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'La trinchera infinita': La España enterrada en miedo

Guillermo Hormigo Jueves 31 octubre 2019

El cine español todavía se enfrenta al tópico de vivir obsesionado con la Guerra Civil. Lo cierto es que la proporción de películas sobre esta cuestión no dista mucho de aquellas que abordan la Segunda Guerra Mundial en el cine norteamericano. Pese a ello, parecía haberse impuesto un miedo a tratar esta cuestión para evitar los ataques de ciertos sectores reaccionarios. Este año volvían al fin dos proyectos potentes al respecto. Sin embargo, 'Mientras dure la guerra' ha decepcionado a muchos por emplear este trágico contexto, repleto de dolor y vergüenza, como pretexto para reflexionar sobre las ambigüedades y la falta de entendimiento de los españoles. Quedaba por tanto otra gran baza: 'La trinchera infinita'.

Antonio de la Torre y Belén Cuesta en 'La trinchera infinita'

Aunque lo cierto es que no estamos ante la película definitiva sobre el franquismo (¿puede existir tal cosa?), hay en 'La trinchera infinita' unos apuntes muy interesantes sobre la represión externa e interna que produjo en la población. Curiosamente una represión extrapolable a nuestra propia industria, atada y bien atada de pies y manos e incapaz de articular un relato poderoso sobre la atrocidad que supuso la Dictadura. El esfuerzo por escapar de estas limitaciones que llevan a cabo Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga, trío autoral vasco detrás de la espléndida 'Loreak', es encomiable. A cambio queda una película extraña, poco homogénea tanto estructural como visualmente. Quizá por ello en primer término deja una sensación no del todo satisfactoria, pero poco a poco su potente parábola va dejando calado en el espectador.

Rodada en la Sierra de Huelva y con una acertadísima reconstrucción de la vida y el habla en un pueblo andaluz (pese a que los anteriores proyectos de los realizadores se rodaron en euskera), la acción nos sitúa en los albores de la Guerra Civil. Higinio y Rosa son un matrimonio cuya vida se verá drásticamente trastocada cuando estalla el conflicto bélico que sigue al golpe de estado militar. Tras una infructuosa huida, Higinio se verá obligado a esconderse en un agujero de su propia casa, mientras Rosa le oculta y finge que nunca ha regresado. La situación se alargará durante más de tres décadas, modificándose y adquiriendo ciertas comodidades, pero sin dejar de suponer una insoportable e insostenible opresión. No es difícil ver el paralelismo entre este encierro y aquel al que el régimen franquista sometió al país.

El miedo es un factor clave en la película

En la último edición del Festival de San Sebastián el filme fue galardonado con los premios a la mejor dirección y al mejor guion. Curiosamente el mejor y el peor aspecto de la película, respectivamente. El trabajo de puesta en escena, aunque en un principio descoloque, es fascinante y tremendamente consecuente. Tras un arranque frenético (quizá demasiado), el primer acto de la película se articula casi totalmente a través de los ojos de Higinio. La cámara está en su agujero y desde ahí observamos con miedo y desconcierto las primeras atrocidades del fascismo español.

Conforme el metraje va avanzando las condiciones se vuelven algo menos precarias, aunque persista el miedo (y la desilusión por la inacción de unas potencias occidentales más preocupadas en evitar el auge del comunismo). Con ello también cambia la apuesta visual. La cámara sale cada vez más del agujero, ahora el encierro se desarrolla especialmente en la casa. La fotografía deja de ser tan oscura. Entra algo de luz por la ventana. Pero persisten las cortinas, siempre las cortinas. Empezamos a entender también a Rosa, a comprender sus dudas e incluso que nazca cierto resquemor hacia su marido. ¿Y si es un cobarde?

El franquismo no se destruye, solo se transforma

'La trinchera infinita' sigue evolucionando a lo largo de sus dos horas y media. Aparecen nuevos personajes y conflictos que van en paralelo a las transformaciones del país. Es lo más fascinante del filme, la capacidad de sus directores para poner en paralelo lo visual, lo narrativo y lo histórico. Posguerra, etapa azul, desarrollismo y tardofranquismo. Todo ello sin perder el interés por la humanidad de sus personajes, mucho más que meros monigotes para guiar el viaje. Un logro que hay que atribuir también a unos descomunales Antonio de la Torre y Belén Cuesta, cuyas interpretaciones aumentan la efectividad de los constantes cambios temporales y en el punto de vista de la cinta. A destacar también el papel de Gonzalo, interpretado por Vicente Vergara. Este personaje ejemplifica a la perfección la figura del revanchismo franquista, pero es tratado sin ningún tipo de maniqueísmo.

Es en el guion donde se concentran los males de 'La trinchera infinita': para construir su parábola la película sacrifica una narración orgánica y acaba dando forma a un relato poco fluido. Es cierto que la forma en la que el filme articula su estructura es muy particular y da pie a algún momento "francamente" ingenioso. Pero ello no evita que todo resulte excesivamente alargado ante la obligación de detenerse en cada momento determinante del franquismo. Además, la historia avanza con recursos toscos que parecen extraídos de otra película, de una película peor. Hay dos ejemplos evidentes al respecto, que no conviene destripar en esta cultura del spoiler, pero son claros mecanismos facilones para hacer avanzar una cinta empeñada en construir su metáfora. La pulsión por llegar al todo provoca que el acercamiento a las partes sea demasiado superficial.

Antonio de la Torre borda otro gran papel

Pese a estos problemas, que pueden empañar la reacción inicial a la película, 'La trinchera infinita' es un estupendo estudio sobre el miedo que atenazó a un país durante cuatro décadas. Un terror forzado que acabó calando en la población hasta casi convertirse en autoimpuesto. Porque cuando alguien lleva tanto tiempo sumido en la oscuridad no quiere que le deslumbre la luz, pero es un paso necesario para enterrar definitivamente nuestros fantasmas. Sin que eso signifique olvidar nuestro pasado.

Nota: 7

Lo mejor: La evolución en paralelo del relato particular, la historia de un país y la puesta en escena.

Lo peor: La atropellada narración y la falta de detenimiento en el tratamiento de algunas cuestiones.

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