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'Mi hija, mi hermana': La búsqueda más desoladora de François Damiens

Borja Abelleira Viernes 17 junio 2016

Llega a los cines de España 'Mi hija, mi hermana', el debut como director de Thomas Bidegain que traslada la 'Centauros del desierto' de John Ford a un modesto pueblo del sudeste de Francia en la década de los 90. En 'Les Cowboys' (su título original), Alain (François Damiens) es un estricto padre de familia que ama a sus hijos por encima de todo. Fiel seguidor de la cultura country, es una de las clásicas celebraciones de su comunidad cuando se percata de que alguien muy importante falta a su alrededor; su hija pequeña, Kelly (Iliana Zabeth), ha desaparecido. Sin pistas ni razones aparentes, la familia se aferra a que todo sea una chiquillada propia de una quinceañera. Pero con el tiempo comprenden que todo va más mucho allá. La joven ha decidido abrazar el Islam y huir lejos de su familia junto con su novio Ahmed, unos años mayor que ella. Es entonces cuando Alain da comienzo a un desgarrador viaje a través de medio mundo con el único objetivo de encontrar a su niña. Una misión incansable que se convertirá en su única razón de ser y hará tambalear los cimientos de toda su familia, así como los de su propia cordura.

Mi hija, mi hermana

Se trata del primer trabajo de Bidegain como director, pero su labor viene refrendada tras co-escribir los brillantes y celebrados guiones de 'Un profeta' y 'De óxido y hueso' junto con Jacques Audiard. El sello del cineasta nacido en la región de Maule (situada en el País Vasco francés) se hace palpable en su ópera prima, en la que marca una delgada línea entre el drama familiar y el cine político, mostrando además la cara más amarga de la contraposición entre las culturas de Oriente y Occidente.

El drama viene servido en primera instancia por la ruptura familiar que tan dolorosa pérdida supone. No solo se trata de perder a una hija, a una hermana; el desconsuelo es mayor dado que el abandono del seno familiar ha sido voluntario. ¿Qué hemos hecho mal? ¿Por qué hace esto? ¿Es que no quiere volver a saber nada de nosotros? Se preguntan abatidos los protagonistas. El director trata de mostrar entonces la dualidad de actitudes y pareceres de los dos pilares de una familia hasta el momento bien avenida y sin fisuras. Por un lado distinguimos la sosegada y comprensiva (más bien, condescendiente y resignada) actitud de Nicole (Agathe Dronne) con la elección de su hija. Por más que no lo entienda, se conforma con saber que ella, al menos, está bien; las cartas que van llegando a cuentagotas le sirven de consuelo. Mientras tanto el padre arrastra a su otro vástago, el joven Kid (Finnegan Oldfield), hacia su propia espiral autodestructiva en busca de imposibles. Alain no busca explicaciones, solo culpables. Su hija no puede haber desaparecido de la noche a la mañana motu propio. Solo él lleva razón y no contempla otra salida que no sea encontrarla y hacer que entre en sus cabales.

Firme pulso narrativo

El pulso narrativo del director es firme y conciso a la hora de seguir la pista del padre y el hermano en su intensa búsqueda. El uso de la elipsis es más que acertado para dejar constancia de la ruptura familiar. Años mediante, el salto temporal da fe del distaciamiento extremo entre los miembros de la familia. Una implacable y realista muestra de cómo de la noche a la mañana todo tu universo puede saltar por los aires. Esperanzas, sueños, aquello que llaman felicidad... Y el profundo dolor que se padece cuando todo se esfuma ante tus ojos. La ausencia de Kelly en pantalla provoca que nos metamos más si cabe en la piel de los protagonistas. Tenemos las mismas pistas, los mismos indicios... Vivimos las mismas sensaciones, la misma desesperación.

Mi hija, mi hermana

Tal y como afirma el director, la película fue concebida tras el asesinato de Osama Bin Laden en 2011. Un acontecimiento que Bidegain interpretaba, ilusamente como tantos otros, como el final de la Guerra de Afganistán que había dado comienzo 10 años con el atentado yihadista sobre las Torres Gemelas. De esta forma, la búsqueda de Alain y Kid se narra en el tiempo a través de los atentados de Nueva York, Madrid (2004) y Londres (2005). Es en la segunda mitad del film cuando el protagonismo recae sobre el joven Finnegan Oldfield. El francés de 25 años se mete en la piel de un ya adulto Kid que emprende la firme búsqueda que años atrás inició su padre. Pero a pesar de su notable interpretación, no se puede comparar el asombroso cariz dramático que otorga François Demands a su personaje, el verdadero artífice de que el espectador pueda llegar a empatizar con su pérdida.

Superficial visión del Islam

Para desengaño del espectador, lo cierto es que más allá del drama familiar la película hace aguas por sus flancos. Lamentablemente, todo a lo que apunta durante la primera hora de metraje se tira por la borda con la misma facilidad que Alain deja caer al mar uno de sus apurados cigarrillos. Si la representación de la pequeña y hermética comunidad rural en la que conviven es más que fidedigna y real, al igual que el dolor vívido en los ojos de los protagonistas, no se puede decir lo mismo de la superficial visión de los suburbios de Bruselas, el bullicio de las calles de las pequeñas localidades de Afganistán o el devenir de la trama cuando Kid se desplaza como voluntario al otro lado del planeta. Conversaciones sin fondo, secundarios con poco que aportar (John C. Reilly) y situaciones surrealistas que harán que cada cual pueda perder el interés en el inminente desenlace.

Mi hija, mi hermana

Finalmente, Shazhana (Ellora Torchia) se erige como la protagonista del último tercio de la película. Sin querer ir más allá en el origen de dicho personaje, cabe decir que se presupone la intención del director: reconciliar los polos opuestos expuestos durante hora y media mediante una historia de amor que, al menos a un servidor, lo dejó completamente indiferente. El contraste llega de vuelta a Francia, y una vez allí la moraleja queda a juicio de cada uno de los espectadores.

Dicen que toda película tiene una historia que contar. La ópera prima de Thomas Bidegain estaba destinada a narrar la desgarradora búsqueda de un padre y un hermano por encontrar a su hija, dando fe del calvario y los destrozos que la pérdida puede causar en el seno de una familia. A ese respecto, la primera mitad de 'Mi hija, mi hermana' no tiene nada que envidiar a otros clásicos del género. Por desgracia, el contraste político y cultural está llevado a cabo con sorprendente torpeza, lo que ahoga el drama familiar en una superficial vertiente política y religiosa. El contraste de civilizaciones es opaco, sin vida, dejando el resultado final en un intento fallido sin apenas calado emocional.

Nota: 6

Lo mejor: Un prometedor inicio y la valentía de sus interpretaciones.

Lo peor: El drama familiar se ahoga en una superficial vertiente política y religiosa.

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