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El indigesto menú canibal de Eli Roth marca la segunda jornada de Sitges

Jorge R. Tadeo 13 octubre 2013

Comentaba Eli Roth en rueda de prensa, que su intención con 'The green inferno' era rescatar (al estilo de su mentor, Tarantino) el canibalismo presente en la serie B setentera y ochentera (por supuesto citando la fundacional 'Holocausto caníbal' como referente) y acercarlo al mainstream. Lo curioso es que un espectáculo tan brutal como el que Roth ofrece en el film que ayer presentaba en Sitges pueda considerarse algo destinado a esa masa etérea llamada el gran público. Hace un par de días mientras presentaba 'Grand Piano', Elijah Wood decía cargado de razón, que el film de Eugenio Mira hubiese sido considerado en los noventa como una obra mainstream, con importante potencial comercial. Pero los tiempos han cambiado. El rejuvenecimiento de la audiencia (aunque la singularidad de España y sus privativos precios+IVA están invirtiendo un tanto esa tendencia) en la época de las multisalas es evidente y ha hecho que films de género adquieran una atención inédita, mientras el cine de hechuras clásicas es reducido al circuito indie y/o de versión original. Es chocante, que películas como -por poner un ejemplo reciente- 'La mejor oferta', modélico thriller de Torantore al que podría acceder un público muy amplio, se vean relegadas a pelear por un nicho de mercado tan venido a menos como el del 'espectador adulto', mientras la saga 'Saw' o la propia 'Hostel' de Eli Roth, que hace un par de décadas habrían sido carne de videoclub, llenan hoy las multisalas.

Quizá el espectador joven busca la inmediatez de las emociones y eso se refleja en muchos en la forma de hacer cine de no pocos jóvenes cineastas hollywoodienses. La necesidad de impactar, de prácticamente agredir al espectador con sus imágenes para que se remueva en su asiento. Se busca un entretenimiento basado en el shock inmediato, en el que lo visual está por supuesto muy por encima de lo conceptual, por mucho que el director introduzca un subtexto que queda en la inmensa mayoría de los casos asfixiado por el baño de sangre, a veces diríamos que por fortuna incluso. El caso es que 'The green inferno' es exactamente esto: cine de hoy mismo, con raíces en la serie B del pasado. Algunos dirán que es una actualización pertinente, pero más que adaptar el género a las hechuras modernas, parece que simplemente se trata de aprovechar que las reglas han cambiado, que al espectador medio de 2013 le echa más hacia atrás un hombre al piano, que una pierna mutilada como menú para indígenas. Es por tanto lo que hace Roth ser oportuno, adaptarse al entorno y darle exactamente lo que quiere y, en ese sentido no se le puede reprochar nada a su aventura gore-amazónica.

El indigesto menú canibal de Eli Roth marca la segunda jornada de Sitges

La película tiene una introducción sosegada, que no es más que un mcguffin. Poco importa la crítica a la falsa moral de los jóvenes activistas yankees, que pretenden hacer la revolución agarrados al i-phone, lo que prima es un festival del shock que arranca cuando la avioneta que transporta a los protagonistas se estrella en plena selva amazónica (en una escena técnicamente impecable, aplaudida en pleno pase de prensa) y los jóvenes son capturados por una tribu caníbal. A partir de aquí el film no ahorra detalles sobre el despiece, condimentación e ingesta del menú. Está todo incluído en el precio de un menú sin miedo al exceso, diseñado para estómagos fuertes y paladares muy concretos. Al margen de que esto atraiga o provoque rechazo, destaca la estupenda Lorenza Izzo y la calidad técnica proporcionada al film por un equipo mayoritariamente chileno.

Gilliam regresa al futuro

Ya en la tarde de ayer pudimos ver lo nuevo del británico Terry Gilliam, que previamente había pasado por San Sebastián. Si 'The green inferno' trataba de reciclar formulas antiguas en clave moderna, con 'The Zero Theorem' Terry Gilliam parece querer reciclarse a sí mismo, más en concreto a aquella irrepetible locura llamada 'Brazil'. Tres décadas después, las distopías futuristas siguen construyéndose a base de mega-burocracias que acechan al ciudadano y reprimen su individualidad. No es un reproche al propio Gilliam, pero parece inevitable que el pesimismo futurista cinematográfico siga asociado a las tecnocracias orwellianas, aun cuando actualmente el mundo parece irse a la deriva por nuevos derroteros (en ese sentido es aplaudible la reciente 'Elysium' de Neil Blomkamp).

El indigesto menú canibal de Eli Roth marca la segunda jornada de Sitges

No es sorprendente que Gilliam no actualice su discurso apocalíptico, pues tampoco se renueva estilísticamente respecto a la citada 'Brazil' de la que parece un reciclaje visual algo más colorista. Sí que introduce nuevas ideas sobre el control de las tecnologías. Nuevas en su filmografía, pero que hoy en día no sorprenden a nadie. Quizá en su día Gilliam pudo ganarse el apelativo de visionario pero, como comentó ayer en el cine Retiro donde presentó el film ante el entregado público, hacer una película sobre el futuro hoy en día, implica que en su fecha de estreno estarás hablando en realidad sobre el pasado.

No hay duda que la película, protagonizada por un Christoph Waltz en un papel de composición que no quedará en lo más memorable de su filmografía, pone sobre la mesa varias ideas interesantes. Al salir de la proyección se comentaba que el film puede exigir un segundo visionado, pues es puro subtexto y quizá ahí está la clave del error: es mero subtexto sin un mínimo armazón narrativo consistente, sin un hilo coherente que cosa sus ideas deslavazadas. Es un totum revolutum al que paradójicamente podría aplicarse el teorema que da titulo al film y que en efecto, todo lo que vemos (incluídas ciertas imágenes poderosas), no signifique en realidad nada.

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