Hay dramones y dramones. Y hay historias e historias. No todas son iguales, no todas comparten el mismo patrón y no todas juegan en la misma liga. Sam Mendes, tras los discretos resultados tanto de taquilla como de crítica de 'Jarhead', regresaba a terrenos conocidos y pantanosos con 'Revolutionary Road', ambicioso tratado sobre una relación matrimonial en todas sus vertientes. Sexual, romántico, social y psicológico. Y, de paso, volver a profundizar en los estereotipos e incoherencias de nuestra sociedad. Las (falsas) apariencias en un mundo de espejos rotos.

El rostro, la voz, las sonrisas reconvertidas en frías lágrimas, corrían a cargo de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, sencillamente perfectos en los protagonistas que Mendes usa como vehículo para alcanzar, de nuevo, las dosis más altas de elegancia, sensibilidad y, sí, dramatismo. Pero, reitero, no todas las tragedias son iguales y lo que diferencia 'Revolutionary Road' del resto de compañeras de género es la brutalidad interior de su propuesta.
La esencia misma de la película es el dolor, el aceptar la caída al vacío, el volcarse en un futuro mejor sin darse, darnos, cuenta de que el presente se nos sigue escapando de las manos. Lo que queremos ser, lo que creemos que somos, lo que debemos ser y lo que finalmente somos. Para cuando llegamos a esta última estancia, claro, el cansancio reina por encima de todo lo demás. 'Revolutionary Road' no entiende de comidas con perdices ni de sexo con amor. Todo está lleno de tristeza en una película tan compleja que, anclada en el clasicismo, siempre parece nueva. Y siempre duele.