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CRÍTICA

'Nymphomaniac': La ninfómana que no conocía a Edgar Allan Poe

El polémico díptico se erige como una continua pugna entre el Lars Von Trier más comprometido y el más pedante. 'Nymphomaniac. Parte 2' ya en cines.

Por Adrián Peña 26 de Enero 2014 | 17:15

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Cuando uno decide ver una película de Lars von Trier, ya sabe que se la está jugando. Sabe que cuando entre en la sala y se siente en la butaca, estará completamente vendido ante la esquizofrénica genialidad del danés, un director conocido por sus constantes estados de depresión y cambios de ánimo que, además, plasma en sus películas a modo de terapia freudiana. A pesar de ello, el espectador acude a su cine por la misma razón que Joe, la protagonista de 'Nymphomaniac', va de cama en cama: saciar el impulso instintivo de devorar cine. La única diferencia es que en lugar de ser el predador, es la presa.

'Nymphomaniac'

Así, como una trucha de montaña zambullida en el gran lago de oferta cinematográfica, el espectador se ve atraído por ese gran señuelo-mosca que Von Trier lanza, esta vez, con un sedal cargado de provocativas campañas de marketing y la aproximación a un tema tan tabú en la sociedad como es el sexo. Primero fueron las declaraciones en Cannes 2011 ("mi próxima película será porno"), luego le siguieron los rumores sobre que habrían dos versiones del filme (la pornográfica y la censurada), la posibilidad de ver a actores como Charlotte Gainsbourg o Shia LaBeouf practicando sexo real ante las cámaras y, finalmente, que el filme iba a durar cinco horas y media y que sería dividido en dos partes. De esta manera, como voces melódicas independientes entre sí pero con un mismo ritmo, todas estas informaciones suenan simultáneamente en la cabeza del espectador formando una curiosa polifonía a la que es imposible resistirse.

¡Uf! Qué forzado y pedante ha quedado esto último, ¿verdad? Pues exactamente así suenan todas esas referencias culturales con las que Von Trier trufa 'Nymphomaniac', uno de los mayores ejercicios de onanismo y egocentrismo (¡incluso se cita a él mismo!) de su carrera. Un relato atemporal y a-espacial que evidencia que Von Trier sólo necesita una lúgubre habitación en mitad de la nada con una cama, una silla y un tocadiscos para aleccionar al espectador, porque, en 'Nymphomaniac', Von Trier se mira más a sí mismo que a lo que está contando. ¿Esto quiere decir que el filme dé la espalda al espectador? Para nada. De hecho, es todo lo contrario. Von Trier, proyectándose en la figura de Seligman (Stellan Skarsgård), parece obsesionado en hacer saber al espectador, de la manera más burda posible, lo bien que domina la meta-narración, la clara distinción entre anti-sionismo y antisemitismo (en referencia al incidente de Cannes), lo mucho que sabe de Historia, arte, literatura, filosofía, matemáticas e, incluso, música y no sólo eso, sino, también, lo bien que sabe introducir todo ello en su particular lenguaje cinematográfico a modo de simbolismos.

'Nymphomaniac' es una continua pugna entre el Von Trier más comprometido con los personajes y su historia (representado por Joe) y el Von Trier más pedante, inmaduro y ególatra (representado por Seligman). Por desgracia para el espectador, los engolados desvíos del segundo acaban imponiéndose en el Vol. 1 y poco a poco van cediendo, por suerte, en el Vol. 2 en pos de la desesperanzadora historia de esa mujer apaleada por el destino, condenada a cargar con un castigo ¿divino? de por vida que puebla el cine de Von Trier.

'Nymphomaniac'

Desaforado intento de demostración de Von Trier

Por alguna razón que se escapa a mi entendimiento, 'Nymphomaniac' parece un desaforado intento de demostración de Von Trier. Pero, ¿demostrar el qué? ¿Que es un gran cineasta? Eso ya lo ha demostrado con creces en muchas ocasiones. ¿Que es capaz de alzar la voz y que otros cineastas lo oigan? Eso también lo demostró con el manifiesto Dogma 95. Sinceramente, 'Nymphomaniac' parece la rabieta de un crío al que le han escarmentado, una petulante respuesta a esa masa hipócrita que lo vetó en Cannes (o, como él la llama, "la policía" moral de la sociedad) que encuentra en la última escena del Vol. 2, el más claro ejemplo de lo que el filme representa para Von Trier: un enorme chiste de mal gusto.