Hay directores realmente únicos tanto para lo bueno como para lo malo. Cineastas cuyos universos creativos se rigen bajo coordenadas especiales, una personalidad desbordante y un ideario visual repleto de potentes estímulos. Y Gaspar Noé, sin dejar ningún tipo de espacio para la duda, es uno de los ejemplos más contundentes de los últimos años.
Talento incomparable y siempre polémico, Noé es un cineasta capaz de lo mejor y lo peor, situándose constantemente al límite de casi todo y apostando en cada película por la explosión constante. Incluso en sus momentos más pausados y delicados, su cine vive pegado al estallido, el impulso, la provocación, el rugido y el pálpito frenético. Más que películas, hablamos de experiencias.

Sensaciones extremas, recuerdos cinematográficos imborrables basados en escenas que llegan para quedarse, historias que se destruyen y resucitan, ensangrentadas y hermosas, excesivas y fascinantes, arriesgadas y caóticas. No hay otro igual. Viajar a la mente creativa de Gaspar Noé es aceptar un billete de ida. ¿La forma en la que regresemos? Una férrea incógnita.