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'Exodus: Dioses y reyes': Las plagas de Hollywood

Jesús Agudo Jueves 04 diciembre 2014

Parece que han pasado eones desde que Ridley Scott trajera de vuelta toda la épica de las aventuras históricas con 'Gladiator', película con la que se metió al público, y unos cuantos premios, en el bolsillo. No solo era una producción a gran escala, también contaba con una historia que ha dejado huella en el espectador. El director ha seguido probando diferentes estilos, e incluso ha intentado volver al terreno de las espadas un par de veces, con resultados bastante olvidables. Para su próxima película recurre a uno de los libros que mayor inspiración ha dado al Séptimo Arte, la Biblia, y escoge una de las historias más recordadas de las Sagradas Escrituras: la de Moisés y la liberación de los esclavos de Egipto.

Exodus: Dioses y reyes

En 'Exodus: Dioses y reyes', la narrativa no comienza desde que Moisés es un bebé y, para salvar su vida, es abandonado en un cesto en el Nilo, para acabar a orillas del palacio del faraón, y ser adoptado por la familia real. Nos encontramos con el enviado por Dios ya crecidito, convertido en un general del ejército del faraón, que le considera más válido para reinar que a su propio hijo, Ramsés. Aunque al principio son los mejores amigos, la competencia y una curiosa profecía empieza a abrir un abismo entre los dos hombres, acrecentada por el rumor que llega a oídas de Ramsés, ya convertido en nuevo faraón, de que su hermano es en realidad hijo de hebreos, de esclavos. Moisés no se lo cree de primeras, pero pronto tendrá que hacer frente a su verdadero origen, y a los planes que Dios tiene para él.

El director británico puede alardear de una cosa, y es que sabe rodearse muy bien de un gran equipo técnico para que, al menos, el cascarón luzca como la más fastuosa de las pirámides. Sobre su interior hablaremos luego, pero merece destacar que el diseño de producción de 'Exodus: Dioses y reyes' es magnífico. Tanto los escenarios -sobre los que pesa quizás demasiado lo digital-, como la fotografía, el vestuario o la banda sonora de Alberto Iglesias cumplen con nota para construir una buena base para una historia de estas proporciones. El Antiguo Egipto de esta película es rico en detalles, conseguirá hacernos viajar en el tiempo e introducirnos en el auge y caída del reinado de Ramsés, y en la contraposición con la vida de esclavos de los hebreos. Es lo mínimo que se le puede pedir a una película que adapta una historia que ya ha sido trasladada al cine con casos tan míticos como 'Los diez mandamientos' de Cecil B. DeMille. La justificación de esta nueva entrega debió de ser el aprovechar el potencial de la técnica para hacer un espectáculo visual, y eso lo consigue de sobra.

Pero, como ya he mencionado antes, una cosa es el cascarón y otra lo que alberga dentro. Y el interior no funciona tan bien como el exterior. Otra virtud de una actualización es poder adaptar el ritmo a las costumbres del público, al que quizás 'Los Diez Mandamientos' se le haga algo cuesta arriba. Ridley Scott ha querido desmarcarse un poco del relato religioso y ha optado por darle un punto más realista, centrándose más en el conflicto entre hermanos que en la teología. Sigue siendo el enviado de Dios, por supuesto, pero a lo largo de la película deja patente que es una deidad cruel y vengativa que busca en Moisés un guerrero y no un emisario. En esta ocasión, Dios es presentado con la figura de un niño muy enfadado con lo que ha sufrido su pueblo, una imagen que ayuda a que la historia sea menos mística, aunque deje a Moisés como un demente, hablando solo si le pilla otro personaje de charla con Dios.

