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'Ema': La chica que soñaba con un lanzallamas y un bidón de gasolina

David Pardillos Viernes 24 enero 2020

Un semáforo inutilizado y encendido en llamas, una calle vacía pero llena de colores y una mujer dispuesta a quemarlo todo a su paso para recuperar lo que ya ha perdido. La primera secuencia de 'Ema' ya dibuja varias de las claves que aparecerán más tarde, pero condensa como ninguna otra la de la contradicción. La contradicción de Larraín, la de la propia Ema y la de una generación que busca entenderse a sí misma pero también ser entendida.

Hasta ahora, Pablo Larraín se había centrado tanto en episodios ('No', 'Post Mortem') como personajes concretos ('Neruda', 'Jackie') de la historia, pero siempre alejados de la actualidad. En 'Ema' esto cambia, pues la historia se fija en una pareja moderna que acaba de vivir un episodio traumático después de perder la custodia de su hijo adoptivo, Polo. A partir de esta premisa se podría anticipar otro film más sobre afrontar la pérdida y abrazar la reconciliación matrimonial entre la bailarina Ema (Mariana Di Girolamo) y el director de la compañía de danza, Gastón (Gael García Bernal). Sin embargo, el director chileno demuestra una vez más que no está dispuesto a dejarse llevar por un sendero marcado.

'Ema'

De este modo, Larraín construye un film tan impulsivo e impredecible como su protagonista, y lo hace a partir de una paradoja en su cine. Y es que en 'Ema', al contrario que en el resto de la filmografía del cineasta chileno, la distancia con los personajes es reemplazada por una cierta empatía hacia su protagonista. Como el espectador va entendiendo a medida que avanza el film, todo tiene una razón de ser, incluso lo que parece más accidental, y todos esos pasos aparentemente espontáneos conducen no sólo a hacer comprender la actitud de Ema, sino también a justificarla.

Parte de esa contradicción constante que encarna como nadie la debutante Mariana Di Girolamo viene dada a través de un elemento imprescindible en la película, como es la danza. Como las bailarinas estrella de 'Cisne negro' o 'Las zapatillas rojas', Ema transmite sus sentimientos (inseguridad, rabia) a través del baile. Pero, al contrario que los personajes de Natalie Portman y Moira Shearer, su compleja relación de pareja con el director de la compañía no es lo que le hace mantenerse atrapada, sino el motivo para alejarse de todo y reencontrarse a sí misma, como bailarina y como mujer.

"Quemar para sembrar"

El cambio de actitud de Ema tampoco resulta del todo incoherente, pues si bien cambia la música más teatral por la callejera, la pasión por el baile y la necesidad de reafirmarse a través de él permanecen. Y el reggaeton es la música elegida por el film para representar a una generación que no es machista ni está alienada (a pesar de lo que digan los prejuicios de Gastón, álter ego de otra generación más mayor), sino que está cansada de que le digan lo que tiene que hacer y cómo lo tiene que hacer. El maravilloso interludio musical así lo prueba, el reggaeton es un mecanismo más dentro de los jóvenes, un acto de liberación para Ema y sus amigas.

'Ema'

Pero igual que a Ema no le basta solo con sentirse liberada bailando, Larraín no se conforma con hacer fluir esta historia tan personal, sino que detrás de ella, de manera soterrada, integra un discurso mucho más político y actual que en ningún otro de sus anteriores filmes. Y lo hace a través del fuego, que ha sido protagonista en otras grandes películas que ha dejado 2019 ('Retrato de una mujer en llamas', 'Lo que arde') como algo destructor y renovador al mismo tiempo. Como dice la protagonista, "hay que quemar para sembrar". Así pues, el baile y el fuego funcionan como dos elementos complementarios y antagónicos al mismo tiempo. El primero los reafirma como colectivo frente a la sociedad pero irremediablemente los lleva a expresar su ira y rabia contenida a través del segundo. Ema encarna como ninguna esta dualidad, la de una generación joven que busca su sitio pero que lo hace a golpe de lanzallamas.

'Ema' encierra muchas más contradicciones, ya sean estéticas (esa Valparaíso increíblemente colorida e iluminada en su miseria) o argumentales, pero pasa por ser la película de Larraín que hasta ahora mejor se ha acercado a la sociedad chilena actual, que en la realidad vive una situación no muy distante a la que anticipaba el film. Es el retrato de una generación que no está perdida sino que simplemente quiere establecer su posición. Una generación que sin mirar atrás o adelante no tiene miedo de mostrarse tal y cómo es, impulsiva e impredecible, bailando reggaeton y soñando con un lanzallamas y un bidón de gasolina.

Nota: 7

Lo mejor: La capacidad de Larraín para hablar de un problema político y global a partir de una historia tan personal, e integrado a través de la música y la danza.

Lo peor: Junto a las escenas más potentes también las hay de lo más incómodas, así como deriva en un final que no satisfará a muchos.

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