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6,5

El Capitán baja las defensas, pero le da más uso al escudo

20 abr 2014

Había una vez un hombre envuelto en una bandera que luchaba para que su voz se oyera por encima del mensaje político de turno, que estaba cansado de ser una herramienta al servicio de un país que ya no reconocía y, en definitiva, que buscaba su propia identidad debajo del símbolo. Sí, el Capitán América cuenta con una personalidad mucho más compleja de lo que su fascistoide vestimenta y simples valores nos puedan hacer creer. O quizás sea precisamente gracias a ellos, pero su conflicto es claro: ¿merece la pena seguir dándolo todo por un país que ha perdido los valores? Por supuesto, la respuesta ya la conocéis, aquí lo importante es descubrir como llega Steve Rogers a ella. En principio, repartiendo más sopapos que en la primera entrega, que ya es algo.


A pesar de que la primera parte de la saga protagonizada por el vengador estrellado es una de las películas menos populares de Marvel (también la menos taquillera si no tenemos en cuenta El Increíble Hulk), a un servidor le pareció un mal trago tan bien llevado como necesario, fundamentalmente, para asentar una iconografía nada sencilla -ir a la guerra sólo con un escudo y no parecer tonto, por ejemplo- y a un personaje boy scout que lo tenia difícil para ser aceptado en pleno siglo de héroes con crisis de identidad y sombra de ojos. Al final, la misión fue un éxito; El Capitán se presentó sin levantar una corriente de rechazo al rebufo del antiamericanismo más primitivo, aunque, por desgracia, fue la acción la que salió perdiendo en el proceso. Una escena recopilatoria más corta que un clip de Miley Cyrus fue el legado adrenalínico que dejaba una película potente en su contexto y en su retrato del personaje central, pero más simple que un zapato a la hora de poner a Rogers en el campo de batalla. Esa es la primera tarea que se han propuesto enmendar los nuevos realizadores, los hermanos Joe y Anthony Russo, atados también para dirigir la venidera tercera entrega.



La mayor virtud de esta secuela no sólo se encuentra en un recital variado de momentos dedicados a la acción, sino en que toda ella está envuelta en una pátina retro muy acorde al personaje, en la que por momentos nos podríamos imaginar paseando a Harry Palmer o a cualquier espía de los 70 en segundo plano. Se trata de un claro aprovechamiento del contexto cinematográfico surgido en la Guerra Fría, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética luchaban por erigirse como la superpotencia definitiva con la grandilocuencia de la tecnología como escaparate y el subterfugio del espionaje como núcleo real de la contienda. Por eso escuece que El Soldado de Invierno se quede sólo en la primera parte, mostrando al último producto de la ingeniería nazi soviética antiamericana, el propio Winter Soldier, así como a un ordenador capaz de recrear la mente de grandes científicos como Arnim Zola (Toby Jones) y a portaaviones aéreos con mas capacidad destructiva que Hulk con picor de espalda, y deje tempranamente de lado las operaciones secretas y las guerras de despacho, encarnadas por el mandamás de S.H.I.E.L.D. al que da vida un deslucido Robert Redford. Es ahí cuando deriva definitivamente hacia el menos exigente sabor de los 80, en pleno segundo acto, más o menos cuando ya le ha quedado claro a la audiencia que en las cintas de Marvel nunca muere nadie.


El problema es que debajo de ese envoltorio afortunado se esconde la película de superhéroes de siempre, es decir, Los Revengadores, con un tramo final que apuesta por la pirotecnia en lugar de aprovechar la historia mediante la colocación de todos los protagonistas repartiendo al mismo tiempo. Si en la cinta de Joss Whedon ya nos quejábamos de la presencia de Ojo de Halcón y La Viuda Negra entre un grupo de superhombres, aquí, el exceso de minutos para Scarlett Johansson apenas dan el cante gracias a Falcon (Anthony Mackie), el nuevo héroe inútil que nos regala el celuloide desde el infame Kid Omega de X-Men 3 o cualquier personaje secundario de Lobezno Inmortal. El tipo, además de organizar reuniones para veteranos y hacer footing con el Capi, también resulta ser piloto de un programa militar tan gratuito como absurdo, consistente en ponerles alas metálicas a sus soldados en un mundo en el que Iron Man y sus propulsores salen todo el día en las noticias. Por supuesto, sobra decir que cuando un tiro alcanza a una de las alas, se acaba la fiesta, aunque menos mal que llega después de que se haya justificado su existencia tras rescatar al Capitán de una caída en picado, convirtiéndose en el mozo de ascensor más aparatoso de la historia.



Para maquillar lo que es un pinchazo narrativo en toda regla, en el que la trama acaba simplificada a una megaconspiración con Hydra ejerciendo de titiritero, El Soldado de Invierno es la película de la compañía con más que rascar para el fan del Universo Marvel; no sólo por un par de sorpresas de las gordas después de los créditos, sino también por la primera referencia del universo cinematográfico a Stephen Strange (Doctor Extraño), uno de los próximos iconos de las viñetas en dar el salto al celuloide, o la profundización en personajes de la franquicia hasta ahora anecdóticos, como el senador encarnado por Garry Shandling en la saga Iron Man o la María Hill de Robin Scherbatsky. Son detalles que intentan hacernos creer que la película que acabamos de ver es mucho más rica y trascendental de lo que parece y funcionan, aunque no deje de tratarse de la perfecta ejecución de la fórmula prefabricada que también vimos en Thor: El Mundo Oscuro.


El propio personaje de Sebastian Stan, el dichoso Soldado de Invierno, no ha sido el referente escogido para subtitular la película por casualidad. Y es que, aunque el villano tenga pocas escenas y menos frases de diálogo, en su presencia muda se encarnan los valores iconográficos que tan bien sabe recrear esta saga, consciente de que el conflicto del Capitán América se encuentra en su propia naturaleza y, por extensión, en la historia del país que mejor ha sabido venderse siempre. Por desgracia, también en el rol anteriormente conocido como "Bucky" Barnes encontramos el mejor ejemplo de los previsibles giros de guión y el encorsetamiento narrativo de los proyectos de la filial de Disney, capaz aún de ofrecer superproducciones por encima de la media en su explotación de las viñetas mientras un revulsivo se antoja cada vez más necesario. A la espera de Los Vengadores: La Era de Ultron, para 2015, esperemos que Guardians of the Galaxy, prevista para este mismo verano, sea ese proyecto rompedor que redefina el estándar autoimpuesto por la factoría más exitosa y fiable del momento.

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'Capitán América: El soldado de invierno': Steve Rogers contra el miedo
Crítica Ecartelera
7,0