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5,5

Pompa de jabón

19 mar 2013

La puesta en escena de esta Anna Karenina es lo que la distingue de las otras versiones más convencionales que se han realizado de este novelón de Leon Tolstoi. Y esta particular puesta en escena es a su vez lo que a ojos de unos puede convertirla en un alarde puntero de originalidad y a ojos de otros (yo mismo, me temo), en un ridículo pseudopastiche teatrero.
Joe Wright convierte la película en un extraño puré mezclando ingredientes en la batidora de su supuesta genialidad: sesión teatral en una sala desvencijada salpicada con exteriores campestres, paseos entre bambalinas en el tránsito de una escena a otra, trenes asesinos de cartón piedra, decorados escandalosamente casposos y coreografías imposibles que seguramente encierran para el espectador iniciado un mensaje sublime y trascendente.
Eso sí, con el truco de los decorados cutres debe haberse ahorrado un dineral (la crisis es la crisis) y de paso a alguien habrá logrado hacer pasar una película de presupuesto medianito por una gran superproducción.
Capítulo aparte merece la interpretación, y en especial la de Aaron Johnson encarnando al Conde Vronski.
Una interpretación así, a la fuerza ha tenido que ser especialmente impuesta por el director (las razones se me escapan). Es prácticamente imposible que ningún señor, por muy conde que sea, tan afectado, tan afeminado, tan maquillado y tan arrebatadoramente bien despeinado como actúa este Vronski, pretenda ligarse a ninguna dama de la alta sociedad de la Rusia de los zares a no ser con el perverso fin oculto de travestirse por las noches con los vestidos de escote palabra de honor de la aristocrática señora. Lo siento, ni intentando buscar trascendencias metafísicas logro desentrañar el porqué de este Vronski traspasado de un anuncio de colonia de Jean Paul Gaultier.
Relacionado con esta interpretación, el baile que se marcan los protagonistas ante toda la sociedad bienpensante de San Petersburgo, símbolo e inicio del adulterio, parece más bien la actuación de un dúo de tiernas (y bastante inquietantes) bailarinas clásicas y no el escandaloso cortejo seductor que pretende ser.
En cuanto a Keira Knightley y Jude Law, especialmente él en el desagradecido papel de Karenin, hacen lo que pueden navegando dignamente en este maremagnum de decorados de cartón piedra.
No todo es negativo. La historia mantiene su fuerza narrativa, aunque de vez en cuando ayudada (o lastrada) por imágenes muy efectistas que parecen sacadas de un videoclip musical o del mundo de la publicidad (el primer plano del rostro a lo medusa desmelenada de Keira Knightley tras el parto, las imágenes de las guadañas segando, la escena final de Karenin con los niños).
La música arropa y dignifica toda la película, convenciéndonos también del engaño de que estamos ante una gran superproducción.
El vestuario de las damas, la música, los peinados, las joyas, el rango principesco de los personajes, todo contribuye a formar una gran y colorista pompa de jabón, que como les pasa a todas, explota y desaparece.

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'Anna Karenina': la esteticista revisión de un clásico inadaptable
Crítica Ecartelera
6,0