Dos años antes de que 'Pulp Fiction' cambiara por completo la carrera de Quentin Tarantino y, en cierto modo, la historia del cine, el aclamado director y guionista ya había firmado uno de esos trabajos que el tiempo ha conseguido convertir en joya de culto unánime: 'Reservoir Dogs'. Y lo cierto es que, cuando uno regresa a ella con los ojos del presente, descubre que no había otra salida posible para una película destinada a la adoración constante y entusiasta.
Apoyado en un reparto entregado al máximo donde destacan unos Tim Roth, Harvey Keitel, Steve Buscemi y Michael Madsen por encima del elogio, Tarantino firmaba un thriller en forma de laberinto perfecto con un guion de auténtico acero, capaz de jugar, enredar, confundir, divertir y deslumbrar casi al mismo tiempo. Y con las mismas dosis exactas de fuerza innegable. Desde el primer minuto, 'Reservoir Dogs' iba a por todas, sin opción a la réplica o al respiro. Mejor así.

Una cinta que, además, servía a la perfección para desplegar un universo creativo que, pese a las mínimas mutaciones que ha ido sufriendo a lo largo de los años, ya mostraba aquí algunas inconfundibles huellas de identidad. Violencia, diálogos trepidantes, personajes repletos de carisma y personalidad, explosiones de humor negro y sangre, mucha sangre. También elegancia, toneladas de estilo, ritmo perfecto y un control absoluto del lenguaje cinematográfico por parte de un cineasta que colocaba con 'Reservoir Dogs' la primera piedra realmente importante de su deslumbrante castillo. Larga vida al Rey.