La actriz Amanda Peet, de 54 años, ha publicado este sábado un emotivo artículo en The New Yorker en el que desvela haber sido diagnosticada con cáncer de mama. Por si fuera poco, Peet confiesa que su tratamiento coincidió con el ingreso casi simultáneo de su padre y su madre en cuidados paliativos.
"Durante muchos años, me han dicho que tengo pechos 'densos' y 'ocupados'", comienza Peet en su misiva. "No como un piropo, sino como una alerta de que requiero una monitorización adicional". "Llevaba visitando a un cirujano cada seis meses para revisiones. El viernes anterior al Día del Trabajo, fui a lo que creía sería una consulta rutinaria. La doctora K habitualmente conversaba conmigo mientras me exploraba, pero esta vez lo hizo en silencio".
"Me comentó que no le gustaba algo que había visto en la ecografía y quería realizarme una biopsia. Tras el procedimiento, dijo que enviaría la muestra a analizar. Ahí fue cuando lo supe", desvela.
"Al día siguiente, la doctora emitió un informe preliminar: el tumor parecía pequeño, pero necesitaría un TAC después de las vacaciones para determinar la extensión de la enfermedad. También teníamos que saber el estado de mi cáncer y cómo de agresivo era".
El final de la vida de sus padres
Aunque Amanda Peet recibió el apoyo de familiares y amigos, no le contó nada del cáncer a su madre, enferma de Parkinson. "Mi madre vivía en una cabaña a pocos metros de nuestra casa, y estaba en el estado de final de la enfermedad de Parkinson", añade. "Todavía me reconocía, y algunas veces contestaba 'sí' o 'no' a mis preguntas, pero siempre acababa con la mirada perdida".
Al poco, "mi hermana llamó: nuestro padre estaba a punto de morir. Nuestros padres, divorciados desde hace mucho tiempo, estaban los dos en cuidados paliativos, aunque en costas opuestas del país. Nuestra madre había empezado en junio, pero nuestro padre sólo llevaba una semana, así que no esperábamos que fuera el primero en marcharse".
Peet confiesa que no pudo llegar a ver a su padre con vida, pero al menos logró ver su cuerpo antes de que lo retiraran de su apartamento. "Mi mente tendría que haber estado inundada de recuerdos, pero estaba consumida por pensamientos extraños sobre mi propia salud. Tan pronto como el cadáver de mi padre desapareció de mi vista, estaba de nuevo en pánico sobre mi cáncer".
"Mi hermana y yo jugamos con la idea de contarle a mi madre la muerte de su ex marido, pero era imposible saber cuánto sería capaz de comprender. Nuestras conversaciones eran cada vez más cortas y ahora ya sólo era capaz de darle pequeñas informaciones positivas sobre mi vida".
Y, aunque tras las primeras pruebas el tipo de cáncer resultó ser curable, durante el TAC descubrieron una segunda masa en el mismo pecho. El doctor me dijo que había un 50% de posibilidades de que hubiera más cáncer".
"Dos días más tarde, descubrimos que el segundo tumor era benigno, y que sólo necesitaría una tumorectomía y radiotep como tratamiento", apuntilla. "En enero, la enfermera del hospicio me recomendó que llamase a la funeraria, ya que mi madre iba a fallecer en pocos días y para mucha gente era complicado realizar tantos trámites en los momentos inmediatamente posteriores".
"No sabía si mi madre era consciente de que me estaba viendo o solo miraba a una constelación de formas", concluye. "El tiempo se acababa y, además, ya le había dicho todo lo que quería".