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Oda a 'El hombre sin sombra', la versión más voyeur de 'El hombre invisible'

Javier Parra Viernes 30 agosto 2019

La constante repetición de fórmulas y recuperación de temáticas y subgéneros en el cine de terror y fantástico, es algo que ha pasado de ser historia del cine, tratándose de una forma con la que reinventarse y pasar a ser una especie de gancho con el que atraer a nuevas generaciones. El ejemplo más común y que sirve para explicar dicha fórmula es el que nacía en los tempranos años treinta gracias a la Universal, que volvía a rodar con la llegada del cine sonoro las películas de terror que pasarían a ser clásicos.

La literatura gótica había servido como principal fuente de inspiración para que el cine mudo nos trajese las primeras adaptaciones de 'El fantasma de la ópera' de Gaston Leoux o 'El Jorobado de Notre Dame' de Victor Hugo, ambas con Lon Chaney como primer icono del terror. La etapa de los monstruos clásicos sería la que nos daría los primeros 'Drácula', 'El doctor Frankenstein', 'El hombre invisible', 'La momia' y demás, arquetipos monstruosos explotados hasta la saciedad en el que podríamos entender como el primer universo compartido cinematográfico del cine y que en los años cincuenta la Hammer recuperaría para una actualización de los mismos, cambiando a Bela Lugosi, Boris Karloff y compañía por Christopher Lee y Peter Cushing como las nuevas caras del horror para la propia historia del género.

El hombre sin sombra

Sería en los años noventa, cuando ese carácter cíclico de la recuperación de las viejas tradiciones y la máxima de que los éxitos que habían funcionado en taquilla, eran sinónimos de que podían volver a hacerlo, volverían a ser explotados en una pequeña recuperación del imaginario gótico en pantalla. Era entonces cuando nos llegaban la excelsa 'Drácula de Bram Stoker' dirigida por Francis Ford Coppola, la versión shakesperiana del 'Frankenstein de Mary Shelley' de Kenneth Branagh, el 'Lobo' interpretado por Robert De Niro, la exaltación del género de aventuras que Stephen Sommers haría con 'The mummy (La momia)', la reinvindicable 'El fantasma de la ópera' que dirigió Dario Argento, o incluso aquel relato de horror gótico genuinamente americano que Tim Burton nos regaló en forma de 'Sleepy Hollow'. Dentro de toda esta pequeña regurgitación de los arquetipos del gótico clásico, es donde podemos incluir (aunque de forma un tanto tardía), la versión un tanto libre de 'El hombre invisible' de H.G. Wells estrenada en el año 2000.

Después de haber encadenado un par de fracasos ante la crítica como 'Showgirls' y 'Starship Troopers (Las brigadas del espacio)' (ambas convertidas en posteriores películas de culto), Paul Verhoeven estaba dispuesto a redimirse en su etapa en Hollywood con un título que apuntaba a ser algo que las grandes productoras parecían absolutamente dispuestas a convertir en un éxito, rebajando el nivel de violencia y sexo y con la intención de ser un film con el que el cineasta revalidase su estatus dentro de la propia industria. Sin embargo, y pese a que a 'El hombre sin sombra' no le fuese mal en taquilla, acabó siendo una de aquellas películas de las que su propio creador acabó renegando con el paso de los años, asegurando en una entrevista en 2013 que no se sentía orgulloso de ella y que "podría haber sido un título dirigido por cualquier otro director" y que este no hubiese cambiado un ápice.

El hombre sin sombra

Es aquí cuando cabe decir que, si algo es por lo que pude destacarse 'El hombre sin sombra' como película a recordar de aquel cambio de siglo, es por el sello que Verhoeven, ya fuese de forma inconsciente o impostada, le logró dar a una película que se nos presentaba cual versión libre del clásico de Wells y que acabó siendo un violento título de ciencia ficción a camino entre el slasher y los códigos del cine exploit de los años setenta y ochenta promovido por cineastas de la talla de William Lustig, Larry Cohen o Abel Ferrara.

En la obra literaria publicada en 1897 conocíamos a Griffin como aquel extraño hombre que llegaba a la localidad de Iping y en la que instauraría una pequeña oleada de horror debido a su invisibilidad, había sido en 1933 cuando James Whale nos había presentado a la que sigue siendo su más brillante adaptación cinematográfica del Hombre Invisible interpretado por Claude Rains, joya de culto adelantada a su tiempo tanto por el imaginario steampunk que planteaba como por los efectos especiales que presentó, labor por la que vendría a estar hermanada con 'El hombre sin sombra' del año 2000, nominada al Oscar a los Mejores Efectos Especiales.

El hombre sin sombra

Verhoeven, quien en un primero momento había contado con Robert Downey Jr. para interpretar a su villano protagonista, acabó fichando a Kevin Bacon para que fuese Sebastian Caine, un brillante científico que ha conseguido desarrollar junto a su equipo de compañeros un suero de invisibilidad con la intención de ser utilizado en el campo militar, y cuya arrogancia le llevará a probarlo en sus propias carnes. Estas, al desaparecer por completo ante su equipo, se convertirán en un arma incontrolable cuando Caine y su yo más depravado y psicopático salgan a la luz una vez sea consciente del poder que supone el hacerse con el control de la situación al no poder ser visto.

Convertido en lo más parecido a un psychokiller de manual, cuya arma sería el poder de invisibilidad gracias a su poder de invisibilidad, Caine convertirá aquel reinado de terror que Griffin cometía a finales del siglo XIX en un paseo en tiovivo, ya que la depravación cometida por el personaje de Bacon no conocía limites, optando por la violación (en una polémica escena compuesta como si fuese la set piece de un slasher con Rhona Mitra como objeto sexual que pasaría a engrosar la galería de iconos femeninos hipersexualizados por el cineasta como Sharon Stone o Elizabeth Berkley) y el asesinato de todos y cada uno de sus compañeros, contra los que se rebelará una vez se opongan a las tretas cometidas por su jefe y ahora enemigo.

El hombre sin sombra

Con una Elisabeth Shue totalmente entregada a la causa como representación de final girl, la confrontación definitiva entre el bien y el mal, y entre lo ético y lo amoral, se librará en una batalla donde aquellos genuinos efectos especiales brillaron por su grandeza, y entre los que Verhoeven, pese a haber dicho que su película podría haber sido dirigida por cualquier otro, logró dotar de cierto aspecto puramente voyeurístico, algo que ya podíamos haber visto en sus anteriores trabajos, siendo aquí una especie de cómplice de los ojos de Caine, elevando así la categoría de este de mad doctor a villano a la altura de una especie de Norman Bates con superpoderes.

No faltaron quienes tacharían a la película como misógina, a la que deberíamos entender dentro de la propia concepción del género que Verhoeven había tenido de este y que puede funcionar en perfecta sintonía como aquella vez en que la repetición de las fórmulas del pasado no acabaron de ser del todo bien aceptadas por el público, ya fuese porque el tono de 'El hombre sin sombra' distaba totalmente de lo que su director podía entender como un blockbuster al uso, o porque como ha pasado con muchos de los grandes autores de nuestros tiempos, sus visiones sobre los clásicos no deberían porqué ser aptas para todo tipo de audiencias. Sea como fuere, quien esto escribe no se cansará nunca de reivindicarla como absoluto divertimento un tanto pasado de rosca.

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