El camino sencillo para hablar de 'Boogie Nights' es citar a Martin Scorsese como luz y guía de un Paul Thomas Anderson desatado que, tres años antes de cumplir los treinta, un dato sencillamente espectacular, firmó la primera obra maestra de su carrera. Una película tan apabullante como incontestable que, desde su primera e inolvidable escena, situaba el listón a la altura del infinito. Y no le permitía bajar de ahí.

Ambientada en los comienzos de la industria del cine porno en los Estados Unidos, finales de la década de los setenta, el cineasta se descubre como un narrador excelso capaz de equilibrar con pulso maestro cada una de las historias que nos vamos encontrando a lo largo de casi tres horas que pasan como un suspiro entregando alguna de las escenas más memorables de toda su trayectoria y haciendo del virtuosismo una pieza fundamental dentro del conjunto.
Nada falta y nada sobra en una película que crece y crece en su camino hacia el inevitable infierno para concluir en el principio de todo: el talento de Paul Thomas Anderson. Ya no se trataba de pistas e intuiciones, estábamos ante un genio. Y lo que vino a partir de esta excelsa 'Boogie Nights' nos dio la razón de la forma más entusiasta y grandiosa posible. El primer golpe sobre la mesa de un cineasta imprescindible.