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CRÍTICA

'Los exiliados románticos': En busca del amor perdido

El tercer largometraje de Jonás Trueba es una luminosa road movie que compensa su escasez de medios con emoción e inteligencia.

Por Jorge R. Tadeo 11 de Septiembre 2015 | 17:00

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A sus 34 años, Jonás Trueba presenta con tan solo tres largometrajes, un sello de estilo y una personalidad perfectamente definida en su tan breve como coherente y valiosa filmografía. Desde su debut con el irregular pero interesante retrato cuasi-generacional 'Todas las canciones hablan de mí', el director madrileño se ha mostrado afín a una forma de hacer cine incontestablemente libre, que no pide perdón por hacer guiños intelectuales sin renunciar a hablar de emociones tan primarias como el amor platónico.

Tras el interesante experimento metacinematográfico que supuso 'Los ilusos', Trueba firma con 'Los exiliados románticos' su obra más lúdica y luminosa en el fondo y en la forma. A modo de road-movie, el cineasta nos presenta a tres jóvenes treintañeros en un viaje a medio camino entre lo iniciático y lo nostálgico. Hablamos de una nostalgia prematura, aquella que surge de lo no vivido, o de lo frustrado, o de lo que quedó a medias, y con esa emoción sobrevolando la historia, su autor nos muestra las desventuras de tres soñadores románticos en busca de reveladores reencuentros a lo largo de un soleado recorrido hacia Francia.

Los exiliados románticos

Como en toda película de carretera que se precie, aquí es tan importante el destino como el propio trayecto, en el cual se nos muestran las relaciones entre los viajeros, sus complicidades, sus pensamientos y anhelos. Y en el caso de 'Los exiliados románticos' es también clave el motivo del viaje, la mera decisión de emprender esta entrañable odisea es una exaltación del romanticismo más exacerbado, en cuya ingenuidad encuentra el film su mayor baza para ganarse al público con simpatía, mientras habla de esas cosas cruciales de apariencia trivial. En este sentido resulta ejemplar la dilatada, cómica y tierna declaración de amor en los parisinos Jardines de Luxemburgo.

Rodaje improvisado

También es importante señalar la manera en la que la obra está rodada, casi como un divertimento entre amigos que realizaron el viaje que vemos en pantalla a lo largo de dos semanas. A partir de una premisa muy fina, el guion era absolutamente flexible y permeable a la voluntad de los propios actores y a su improvisación. No hay duda de que el peculiar método de rodaje aporta al resultado final una espontaneidad y frescura evidentes, a la vez que un entendible desaliño formal. Viene a demostrar el notable resultado del film, hasta qué punto las buenas ideas y la voluntad de expresar sentimientos sinceros son capaces de combatir cualquier carencia de medios.

Los exiliados románticos

Con la imprescindible aportación de las canciones de Tulsa, que ejercen casi de voz en off que desvela o complementa lo que sienten los protagonistas a lo largo del trayecto, la película aprovecha también el bucólico y soleado entorno para envolver al espectador en unas emociones tan intensas como probablemente efímeras, como el propio verano en el que transcurre esta romántica historia que puede evocar al cine de Eric Rohmer, aunque Trueba prefiera citar como inspiración al suizo Alain Tanner.

Referentes estos que, en cualquier caso, no deben asustar a un público no instruído en el cine de autor europeo, pues no hay más pretensiones en 'Los exiliados románticos' que exaltar el amor en su sentido más puro. Y no hace falta ser muy cinéfilo para apuntarse a esa causa y disfrutar así de una narración fluida, con pertinentes tiempos muertos, buena música y unos diálogos cargados de sinceridad y emociones auténticas.