Cuatro años después de inaugurar el Festival de Berlín con 'El gran hotel Budapest', Wes Anderson y su troupe regresan a la capital alemana para dar el pistoletazo de salida al primer festival de categoría A del año. Y la 68ª edición de la Berlinale viene más cargada que nunca, con apuestas de altísimo nivel no solo en la sección oficial, sino también en las competiciones paralelas. El Oso de Oro promete estar muy disputado entre 'Season of the Devil', el musical sobre la dictadura militar de Filipinas dirigido por Lav Diaz; lo nuevo de dos jóvenes talentos como Alexey German Jr. ('Dovlatov') y Alonso Ruizpalacios ('Museo'); el biopic del dibujante John Callahan, protagonizado por Joaquin Phoenix y con Gus Van Sant tras las cámaras; o 'Transit', la adaptación de la novela de Anna Seghers, escrita durante su exilio de Francia tras la ocupación nazi, que Christian Petzold ('Phoenix') decide ambientar en la actualidad.

Lejos de los focos, el cine español se encuentra representado por partida triple con la presencia de 'La enfermedad del domingo' de Ramón Salazar y 'Trenta Lumes' de Diana Toucedo en la sección Panorama, mientras que 'Con el viento' de Meritxell Colell participa en Forum, que este año reúne los últimos trabajos de grandes nombres del cine de autor como Guy Maddin, Corneliu Porumboiu, Hong Sangsoo, Claire Simon, Sergei Loznitsa, Ruth Beckerman, Ted Fendt o Midi Z. Casi nada.
Como aperitivo 'Isla de perros', segundo largometraje de Wes Anderson en animación stop-motion tras 'Fantástico Sr. Fox'. No conviene adelantar demasiado de uno de los estrenos más esperados del año, pero es todo aquello que podríamos esperar de una incursión de Wes Anderson en la cultura japonesa. Ese fue precisamente el punto de partida, dar forma a una historia protagonizada por perros abandonados sobre la que llevaba dando vueltas desde hace varios años junto a sus guionistas y colaboradores habituales, Roman Coppola y Jason Schwartzman, mediante su fascinación por Japón y más concretamente el cine de Akira Kurosawa.
El ritmo marcial de los tambores taiku marca el inicio de esta respetuosa fábula con la tradición nipona que, al igual que en 'Fantástico Sr. Fox', esconde un componente de marcado carácter político que resuena universal, algo que en esta ocasión se entiende como una deliberada advertencia para nuestro presente. No hace falta señalar a nadie. Por medio de una ambientación retrofuturista influida por el steampunk y el cine japonés de los años 40, que se incorporan a la estética de Wes Anderson con naturalidad, la película se sitúa en una distópica localidad japonesa cuyo tiránico y corrupto alcalde decide expulsar a todos los perros para evitar el contagio de un peligroso virus. El primero de ellos en ser enviado a esta isla-vertedero que da título al filme será Spots, mejor amigo y guardián de Atari Kobayashi, sobrino del alcalde, que meses más tarde saldrá en su búsqueda acompañado de una insospechada pandilla de perros que han logrado sobrevivir al exilio.

Exquisita parábola de enorme actualidad
Porque ante todo, 'Isla de perros' habla sobre la fraternidad entre los abandonados por el sistema. Y no únicamente la de los canes, que hablan con voces que nos serán reconocibles y establecen una relación disfuncional entre sí que remite a las dinámicas familiares de anteriores películas del propio Wes Anderson, como 'Los Tenenbaums' y 'Viaje a Darjeeling', sino también entre las nuevas generaciones, intelectuales y científicos que en tiempos oscuros necesitan su voz sea escuchada. Con la agilidad que le caracteriza, la narración está salpicada por constantes saltos temporales, debido a los que el guion corre el riesgo de caer en la sobreexplicación y el subrayado elemental, algo que trata de evitar al no subtitular los diálogos en japonés, confiando en la universalidad de las emociones y gracias al uso de grafismos o la interacción de locutores que a modo de crónica periodística siguen lo sucedido. Desde la parábola que establece al impresionante diseño de producción, la película toma una serie de decisiones que la alejan del realismo de 'Los perros de la plaga' para entregarse a los placeres y la diversión de una ingenua aventura que, más allá del reto técnico y la exquisita animación, nos devuelve a un universo que conocemos demasiado.
Por tanto, toca fijarse en los detalles, pero no solo en aquellos que han definido la estética de Wes Anderson y que por supuesto encontramos de nuevo rayando a la perfección, véase la simetría del encuadre, la riqueza de la composición en panorámico, el constante uso de travellings, una cuidada paleta cromática o la presencia de música de los sesenta (en esta ocasión recupera del olvido a The West Coast, haciendo sonar en dos ocasiones su tema I Won't Hurt You, tan idóneo que podríamos jurar ya lo habíamos escuchado anteriormente en otra de sus películas). Hay que detenerse en la forma tan humana de relacionarse entre sus personajes, en las confesiones furtivas, en los gestos de complicidad, en los malabares invisibles que dan inicio a una relación romántica que nunca veremos, en las lágrimas que brotan inesperadamente o en las transformaciones exteriores e interiores. Aunque pese a saltar a la animación y viajar al país del sol naciente con este puñado de "perros verdes", el director de 'Life Aquatic' se niega a perder su personalidad, no puede evitar que su nueva película siga siendo puro Wes Anderson.