El cine de Lasse Hallström nace siempre desde la naturalidad de las emociones más reconocibles. En la inmensa mayoría de sus películas, más del 90 por ciento, sus personajes desprenden una humanidad a prueba de revanchas vitales, provocando una conexión prácticamente inmediata con un espectador que hace suya la historia que explota con la fluidez de un mar en calma en la gran pantalla.
Puede sonar cursi o excesivamente almibarado, pero la trayectoria profesional del cineasta sueco transite con las mismas dosis de comodidad que convicción por estas rutas 'azucaradas'. Una apuesta artística plenamente válida que, además, nos ha servido para disfrutar de algunos trabajos realmente memorables, de esos que recordamos combinando la media sonrisa con el nudo en la garganta. Historias sensibles, delicadas, dolorosas y divertidas al mismo tiempo y, sobre todo, repletas de verdad.

Por eso, y aunque sus últimas propuestas no estén, ni muchísimo menos, a la altura de sus obras más incontestables, conviene mantener un respeto y admiración firmes hacia Lasse Hallström, un cineasta que, ojalá, vuelva a retomar la senda con la que tantas veces nos conquistó el corazón, destrozó nuestro lacrimales y nos hizo abandonar las salas de cine con el pecho lleno de emoción.