Cuando aparecen los títulos de crédito finales de 'Boys Don't Cry', y tras haber secado las lágrimas del rostro, uno sabe que el golpe tardará en desaparecer. De hecho, puede que nunca lo haga. Se trata, sin lugar a dudas, de uno de los efectos secundarios más incontestables de una de esas películas que dejan huella, pinchan en los lugares en los que más duele, desestabilizan, abren los ojos y encogen el corazón.

A través de la brutal historia real de Brandon Teena, la directora Kimberly Peirce construye un drama rural repleto de escenas impactantes, imágenes para el recuerdo, miradas que destrozan, abrazos que sanan y puñetazos que provocan una mezcla de sangre y lágrimas. Es un cine tan humilde como poderoso que, liderado por una oscarizada interpretación de Hilary Swank que se sitúa más allá del elogio, termina arrollando con la fuerza de un huracán dramático perfecto.

Y volvemos a ese instante en el que la pantalla se inunda de oscuridad. Ya no quedan carreteras por cruzar, sueños por cumplir, besos por robar, camas por compartir o pesadillas de las que escapar. Simplemente el silencio, el eco de un disparo, el rumor de un grito, las luces fundidas de una madrugada sin fecha de caducidad. El último choque con la excelente 'Boys Don't Cry'.