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'Hércules: El origen de la leyenda': Mucho ruido y pocas nueces

Julián Yanes Sábado 25 enero 2014

Parece que 2014 es el año en el que Hollywood ha decidido apostar por la mitología griega y uno de sus personajes más conocidos: Hércules. 'Hércules: El origen de la leyenda', protagonizada por Kellan Lutz y dirigida por Renny Harlin, es la primera película de las dos que este año verán la luz y adulan a la figura del hijo de Zeus. En cambio, en el filme dirigido por Brett Ratner, Dwayne Johnson, el actor más taquillero del 2013, será el que se ponga en la piel de Hércules en 'Hercules: The Thracian Wars'.

Kellan Lutz

Esta nueva interpretación de la vida del semidiós nos cuenta que la reina Alcmena (Roxanne McKee), en un intento desesperado por liberar a su pueblo de la opresión de su vengativo esposo Anfitrión (Scott Adkins), dirige sus súplicas hacia los dioses. Fruto de sus plegarias nace Hércules, engendrado por Zeus, padre de los dioses. El príncipe, sin embargo, no sabe nada sobre su identidad y su destino. Él desea sólo una cosa: el amor de Hebe (Gaia Weiss), la princesa de Creta, que ha sido prometida a su hermano Ificles (Liam Garrigan). Cuando Hércules descubre su identidad y su auténtico destino, debe elegir: huir de él con su verdadero amor o cumplir su destino y convertirse en el verdadero héroe de su tiempo.

En la Mitología Griega, Hércules es el más célebre de los héroes griegos, el paradigma de la virilidad y el adalid del orden olímpico contra los monstruos ctónicos (del inframundo). Su extraordinaria fuerza es el principal de sus atributos, pero también lo son el coraje, el orgullo, cierto candor y un formidable vigor sexual. Sin embargo, en 'El origen de la leyenda', se nos recuerda a Heracles como un simple humano enamorado que, más que luchar por su misión como semidiós, lucha por reunirse con su amor. Y, aunque el amor siempre mueve montañas, la idea de que un semidiós con la misión de salvar a su pueblo de la tiranía de su padrastro se preocupe más por una mujer a la que tampoco conoce desde hace mucho tiempo, hace que pensemos en Lutz más como un humano enamorado con una fuerza increíble, que como un semidiós.

Gaia Weiss y Kellan Lutz

Puestos a ser críticos con el protagonista de la película, se puede decir que es una pena que no pase tantas horas en clases de interpretación como pasa en el gimnasio. Si el músculo interpretativo de Lutz fuera la mitad de asombroso que sus pectorales o abdominales, quizás los fallos en el guion hubieran podido ser pasados un poco más por alto. Pero teniendo en cuenta que el papel más destacable del actor ha sido su pequeña aparición en la saga Crepúsculo, donde interpretaba a Emett Cullen, tampoco cabía esperar grandes cosas.

Uno de los puntos fuertes del filme es, sin duda, su parte visual. Y es que, a veces, conseguimos olvidarnos de las carentes habilidades interpretativas del protagonista para vernos totalmente sumidos en increíbles luchas entre soldados bajo la lluvia o bajo el sol abrasador. Claro que, una vez llegado el momento de la típica batalla final en la que todo se decide, se tira de surrealidad imposible para que todo se ponga de parte de Hércules y pueda enfrentarse a casi un millar de hombres tan solo con la ayuda de una espada electrificada y sin sufrir ni un solo rasguño.

Kellan Lutz

Es cierto que la culpa de todo esto no es de Harlin exclusivamente. De hecho, gracias al buen hacer del director en las secuencias de acción, contundentes y vibrantes pese al aura de lo absurdo que rodea al filme es lo que consigue, como ya hemos dicho antes, que nos olvidemos un poco del desastroso guión (lleno de tópicos y gritos que no vienen a cuento) y del papel del protagonista. Y, aunque carente de emoción, gracias a las texturas digitales y al espectáculo de sus imágenes, Harlin hace que el público logre, por lo menos, entretenerse un rato en el cine.

Condenado a la mediocridad

Parece que 'Hércules: El origen de la leyenda' buscaba, desde el principio, la mediocridad: un poco de romance al más puro estilo Crepúsculo por allí, ídolos juveniles sin mucho recorrido (y puede que talento tampoco) por allá, un presupuesto de 60 millones de dólares (ni mucho, ni poco) y un director que, tras alcanzar la cúspide durante los 80 y los 90, parece condenado a no volver a alcanzarla. Y es que, de todas estas partes, la única que cumple de manera parcial con su cometido es la del uso del presupuesto que, a base de crear escenarios, ha conseguido que se pase de película mala a película de domingo a mediodía.

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