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'Habitación 212': Los fantasmas conyugales

Miguel Ángel Pizarro Viernes 03 julio 2020

Tras el reflejo de la vida gay en los 90 con 'Vivir deprisa, amar despacio' (2018), Christophe Honoré da un giro con su siguiente propuesta, 'Habitación 212' (2019), con la que deja de lado cualquier coherencia narrativa para introducirse en la mente de una pareja de mediana edad en crisis. Ganadora del premio a la mejor actriz en la sección Una Cierta Mirada del 72º Festival de Cannes y con una candidatura al César a la mejor actriz de reparto, Honoré termina creando una reflexión sobre la vida conyugal de manera coral, que termina evolucionando desde una drama profundo a una comedia casi de vodevil.

Habitación 212

La propuesta de Honoré se antojaba tranquila, un hombre, que lleva 25 años casados con su esposa, descubre que esta le engaña y que tiene, encima, la convicción de que su vida marital debía acabar así. Ella está agotada de su matrimonio, de su marido, pero hay algo que los mantiene unidos. Honoré propone que esa noche de reflexión, en la que la pareja pasa la madrugada (uno en el domicilio conyugal y la otra en la habitación del hotel de la acera de enfrente) haciendo un repaso a lo que ganaron y perdieron durante esos años de casados, sirva para hacer una revisión en la que realidad y ficción se entremezclan.

Partiendo de esa base, Honoré invita al público a dejarse llevar, lo que acaba transformándose en un auténtico cajón de sastre, en el que se muestran los muchos temas que puede llegar a abarcar la vida en pareja. Todo lo que el cineasta, que también escribe el guion, muestra no son temas fáciles. Es más, podría decirse que Honoré tira de comedia y sátira para evitar señalar la gravedad de situaciones concretas, como el primer amor del marido, la ausencia de hijos o la larga lista de amantes de la esposa.

Habitación 212

En el cajón de sastre de la vida de un matrimonio

En ese maremágnum de pensamientos, vivencia, rencores, Honoré habla sobre la pérdida de la pasión; de la degeneración del propio amor, que acaba siendo una especie de amistad, muy propia de los llamados matrimonios blancos, en los que el sexo ha pasado a un segundo plano; del temor por el envejecer; de saber si la relación de pareja se ha convertido en un vino Gran Reserva o ha acabado siendo vinagre (fascinante la idea de que presentar las versiones jóvenes y maduras del marido). Todo dentro de un marco burgués e intelectual, ideal para el planteamiento que ofrece Honoré.

Una interesante reflexión, con una atrevida puesta en escena, a caballo entre lo cinematográfico y teatral, y con un reparto excelente, destacando una Chiara Mastroianni fabulosa, que deja unas escenas conyugales con Benjamin Biolay (ambos estuvieron casados en la vida real) sublimes, en las que demuestran esa confianza cómplice que tienen o han tenido las parejas. Sin embargo, lo que podría haber sido un torbellino digno de un heredero de Bergman o de Resnais, se le acaba escapando a Honoré, no sabiendo rematar la reflexión ni la trama en su última parte, lo que provoca cierta rabia, especialmente por haberse atrevido a una película introspectiva que rompe con la lógica y que invitaba a dejarse llevar.

Nota: 6

Lo mejor: Las escenas entre Mastroianni y Biolay, expareja en la vida real.

Lo peor: Ese torbellino de ideas, situaciones y sensaciones se le acaba escapando a Honoré.

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