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Cuidado, material altamente radiactivo

25 jun 2013

Las colinas de Chernóbil también tienen ojos, aunque con una visión mucho más borrosa que la del dignísimo remake que firmó Alexandre Aja hace seis años sobre el clásico de Wes Craven. En esencia, la premisa es la misma, sólo que en este caso, el desierto de Nevada que en su día sirvió de banco de pruebas para el desarrollo de armas nucleares por parte del ejército estadounidense deja paso a la región más infame de Ucrania, reconvertida 26 años después de la explosión en el interior de uno de los reactores de su central en la ciudad fantasma ideal para asustar a jovenzuelos con menos neuronas que seguidores en el Twitter. La principal diferencia es que Atrapados en Chernóbil no ofrece absolutamente nada más allá de ese, cuanto menos sugerente, punto de partida. Ni tensión bien medida, persecuciones memorables o siquiera casquería. Simplemente, 80 minutos de chavalería huyendo acojonada de monstruos fuera de plano.

La única baza de la cinta, una vez comentados los paralelismos con Las Colinas Tienen Ojos, reside en la nada sencilla creación en pleno siglo XXI, plagado de cintas sobre exorcismos y apocalipsis zombies, de un nuevo escenario terrorífico como es la impactante ciudad de Prypiat, a pocos kilómetros de Chernobyl, y el ejemplo más famoso de entre las localidades abandonadas por sus habitantes tras el desastre (que ya vimos en uno de los mejores niveles de la saga Call of Duty). Incluso esa idea se encuentra bajo la sospecha del plagio a la luz de esta comparación entre el tráiler de la película y un avance falso rodado en 2009 por dos realizadores desconocidos a la búsqueda de financiación. Pero conflictos legales aparte, ha sido el productor y guionista Oren Peli (Paranormal Activity, The River) el que ha transformado esta ocurrencia en un largometraje y, por tanto, son a él y al realizador debutante escogido a dedo, Bradley Parker (responsable de los efectos especiales de El Club de la Lucha y de los del remake de Déjame Entrar), a los que les deben caer los palos.



Como suele ser habitual en el género, el primer fallo de la cinta es presentarnos a los adolescentes susceptibles de superar el casting de Jersey Shore que protagonizan siempre este tipo de filmes. En este caso, se trata de tres parejas estadounidenses que disfrutan de unas vacaciones por el viejo continente al más puro estilo Hostel cuando deciden practicar lo que uno de ellos, "el listo", califica como 'turismo extremo'. Para ello, contratan a un guía ucraniano con cara de llamarse Yuri (todos se llaman Yuri) y chándal de Addidas (todos los Yuris llevan chandal de Addidas) para que les acompañe en un tour ilegal por los alrededores de Chernóbil. Las dificultades comienzan cuando su vehículo se estropea misteriosamente y se ven obligados a pasar la noche en el esqueleto de esa ciudad maldita. Es en ese momento cuando su estupidez congénita aflora y toman decisiones como ir a explorar de uno en uno o dejar solos a los heridos.

Como decimos, la recreación de Prypiat en diferentes localizaciones de Serbia y Hungría, con sus enormes bloques descuidados, sus jardines asalvajados y esa noria tan tétrica como cinematográfica, es lo único salvable. Es, sobre todo, durante el primer acto, cuando la localidad se muestra como el personaje más expresivo de toda la función. Cada rincón transmite la desesperanza de lo que allí se vivió sumado al siempre acechante terror en la sombra. El problema es que la puesta en escena se queda ahí, y al igual que sucedía en Paranormal Activity, solo durante los minutos finales se aprecia con cierta claridad -tampoco demasiada- el rostro del mal. El realizador Bradley Parker se muestra incapaz de mantener la tensión una vez comienza la persecución que domina el segundo y tercer acto, evidentemente limitado por los escasisímos medios con los que cuenta el filme. No hay dinero para enseñar bichos, ni sangre o siquiera escenas de acción. Sólo gente corriendo, gritando y soltando esas frases cansinas que hemos oído una y mil veces como "no tenemos que separarnos", "¿dónde está Bobby?", y demás citas de cualquier monólogo de Goyo Jiménez sobre el abuso hollywodiense de los tópicos del género. Incluso la amenazante sombra de la radiación aún presente en la zona, para la que los protagonistas llevan un contador Geiger al que hacen menos caso que un funcionario a su despertador, se torna en un recurso que podría haber dado más juego si los personajes tuvieran las luces necesarias para percatarse del peligro.


Pero lo peor de todo es que Atrapados en Chernóbil está dirigida como un falso documental (o mockumentary) sin serlo realmente y eso tira por tierra las escasas buenas intenciones de Parker, apreciables, por ejemplo, en algún plano final que bebe claramente de un cimiento del género como La Noche de Los Muertos Vivientes. En ningún momento el guión se curra una justificación al estilo de El Proyecto de la Bruja de Blair o [REC] para el formato 'cámara al hombro' y todo queda en una excusa oportunamente mareante y confusa para apurar aún más el coste del proyecto. Ideas desaprovechadas, actores y personajes pidiendo a gritos una colleja y una puesta en escena chapucera de la que sólo se salva la escenografía es todo lo que váis a encontrar en el último anzuelo de la taquilla para los aficionados al género. Aunque con un millón de dólares de presupuesto y las nulas pretensiones de innovar en un desarrollo tan sobado, a nadie debería extrañarle que la emoción y el miedo los tengamos que poner nosotros.

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