Cargar sobre tus hombros con todo el peso de una historia y ser consciente de que un fallo tuyo puede lanzar al abismo a un conjunto de elementos que dependen exclusivamente de ti, casi nada, debe ser algo similar a sentir todos los nervios del mundo resumidos en un guion. Excepto, claro, si eres uno de esos intérpretes únicos capaces de aceptar cualquier reto por peligroso e imposible que parezca. Y Edward Norton es, sin discusión, uno de ellos.

Por eso, a nadie le debe sorprender el recital auténtico que el actor ofrece en 'La última noche', una de las mejores películas, puede que la mejor, de la extensa trayectoria del director Spike Lee. En ella, Norton se mete en la piel de Monty Brogan, un tipo condenado a siete años por tráfico de drogas al que solamente le quedan 24 horas de libertad antes de ingresar en prisión, construyendo uno de esos personajes tan complejos como apasionantes, melancólico y asustado, fuerte y débil casi al mismo tiempo.

Un papel al que el actor se entrega desde las mismísimas entrañas y con el que consigue, como pocas veces en su carrera, desaparecer por completo en la pantalla. No vemos a Edward Norton, sufrimos, entendemos y nos emocionamos con Monty. Una interpretación fascinante e imponente a la que, afortunadamente, acompañan en su grandeza el resto de piezas de una película formidable desde todos los puntos de vista. Cine mayúsculo.