LA HISTORIA SE REPITE

Festival de Berlín 2018, Día 3: Christian Petzold trae la Segunda Guerra Mundial a la actualidad en la memorable 'Transit'

La nueva película del director alemán es una de las grandes favoritas para el Oso de Oro.

Por Antonio Miguel Arenas Gamarra 19 de Febrero 2018 | 20:06

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En la rueda de prensa posterior al estreno de 'Transit' en la Berlinale, Christian Petzold afirmó que su motivación tras el proyecto no residía tanto en adaptar la novela homónima de Anna Seghers como en transmitir el placer que le produjo leerla. Eso explica muchos de los riesgos que acomete al decidir ambientarla en la actualidad. Que no a trasladar el texto a nuestro día de hoy, sino a romper con las convenciones de la representación histórica y situar el relato en localizaciones contemporáneas.

Transit de Petzold

Una conversación en la barra de un bar entre dos contrabandistas nos invita a pensar que se encuentran en París durante la ocupación Nazi, pero al salir a la calle escuchamos el ruido de una ciudad contemporánea, podemos reconocer la presencia de antidisturbios y furgones de policía como amenaza. Todo nos hace indicar que estamos en la actualidad, mientras una serie de personajes se mueven y deambulan por un tiempo que no les pertenece. Una disonancia que se mantendrá presente durante todo el metraje con el equilibrio y la sensibilidad precisa para evitar que este ejercicio de funanbulismo pierda verosimilitud o caiga en la mera provocación y el gesto artístico.

El estilo académico de Petzold ayuda en esta ocasión a dotar de credibilidad al relato y la puesta en escena, que integra escenarios reales con un minimalista diseño de vestuario y de producción que juega a diluir esa distancia temporal y trasladarnos a los años 40, algo para lo que confía en la sensibilidad del espectador. Un academicismo que en cualquier caso sabe romper mediante fascinantes fugas, insertos de montaje, flashbacks y el uso de la voz en off de un narrador cuya aparente literalidad ofrece sutiles variaciones al punto de vista, en la línea de 'El muerto y ser feliz' de Javier Rebollo. El peso de la narración recae sobre un joven (interpretado por Franz Rogowski, cuyo físico y desconcierto nos recuerda al Joaquin Phoenix de 'The Master') que en su huída acabará recalando en una Marsella convertida en el no-lugar al que acuden todos aquellos sin visado, haciéndose pasar por un poeta que cuenta con salvaconductos para emigrar a México.

Transit de Petzold

Dedicada a la memoria de Harun Farocki, como su propio título advierte, el estado de tránsito no solo es territorial, también temporal. La Historia queda en suspenso, se repite a sí misma, los refugiados del ayer y del hoy se entremezclan, las historias personales y los dramas colectivos del pasado y del presente se superponen, encontramos personajes atrapados en un espacio indefinido del que no pueden ni tampoco quieren salir, como insiste en demostrarnos la fugaz relación que entabla el protagonista con una enigmática joven interpretada por Paula Beer. Cuesta creer que se hayan filmado entradas y salidas de plano más bellas y misteriosas que las suyas, cuyo deambular altera la narración, al protagonista y el devenir de la película, que se transforma en un imposible melodrama romántico que sin subrayados de ningún tipo nos evoca su condición de parábola política a la vez que expande nuevas posibilidades para la adaptaciones históricas, sin alardes ni decisiones caprichosas. Puro cine.

De Marsella a Entebbe

Sin movernos de la sección oficial, de una adaptación que convierte en acierto todo aquello que supuestamente no se debe hacer al rodar una película histórica, pasamos a otra que sigue atentamente lo que mandan los cánones para contar una historia basada en hechos reales, pero que no puede resultar más fallida en el intento. Nos referimos a '7 días en Entebbe', con la que José Padilha, que regresa al largometraje después de su cuestionable inmersión en el mundo de las favelas con 'Tropa de élite' y su secuela, así como de lanzarse al remake de 'RoboCop' sin ningún éxito, se atreve a dar lecciones sobre el conflicto israelí-palestino. Valentía no le falta, aunque no para bien precisamente, porque se echa de menos en las imágenes y la narración de un thriller rodado con el piloto automático.

7 días en Entebbe

El secuestro en 1976 de un avión comercial de Air France repleto de pasajeros israelíes generó un cisma en la relación entre Israel y Palestina que se resolvió mediante un brutal rescate en Uganda. Un hecho histórico que el director entiende como la primera (y última) oportunidad desperdiciada para un posible entendimiento. José Padilha también cree que la objetividad consiste en ofrecer todos los puntos de vista, aunque se posicione claramente de un lado, pero al hacerlo con una visión unidimensional y caricaturesca no ayuda a crear empatía ni a intelectualizar su discurso. Como si de un funcionario se tratara, obligado a hacer avanzar la narración día tras día sin sentido del ritmo ni profundidad dramática, revela las dudas en las convicciones de dos terroristas alemanes de las Células Revolucionarias, unos Rosamund Pike y Daniel Brühl que parecen haberse equivocado de película, así como arroja sombras sobre las decisiones de la cúpula sionista de Israel.

Más allá de la metáfora de dudoso gusto que establece mediante la representación de una danza contemporánea en paralelo el sanguinario rescate del ejercito israelí, Padilha arroja muy poca personalidad en sus decisiones tras las cámaras. Esto no es un episodio de 'Narcos', no basta con ofrecer una reconstrucción mínimamente realista, el tema requiere de una altura de miras y de una visión política para la que no es suficiente con incluir textos en pantalla, cámaras lentas ni imágenes reales de lo acontecido a su conclusión.

Adaptaciones que enfadaron a los autores de las originales