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'Roma': La memoria universal de Cuarón

Alberto Frutos Viernes 14 diciembre 2018

Después del ruido, o a pesar de él, de los titulares hambrientos, los datos invisibles, las salas llenas, las polémicas vacías y lo que queda, llega 'Roma'. Explota 'Roma'. Se incendia 'Roma'. Quema y vibra 'Roma'. Llora y se estremece 'Roma'. Vuela y aterriza 'Roma'. La obra maestra de Alfonso Cuarón, de eso se trata, ya está disponible para todas las televisiones del mundo a través de Netflix. Y por supuesto que la mejor de las opciones es la de disfrutar de ella en una sala de cine, pero, teniendo en cuenta las comentadísimas circunstancias, lo que finalmente importa es poder sumergirse en ella de la forma que sea, tener la oportunidad de dejarnos llevar por este torbellino calmado de cine poético y sensorial, crudo y terrenal, romántico y desolador, delicado y explosivo.

Inabarcable desde un punto de vista temático, arrolladora desde cualquier tipo de apreciación técnica, prodigiosa desde la perspectiva narrativa e inolvidable de principio a fin en lo que respecta a su historia y personajes, 'Roma' se construye de pedazos de memoria, la de Cuarón, que por arte de magia, talento y genialidad termina caminando con aires universales. Y es que, de alguna forma, todos hemos estado allí. Todos hemos llorado entre barricadas de rostros familiares y ajenos. Todos hemos sentido la soledad más abrumadora mientras aparecían los títulos de crédito en una sala de cine repleta. Todos hemos corrido entre las llamas. Todos hemos completado nuestras pesadillas con destellos de sueños y dudas mientras el agua de la ducha caía sobre nuestro cuerpo. Todos hemos observado el mundo caer desde una ventana. Todos nos hemos ahogado y salvado alguna vez. Y todos hemos observado los aviones desde charcos de lágrimas y barro.

 'Roma'

En eso consiste 'Roma', en trazar la realidad con versos de cautivadora humanidad. El detalle en toda su plena inmensidad y la inmensidad observada desde el mismo detalle. Así, Cuarón recorre cada espacio de la Colonia Roma, barrio de clase media ubicado en una Ciudad de México que recibe a la década de los setenta en un prodigioso blanco y negro y entre contradicciones, balas, juegos de niños y distancias insalvables, con una elegancia extrema, combinando el virtuosismo técnico marca de la casa, no hay un movimiento de cámara o un plano fijo que no merezca una ovación cerrada, con una sensibilidad que trasciende la pantalla, que se sitúa más allá del elogio, que, en definitiva, cala hasta los huesos de un espectador incapaz de asimilar tanta belleza en un primer visionado.

Hablamos de un director entregado en cuerpo y alma a lo que está contando, plenamente consciente de la importancia de cada pieza, por más diminuta que sea, que habita en los espacios y pilares de la historia, emocionado ante un trayecto cinematográfico tan profundamente personal como transferible. 'Roma' nace en la memoria de Alfonso Cuarón, sí, pero termina clavándose en la nuestra. La enésima confirmación del mexicano como uno de los grandes cineastas del siglo XXI.

 'Roma'

Sin embargo, 'Roma' es mucho, muchísimo más que un ejercicio de estilo deslumbrante. Estamos ante una película que, por encima de todo, desprende vida. Desde su primer plano, magistral, hasta el último segundo, la película dirigida, escrita, montada y fotografiada por Cuarón adquiere la forma, los movimientos, la respiración y hasta la complejidad de un ser humano. De sus emociones, su fragilidad, su miedo, su felicidad, su desconcierto, su incertidumbre, su rabia, su tristeza, su destrucción, su reconstrucción, sus anhelos, sus certezas, su honor, su humildad, sus errores, sus aciertos y su dignidad. Un conjunto de valores que se reflejan, sobre todo, en el rostro inolvidable de Yalitza Aparicio.

Antes que nada, neguemos la afirmación: Yalitza Aparicio sí es actriz. Poco o nada importa que esta sea su primera película o que la mayoría de sus escenas, según confirmó el propio Cuarón, se basaran en improvisaciones alejadas de cualquier tipo de guion: Aparicio es actriz. Y de las grandes. Su maravillosa interpretación de Cleo, la joven sirvienta de la casa en la que transcurre parte de la cinta, está repleta de honestidad, delicadeza y ternura, elementos con los que da forma a uno de esos personajes destinados a dejar una contundente huella en el espectador. Imposible no sentir lo que siente, no querer acompañarla en cada uno de sus viajes, externos e internos, no abrazarla en la distancia, no comprender sus emociones, no sufrir y celebrar a su lado, no darle el valor y la consideración que ella misma no se da.

 'Roma'

Cleo es el epicentro sobre el que giran el resto de elementos y temáticas que se van sucediendo en 'Roma', teniendo su omnipresencia en pantalla un valor extremadamente valioso y coherente con lo que Cuarón desea contar. Porque, además de todo lo citado anteriormente, 'Roma' es una carta de amor rendida y apasionada a las mujeres que, frente a todo tipo de dificultades y circunstancias, consiguen mantenerse a flote. Una madre. Una abuela. Una amiga. Una ama de casa. Supervivientes. Eternas. Y sin dejar de ofrecer el enésimo abrazo reconfortante sin pedir nada a cambio.

Los personajes femeninos, con Cleo a la cabeza, son el auténtico motor vital de una película que, a través de ellas, nos sitúa frente al terror de la pérdida, la inocencia de la infancia, la ingenuidad del primer amor, el dolor de las preguntas sin respuestas, la incomprensión de las batallas a ras de calle, los gritos en medio del desierto, la lluvia que quema y, por último, la orilla que reencuentra, resucita y reinicia. 'Roma' camina así sobre el filo de una navaja tan mortal como la vida misma, sacando a relucir el lado más bajo del ser humano, pero también su inagotable capacidad para resurgir en mitad del desamparo y el naufragio.

Abrazo en la orilla

Esperanza y resignación. El mundanal ruido y el silencio de una casa dormida. Los segundos que llevan del beso apasionado al adiós sin explicaciones. Una canción en mitad del incendio. El refugio de una habitación destartalada, minúscula. La poesía de lo cotidiano. El amor eterno de una abuela. Un garaje que se ensancha al descubrir la libertad de un nuevo comienzo. Los juegos entre hermanos. Lo indescriptible del cariño. Las huellas en la arena. Un abrazo en la orilla de un océano hambriento. La confesión de lo que se creía inconfesable, de lo que creías que permanecería siempre condenado entre la boca del estómago y el nudo en la garganta. Y el constante volver a empezar.

Porque la vida, como este prodigio llamado 'Roma', es tan efímera como eterna.

PD: Te queremos mucho, Cleo.

Nota: 10

Lo mejor: La cámara de Cuarón. La interpretación de Yalitza Aparicio. Una sala de hospital. Un avión sobre la ciudad. El sonido del amor en mitad de la arena. Su esencia de recuerdo compartido e imborrable.

Lo peor: Nada. Es lo que tiene la perfección.

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