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6,5

Diario de un zombi globalizado

08 ago 2013

Cuando el apogeo zombi en cines parecía ya calmado, relegando a los caminantes a pequeñas películas para adolescentes como Warm Bodies o a la siempre socorrida televisión (The Walking Dead, Zombieland), a Brad Pitt no se le ha ocurrido una mejor idea que realizar su incursión tardía en el género por la puerta grande, produciendo y protagonizando la última superproducción apocalíptica que ha fabricado Hollywood. Una decisión extraña teniendo en cuenta el buen criterio del que hace gala últimamente el intérprete, alérgico a las modas y a los megaproyectos vacíos creados para el lucimiento de coetáneos como Will Smith o Tom Cruise y más centrado en colaborar con auténticos creadores como Terrence Malick o Andrew Dominik. La razón la encontramos en la novela de Max Brooks en la que se basa la cinta, que lejos de narrar de forma ordenada lo que no deja de ser un apocalipsis bastante corrientucho, basa su atractivo en un enfoque plenamente periodístico para relatar la evolución de la pandemia y sus repercusiones sociopoliticas en forma de conflicto mundial. El problema es que una vez vista la cinta, descubrimos que esa novedosa perspectiva ha sido completamente eliminada, deformando el texto original hasta lo que los cánones actuales entienden como una historia de apocalipsis zombi cualquiera. En medio se mantienen una o dos buenas ideas y el aspecto general de la película es más que digno, pero está demasiado cerca de parecerse a aquella precuela de Soy Leyenda que nunca terminaron por rodar que al thriller vírico en el que podía haberse convertido para marcar la diferencia.

Con la cruz a la espalda que conlleva un rodaje problemático, en el que el realizador Marc Forster se volvió a pasar de presupuesto y tiempo de grabaciones como ya hiciera en Quantum of Solace, se estrena finalmente Guerra Mundial Z en nuestro país mostrando claros síntomas del conflicto, tanto en su errático montaje como en su desmembrado guión, pero a mucha menor escala de lo que cabría esperar tras lo sonado de la polémica y el antecedente de la peor película Bond en décadas. Y es que todo aquel que le haya echado un vistazo a la novela habrá comprendido al instante la dificultad que conlleva trasladar una crónica ficcionada, con entrevistas y reflexiones personales, a dos horas de narración cinematográfica. Es precisamente el desarrollo de la historia, el modo en el que avanza y se mueve la trama protagonizada por este investigador de Naciones Unidas con ínfulas de Superman, lo que no termina por cuajar en un contexto genialmente descrito y apoyado por sólidas y espectaculares secuencias descriptivas de un mundo asolado por la infección zombi más agresiva y peligrosa vista recientemente.



Que los guionistas J. Michael Stracynski y Matthew Michael Carnahan (hermano del realizador Joe Carnahan) no tenían ni idea de por dónde coger el texto original se aprecia desde el mismo primer acto, donde como si de una versión extendida de los flashbacks de Soy Leyenda se tratara nos muestran a nuestro intérprete tripleA de turno haciendo de amoroso padre en los momentos previos al estallido y sirviéndose después de sus contactos como militar para conseguir llegar a un lugar seguro junto a su familia. Las novedades empiezan cuando Naciones Unidas le encarga al protagonista que lidere un equipo de asalto con la única misión de encontrar el origen y la cura para el virus que transforma en rabiosos infectados a las personas; convirtiendo ese misterio, en mente de todo espectador en cualquier cinta sobre apolipsis zombi, en el acertado McGuffin de la película y su razón de ser.

Aunque no termina de quedar claro del todo por qué el ex agente al que da vida Pitt es el hombre indicado para encontrar la cura, el intérprete de 49 años nos regala uno de sus habituales trabajos todoterreno sin aparente esfuerzo. Su mayor mérito consiste en salir victorioso del combate contra las rocambolescas situaciones en las que le mete el guión, utilizándole como action hero inmortal cuando le place y explotando su faceta como investigador y detective apoyado en la deducción cuando necesita que la cinta avance. Es precisamente esa última faceta del personaje, su proceso de observación del comportamiento de los infectados no exento de riesgo, lo que termina por salvar realmente la función y aportar ese elemento extra que necesita toda incursión ambiciosa a un género más sobado que la cuenta corriente de la tesorería del Partido Popular.

Por desgracia, el último tercio de la cinta abusa en exceso de dicho recurso y, adoleciendo de la llamada a última hora a los guionistas Drew Goddard y Damon Lindelof para que arreglaran el desaguisado, cierra la historia con mucha menos trascendencia y grandilocuencia de la que cabría esperar de una cinta que pretende dar comienzo a una franquicia (tan apabullante es su falta de contundencia que el monólogo que se puede escuchar en el cierre a modo de conclusión es el mismo del que se sirven los anuncios de televisión para presentar su argumento). A esa sensación contribuye en gran medida que las dos escenas más espectaculares de toda la película, el ataque en el avión y la invasión de la capital israelí, hayan sido reventadas prácticamente en su totalidad desde el primer tráiler, extirpando el factor sorpresa en un apartado técnico que acaba pasando más desapercibido de lo que debería. Por no hablar del desaprovechamiento general de todos los secundarios de la cinta como David Morse, James Badge Dale, Peter Capaldi y Matthew Fox. Únicamente Mireille Enos (The Killing), encargada de dar vida a la sufrida esposa del protagonista, y la desconocida Daniella Kertes, que sorprende con su encanación de la pétrea soldado Segen, consiguen reclamar su parcela de lucimiento en una película que no tiene un solo nombre impreso en su póster por casualidad.


En realidad, las causas que han llevado a Guerra Mundial Z a sumarse al montón de superproducciones tan disfrutables como olvidables en lugar de a marcar la diferencia, instaurándose como un reflejo de lujo de thrillers biológicos como The China Syndrome o Contagio, no sólo pasan por la dificultad de adaptar un libro imposible, sino también por las habituales presiones de las productoras, empeñadas en tener algo de peso en el resultado final cuando se están gastando 200 millones de dólares en una película. Si a esa coctelera le sumamos un realizador que se muestra inseguro cuando cuenta con grandes presupuestos y a una estrella que se ha tomado el proyecto como algo personal, implicando de lleno a su compañía Plan B en la producción más ambiciosa que ha conocido, lo que de verdad extraña es que el desastre no sea mayor y a la hora de la verdad se pueda sacar un estreno veraniego digno tras un proceso creativo que hace honor al título de la cinta.

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'Guerra Mundial Z': La epidemia que infectó al blockbuster
Crítica Ecartelera
8,0