Andrew Garfield es un actor peculiar. Sus interpretaciones siempre se sitúan al mismo límite del todo y la nada, abrazando el exceso y la intensidad sin temor, pero, al mismo tiempo, con una suerte de equilibrio imposible. Puede resultar irritante en muchas ocasiones, desde luego, pero el tiempo, casi siempre, termina dándole la razón a su valiente apuesta.
Convertido en intérprete de prestigio que salta del cine independiente al blockbuster con una facilidad envidiable, Garfield, por si faltara algo, también tiene la impagable capacidad de caer bien, resultando simpático incluso a aquellos que no comulgan con sus trabajos. Se trata, al fin y al cabo, de una cuestión de magnetismo y de saber manejar los tiempos, mediáticos y profesionales, sin abandonar por ello la necesidad de saltar de vez en cuando al vacío sin saber si el resultado acabará en océano o en golpe.

En el caso que nos ocupa, aquí tenemos una serie de películas en las que la recompensa estuvo del lado del actor, encontrando en todas ellas la mejor y más completa versión de Andrew Garfield. Un conjunto de interpretaciones de auténtica altura.