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'Animales nocturnos': Felicidad en decadencia

Alejandro Rodera Jueves 01 diciembre 2016

Los creadores realmente inquietos son los que no entienden de fronteras entre medios de expresión. Lo cual supone el manejo de diferentes códigos para saltar de un ámbito a otro; algo que Tom Ford ha asumido con su segundo largometraje como si fuera un nativo cineasta. Mientras que en su primera incursión la obsesión estética se imponía a todo lo demás, en 'Animales nocturnos' ha encontrado la armonía entre todos los elementos. Con este reflexivo thriller ha confeccionado una de las obras más amargas de los últimos años en el cine estadounidense, sin plantearse en ningún momento empatizar con el público por la vía rápida de la lágrima seguida por una sonrisa de costoso triunfo. Las decisiones conllevan un coste, y todos tenemos que pagarlo.

Amy Adams en 'Animales nocturnos'

La principal complejidad de la película no es solo la emocional, sino la formal. Tomando como referencia la novela 'Tony & Susan', de Austin Wright, Ford juega con tres estratos narrativos a lo largo del film. El primero de ellos es el que transcurre en el presente, tiempo dominado por la presencia de Susan, la artista contemporánea interpretada por Amy Adams. Cierto día esa retraída a la par que fuerte mujer recibe un paquete muy especial, el que contiene la primera novela de aquel amor al que dejó atrás tanto tiempo atrás. Ese es el punto de partida del desafío formal de la cinta, ya que a medida que Susan va leyendo el manuscrito, se va imaginando aquello que se desarrolla sobre el papel; al mismo tiempo que esa "ficción" le lleva a recordar momentos clave del pasado. Ahí tenemos los tres niveles del relato, que se van entrelazando y alimentando entre sí, para estructurar una película muy rica en detalles y con una brutal construcción de los personajes.

Precisamente en esa inusual composición reside el poderío de los personajes, a los que vamos conociendo por cómo los describen los demás y por sus propios actos, a la vez que se muestra la brecha temporal existente entre la ruptura de los personajes de Adams y Jake Gyllenhaal con la reconstrucción del libro. Ford deja vía libre para la interpretación del espectador al plantearle de esta manera la narración, ya que juega con diferentes versiones e incluso adapta personajes reales de la historia dentro de la novela que lee Susan. Un placer para la gente que va al cine con ánimo de activar la mente y relacionar todos los conceptos que se van sembrando por el metraje, los cuales van creciendo dentro de nosotros incluso tras la proyección. Lógicamente el valor de los personajes se ve incrementado por el espectacular reparto reunido por Ford. En primer lugar, hay que mencionar el gran trabajo de Adams y Gyllenhaal, que han tenido que interpretar a dos personajes en la misma película. Ella a la versión actual y pasada de su personaje, totalmente diferentes en carácter. Y él al ilusionado y abatido Edward y al protagonista de la novela, Tony.

Por otro lado, en el elenco de secundarios brillan con especial fulgor Michael Shannon y Aaron Taylor-Johnson. Shannon es el extremadamente honesto policía de la novela, y Taylor-Johnson el imprevisible criminal que marca la vida de Tony, y que mantiene a Susan en vilo mientras lee en su cama. Ambos destacan en ese sórdido entorno que construye Ford en la dramatización del libro, que cuenta con unos colores más cálidos -propios del corazón de Texas- que la fría metrópolis en la que habita Susan en el presente. Un estudio de los personajes a partir de transiciones, fotografía, guion e interpretación que abruma, sin excederse a la hora de justificar con manidas explicaciones la realidad de cada uno de ellos. La tristeza interna de los dos protagonistas se mantiene latente durante la mayor parte de la cinta, siendo sobre todo el rostro de Susan sobre el que se posa la cámara de Ford. Los ojos de Adams son el arma definitiva del modisto para expresar esa comprensión de que, si dejas escapar la felicidad, es muy probable que, cuando la intentes atrapar de nuevo, ya se haya evaporado.

Jake Gyllenhaal y Michael Shannon en 'Animales nocturnos'

Peligro al leer

Ford ya probó con ese proceso de introspección en 'Un hombre soltero', pero no llegó a conseguir un efecto equiparable al que ha explotado con 'Animales nocturnos'. El poder del pasado en el presente, el inevitable fantasma del recuerdo, también era el motor de su ópera prima, a la que le faltaban unos personajes menos distantes, con unas relaciones más definidas y elaboradas entre sí. Con su regreso al cine ha recuperado esos temas, sumándole otras reflexiones relevantes como el vacío vital de las altas esferas, que tienen más apariencia que contenido. En ese sentido ha compartido inquietud con Nicolas Winding Refn, que en 'The Neon Demon' impartió una master class al respecto, y, al igual que Ford, contó con Jena Malone para reventar nuestros sentidos. Además, el personaje de Gyllenhaal le viene perfecto para exponer su posición acerca de la creatividad como la lucha contra uno mismo. Un conjunto de temas canalizado por la sensibilidad de un director que con algún plano puede pecar de inexperto, pero que en conjunto sale victorioso de un desafío que no era baladí.

Desde la secuencia de los créditos iniciales que inaugura la película, Ford se desmarca y manifiesta lo poco que le preocupa agradar a todo el mundo. Pero aquel que se sumerja en 'Animales nocturnos' vivirá una osada experiencia que remueve las entrañas y activa al espectador. El cuento definitivo de venganza emocional.

Nota: 9

Lo mejor: El tremendo viaje por la mente de los personajes en el que nos embarca Ford y el trabajo de un fantástico plantel de actores.

Lo peor: El rechazo que puede generar desde el mismo comienzo la crítica a la sociedad basura por parte del realizador.

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