De esa caja que destapó Tom Hanks en 1994 aún quedan restos, envoltorios y un regusto dulce, el poso de un camino de sabores amargos y agridulces tras todos los kilómetros recorridos al lado de 'Forrest Gump'. La película dirigida por Robert Zemeckis ha sabido calar debajo de la lengua con un sello icónico.
Todos nos revolvíamos en el sofá al ver la persecución que sufría el pequeño Forrest Gump en el tierno arranque de la película y paladeábamos al son de Jenny esa frase de "¡Corre, Forrest, corre!" que, al final, se convirtió en un lema de superación de los agravios sufridos.

Sin perfume a rosas
Aún se respiran los sinsabores de las pérdidas de Gump y de su felicidad final envuelta en ciertas sombras. Pero, sobre todo, permanecen los gustos peculiares que despertaron las aventuras del soldado y marinero Gump, y esa mezcla a gamba y chocolate, a sal y arena, que hizo posible que un perdedor se convirtiese en el héroe de América.