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'Detroit': La guerra urbana de Kathryn Bigelow

Jesús Agudo Viernes 15 septiembre 2017

963 personas murieron en 2016 a manos de la policía en Estados Unidos. 684 en lo que llevamos de 2017, según un estudio del Washington Post. La mayoría de las víctimas eran negros y nativo americanos. Desde 2013 existe un movimiento llamado "Black Lives Matter" para que esas muertes no hayan sido en balde, para que llegue el día en el que nadie inocente muera a manos de un policía que se escuda en su labor como supuesto defensor de las leyes. Pero este grandísimo problema que tienen al otro lado del charco viene de muy lejos. Kathryn Bigelow quiere darnos una lección de Historia retrocediendo en el calendario a 1967.

Detroit

'Detroit' tiene el nombre de una de las ciudades más grandes de Estados Unidos, y una de las más castigadas por la desigualdad. La película de Bigelow empieza mostrándonos cómo todo empezó a torcerse en los años 60, con la población blanca yéndose a los suburbios, y dejando "morir" al centro de la ciudad, cada vez más pobre, donde se acababan quedando solamente las minorías. Pero la policía seguía siendo blanca. La película se centra en un suceso que tuvo lugar en un motel de la ciudad en el que hubo víctimas, todas ellas afroamericanas. La situación estaba muy caliente: Detroit era un campo de batalla desde que habían estallado los disturbios y el gobierno se vio obligado a instaurar el toque de queda. Caos es la palabra, y Bigelow y Mark Boal, guionista de la película, lo muestran perfectamente en una introducción casi estilo documental en el que vemos cómo se iniciaron los disturbios, cómo está la situación con la policía y cómo los protagonistas llegan a ese motel.

La cinta ha hincapié en dos amigos, Larry (Algee Smith) y Fred (Jacob Latimore). Larry es el líder de los Dramatics, un grupo de soul que está en Detroit para intentar conseguir un contrato discográfico, pero no pueden tocar por culpa de los disturbios. Solos, y bastante empezado el toque de queda, deciden refugiarse en el Motel Algiers. Allí conocen a dos chicas blancas que les presentan a otro grupo de amigos, todos ellos negros. Uno de ellos decide hacer la broma de disparar desde la ventana con una pistola de fogueo, pero los militares que estaban por la zona creen que es uno de los francotiradores (sí, francotiradores) que hay por toda la ciudad y llaman a la policía para ir a investigar. Al motel llegan los militares y una patrulla encabezada por Krauss (Will Poulter), un agente que ya ha tenido problemas de violencia contra afroamericanos, pero que se cree que es de los pocos valientes dispuestos a salvar la ciudad cueste lo que cueste. Ahí empieza la verdadera película, la verdadera tensión, con los inquilinos en fila con la cabeza y la frente apoyados en la pared. Porque aunque estén todos claramente asustados y el arma no aparezca por ninguna parte, la "operación" no puede acabar en eso.

Es este núcleo de la película el que vuelve a demostrar que Kathryn Bigelow es una experta en generar tensión y no dejar al espectador respirar hasta que ella quiera. Es imposible despegar los ojos de la redada que está teniendo lugar en el motel, y lo es por muchas razones. La primera, por lo ruda que es la dirección, que aprovecha cada oportunidad para lanzar un primer plano, o para hacer un zoom brusco o un movimiento casi como si fuera cámara en mano. Todo para que parezca sumamente realista, para que seamos uno más en ese pasillo en el que, cómplices de la directora, encima sabemos que en realidad no ha sido más que un juego que se ha ido de las manos. Segunda, por Will Poulter. Si hay que destacar a alguien en esta película bastante coral, es a Poulter. Su policía sin escrúpulos es un personaje tan impresionante como abominable, y el actor, con sus cejas arqueadas, con su perenne cara de Daniel el travieso, con su mirada, pone los pelos de punta. Él es clave para que la película funcione como lo hace. Porque incluso a veces parece que hay hasta una sensación de arrepentimiento o de misericordia, y es todo por la interpretación tan medida que hace Poulter. Sus juegos para hacerlos confesar, su desesperación a medida que ve que puede que haya montado un pollo impresionante para nada, cómo trata a los rehenes, a sus compañeros, a los militares. Krauss es un personaje fascinante, y ayuda mucho a entender por qué todavía hoy hay cientos de muertes por culpa de los policías.

