La tradición es la tradición. Y el tópico es el tópico. Cuando la comedia salta al drama es mucho más sencillo que la respuesta general sea, en la mayoría de casos, entre positiva y entusiasta. Pero, cuando sucede lo contrario, las buenas noticias no llegan con tanta normalidad. Por eso, debe ser bastante sencillo estar en la piel de un tipo tan versátil y genial como Steve Carell, uno de esos actores que no entienden de géneros ni de registros, que han demostrado plantearse su carrera de una manera modélica, envidiable para muchos de sus compañeros de profesión. Si a todo esto le sumamos que el resultado de gran parte de estos riesgos asumidos termina siendo un triunfo total, entonces podemos entender incluso una envidia (in)sana hacia él. Sobran argumentos.

Si buscas carcajadas, Carell te propone 'Virgen a los 40' o 'Crazy, Stupid, Love'. Si buscas lágrimas, de tristeza o de alegría, Carell te aconseja, respectivamente, 'Foxcatcher' y 'Pequeña Miss Sunshine'. Cinco representantes de un catálogo lleno de posibilidades para todo tipo de público con el que Carell ha conseguido convertirse en uno de los actores más interesantes dentro de la industria de Hollywood, combinando con destacada soltura propuestas de corte independiente, cine de autor de primer nivel y, por supuesto, esa comedia que, en el momento en el que aparece en pantalla, se transforma en algo diferente. En algo mejor.
Porque Carell no necesita más que su semblante serio, casi melancólico, para que el espectador se coloque justo a su lado, se interese por lo que va a ocurrile a ese personaje con el que está dispuesto a compartir dos horas de su tiempo. La contención es marca de la casa, la sobriedad se entiende como motor tanto para despertar la risa general como para congelar el tiempo y helar la sangre. Sumando virtudes, está claro que Carell es un lujo indiscutible para el que las etiquetas siempre están de más. Por muchos años más disfrutando de su talento.