Exodus: Dioses y reyes
punto de partida es de lo más prometedor, mostrándonos cómo va cambiando la relación entre los dos protagonistas, cómo afronta Ramsés la cercana muerte de su padre y su posterior ascenso al trono, y el descubrimiento de la verdadera historia de Moisés. Se nos presenta a un personaje, el de Ben Mendelssohn, que comienza a dar mucho juego, pero no se le saca todo el jugo que podría haber tenido. Como a muchas cosas de la cinta. Tras la introducción, la historia comienza a sumirse en un tedio que será imposible de salvar, y las más de dos horas de duración pesarán más que las Tablas de la Ley, hundiendo el ritmo sin mucha solución. No podrá salvarlo el segmento de las plagas, que a pesar de estar muy logradas, no tienen la fuerza suficiente para llegar a levantar el ritmo y se antojan demasiado cortas para todo lo que podrían haber sido. Tampoco lo hará la persecución hacia el Mar Rojo, demasiado larga hasta que se ven las caras a mitad de camino. Sobre las plagas y la "separación" de las aguas, hay que decir que vuelve a ser un gran espectáculo visual, y el intento de explicarlas de una forma científica es bastante interesante, aunque luego se le vaya el tema de las manos en ambas ocasiones. La separación de las aguas, sobre todo, no consigue explicar bien su procedimiento y queda mucho menos espectacular de lo que podría haber sido, y el pobre Moisés se convierte en un sujeto pasivo del "milagro". El gran problema de la película es que no se sale de lo justo, la historia que ya conocemos sin añadidos, y sin embargo el viaje espiritual de Moisés se hace eterno. Parece mentira que, con más de dos horas, tenga que acelerar en el capítulo del becerro de oro y los Diez Mandamientos.

El profeta guerrero

Scott también deja claro que, últimamente, no da a derechas con la dirección de los actores. Christian Bale está correcto, pero no llamará nada la atención con un personaje tan poderoso como podría ser Moisés. Es un profeta de espada y no de cayado, esa visión del personaje es al menos diferente, pero su papel va perdiendo fuerza junto con el ritmo. Joel Edgerton tiene sus más y sus menos, aunque hay escenas en las que la sobreactuación es palpable y su caracterización como egipcio no le hace ningún favor. Los dos juntos llegan a funcionar, comparten alguna escena intensa que saca lo mejor de ellos, aunque no son suficientes. María Valverde resulta la más cautivadora, a pesar de que no tiene tiempo para lucirse y su química con Christian Bale es bastante cuestionable. Mucho se ha hablado de la raza de los actores, un debate absurdo a mi parecer ya que siempre se ha hecho lo mismo, y todo es por razones de marketing, lógicamente. El caso de Valverde resulta curioso, ya que su acento desentona entre tanto yanqui, a pesar de tener un inglés que ya les gustaría a muchas actrices consagradas, pero no termina de tener sentido que sea la única que habla diferente. Sigourney Weaver, Ben Kingsley y John Turturro, por desgracia, pasaban por ahí, contando con una aparición mínima y nada destacable. Aaron Paul tampoco tiene gran peso en la trama, y por eso su personaje no queda dibujado en condiciones. Una vez más, como le ocurrió recientemente con 'El consejero', Ridley Scott consigue reunir un reparto con bastante talento, y deja que se lo coman los cocodrilos sin sacarle ningún partido.

Esta actualización de la famosa historia bíblica es un nuevo ejemplo de ciertas plagas que están asolando al Hollywood comercial. La factura técnica vuelve a ser de sobresaliente, algo que suele darse por suerte bastante a menudo últimamente, pero viene acompañada por un desaprovechamiento del talento interpretativo de sus actores y actrices, y de un ritmo tan irregular y una duración tan alargada sin sentido que acaban ahogando la puesta en escena. Ridley Scott pierde la oportunidad de hacerse legendario con un guión lleno de pústulas. Y es una pena, porque espectáculos visuales como el de 'Exodus: Dioses y héroes' son de los que merecen verse en una pantalla grande, pero parecen olvidarse de cuál es el primer mandamiento de una buena superproducción: el entretenimiento. Y eso se consigue con un equilibrio entre puesta en escena y una historia sólida y ágil. Dónde estará el hombre que nos presentó a Máximo Décimo Meridio.

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