Detroit

Además de él, el grupo de rehenes también consigue hacer un trabajo interpretativo más que digno, sobre todo Algee Smith y Jacob Latimore, los "protagonistas", y Hannah Murray y Kaitlyn Dever, las dos chicas blancas. Ellas dos tienen esa parte clave en la historia en la que también se deja ver que el racismo y el machismo suelen ir de la mano. "¿Por qué os acostáis con negros? ¿Qué tienen ellos que no tengamos nosotros?" le pregunta uno de los compañeros de Krauss a una de ellas. Y la pregunta va en serio, no les cabe en la cabeza que ellas puedan "rebajarse" tanto. También resulta interesante el personaje de John Boyega, un vigilante de seguridad que se acerca para ayudar (y en su cabeza tender puentes con la policía y el cuerpo militar), y que es testigo de todo lo que está ocurriendo. Pero se le olvida que es negro, y en una situación como esa, ni una placa ni unas buenas intenciones pueden hacer mucho. Es una pena que el papel de Boyega sea bastante como Finn y se limite a poner cara de asustadizo y no tome parte activa en muchas ocasiones, porque no deja que el actor nos muestre otra faceta que la que ya conocíamos, y los demás actores le eclipsan bastante (al menos ha conseguido salir el primero en los créditos).

Un gran trabajo de localización en lo que a escenarios, vestuario y música respecta, además de una iluminación casi de película de terror en ocasiones, consiguen envolvernos del todo y asistir casi en primera fila a los "métodos de interrogar" de Krauss y sus compañeros, a cómo hasta un hombre hecho y derecho como Anthony Mackie es capaz de derrumbarse en una situación como esa, y a cómo la injusticia se va volviendo más y más abrumadora. Cuando todo termina, cuando parece que uno puede volver a coger una bocanada de aire y, quizás, mira el reloj, se da cuenta de que todavía queda como media hora de película. ¿Podrá aguantarlo el sistema nervioso?

Las consecuencias

Bigelow y Boal deciden no quedarse solo en el suceso y nos muestran las consecuencias del mismo, desde el juicio a qué pasa con los supervivientes después de él, y cómo el sistema puede continuar con la injusticia aun cuando ya no hay armas delante. Aunque resulta interesante conocer todo lo posible de un caso que, como nos explica la película, aún hoy tiene lagunas, en este último tramo se nota muchísimo que la duración es excesiva. El tramo final se hace muy cuesta arriba después de la intensidad de la parte del motel, y peca de parecer que la cinta se acaba cinco veces antes de encontrarnos con el verdadero final. Es una pena que Bigelow y sus montadores no sepan usar tan bien las tijeras como saben crear la atmósfera claustrofóbica. En estos últimos momentos, además, es cuanto más se sale de la línea fría en la que se había mantenido en la película. 'Detroit' no se mete en casi ningún momento en sentimentalismos, ni intenta buscar el perdón de los culpables. Nos muestra cómo los policías podían (pueden) sentir que ellos eran detectives, jueces y verdugos, y que sus vecinos, por no tener el mismo color de piel que ellos, son el enemigo, y son peligrosos. Pero en este tramo, con meter una escena en la que un policía ayuda a llevar al hospital a uno de los supervivientes se resquebraja un poco todo el aire de la película. Creo que todos sabemos que, evidentemente, como el inconsciente que dispara una pistola de fogueo para provocar, hay buenos en todas partes. Pero digamos que, después de esa escena, el mensaje ya no suena tan contundente. Luego simplemente entra demasiado en detalles más sentimentales de algunas de las historias, y cuando salimos del cine el efecto de la parte del motel casi se ha ido por completo.

Detroit

Pero eso no resta que 'Detroit' sea una muy buena película y que vuelva a demostrar que los seres humanos, cuando nos da por no evolucionar, somos los mejores en esa labor. Kathryn Bigelow consigue crear una película necesaria a día de hoy, en el que un país ha elegido como presidente a un hombre que no es capaz de condenar en voz alta a un grupo de fascistas. Un drama que, como ya hacía la infravalorada 'La noche más oscura', no da tregua, aunque le hubiera venido mejor una introducción y una conclusión mucho más abreviadas. Pero es lo suficientemente simple y directa como para hacernos entrar a todos en la conversación, y probablemente por el tema que toca la oigamos alguna que otra vez mencionada en las listas de nominaciones. Cuando parece que el mundo está a punto de arder de nuevo en cualquier momento, no está de más recordar qué ocurre cuando dejamos que el fuego se prenda.

Nota: 7

Lo mejor: El papelón de Will Poulter. La sorpresa hipnótica de Algee Smith. La capacidad de Kathryn Bigelow de dejar sin aliento durante más de una hora.

Lo peor: Una introducción demasiado extensa. Un final que nunca llega.

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