de interpretar de forma magistral cualquier cosa que le pongan. Y Bradley Cooper sorprende a lo grande, dando un toque agridulce a su personaje, manteniendo esa vis cómica que hemos visto antes, pero dándole un trasfondo más oscuro. La diferencia de edad de los actores se suple con la madurez de ella, y la ternura que infunde él.

El lado bueno de las cosas
Pero la película muestra a un gran abanico de personajes secundarios supuestamente cuerdos, y son claves para la moraleja que se puede sacar de 'El lado bueno de las cosas'. Porque todos ellos parecen estar igual o más locos que Pat y Tiffany, comenzando por los padres del protagonista. Robert De Niro y Jacki Weaver interpretan a los progenitores de Bradley Cooper, un padre que intenta hacerse rico con las apuestas en el fútbol americano y una madre sobreprotectora. Si no supiéramos que Pat está enfermo, nos decantaríamos por decir que son ellos los que están realmente locos, al igual que el mejor amigo y su esposa, o incluso el psiquiatra.

Oda al desequilibrio

Y es que si hay algo que la película nos quiere dejar claro es que todos padecemos un poco de locura, y eso es lo que nos hace especiales. Es lo que hace a los personajes de David O. Russell un elenco enternecedor y dinámico. Y al final sólo hay que encontrar otro loco que sea capaz de aguantar nuestro desequilibrio. Sin darnos cuenta hemos llegado a la faceta romántica de la historia.

Personalmente encuentro que marcar a 'El lado bueno de las cosas' como una comedia es bastante erróneo. Si bien derrocha momentos de humor, no dejamos de encontrarnos con una enfermedad muy complicada, unas vidas muy inestables y una lucha constante por ser capaces de avanzar. Es como la vida misma, ni todo son carcajadas, ni tampoco lágrimas.

Puede que David O. Russell abuse un poco de los planos giratorios, el final puede resultar más o menos sorprendente, pero sin duda nos encontramos con una historia entrañable y optimista, que ha conseguido sacar lo mejor de los actores y del guión. Que debería ser la que rompiera la maldición del cine de comedia en los Oscar. Dejen que, por una vez, por favor, gane el optimismo. Pero, por encima de todo, nos recuerda que, si no estuviéramos todos locos, vivir en este mundo perdería el sentido.

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